lunes, 28 de marzo de 2016

Hoy no hay cosas bonitas más allá de una canción de Supersubmarina

Ahora da la sensación
de que todo está en mis venas.


El suicidio emocional ya lo tengo, vamos a por lo socialmente incorrecto, tachemos con tabú la situación, y escandalicemos a las masas. Me propongo morirme por dentro, solo un poco. Solo unos cuantos días.

El vagón cada vez se llena más de gente y menos de personas. La imaginación ha emigrado a algún lugar mejor, se ha quedado en la última página del libro que leí hace meses. Veo mi reflejo en una de las ventanas y me permito un momento de narcisismo, un poco demasiado de amor propio para empezar el día no viene mal. Pero hoy ni siquiera Gray se quiere. A estas alturas yo ya habría quemado el retrato y habría tirado las cenizas al mar. Henry no se habría sentido orgulloso pero a mi qué me importa.

Por fin, las puertas vuelven a abrirse. Nos dan un respiro antes de apretujarnos de nuevo unos contra otros. Qué fácil es sentirse carne de cañón cuando sabes que si tropiezas puedes acabar aplastado por un centenar de zapatos y terminar tu existencia pegado a un par de suelas como un chicle. Pero de vez en cuando está bien que nos recuerden que no somos el puto ombligo del mundo, solo a veces, porque otras no necesitamos otra cosa que ser los amos del universo -del de alguien, al menos-, aunque sea por un rato corto, tan corto como los segundos de sueño de los que nos acordamos al levantarnos un lunes por la mañana. Esos días en que la luna seduce a la vigilia y el insomnio se queda despierto. Las ratas se reúnen en las alcantarillas y bailan un vals en su honor.

Se han terminado las fantasías con final feliz. Las margaritas que ondean al viento se mofan detrás de los cristales del convoy.

Las deshojaría hasta que me quisieras.

Me desangraría hasta convertirlas en rosas, para llevártelas hasta tu puerta, si consigo llegar a ella.