Linda era así, ni de una forma ni
de otra. Linda era un precioso saco de contradicciones, una página llena de
verborrea inconexa a la que podías encontrarle el sentido si te parabas un
momento a leerla, si no te importaba tomarte la molestia de reordenar las
palabras y formar con ellas el mensaje que andabas buscando. Un pozo de
sabiduría, aunque ella misma lo ignorase, una marea de pensamientos profundos
que afloraban con la tercera cerveza y cambiaban de lado a la sexta. Era la
chica de las primeras filas y las chaquetas vaqueras. La que era capaz de
llorarte con cualquier obra de arte, pero retorcerse sobre sí misma antes que
hacerlo por su corazón. No le importaba mirarse los zapatos si los iba
alternando con el cielo. Tenía tantos sueños que a veces se le escapaban por la
sonrisa, y le brillaban los ojos de una forma diferente cuando enumerabas las
capitales europeas. Pero Linda también era sarcástica, y pegaba patadas a los
contenedores cuando la furia le invadía un cuerpo que se le quedaba pequeño,
arañaba la almohada cuando se le inundaba de pesadillas y gritaba muy fuerte si
el alma amenazaba con destruirle el pecho. Era cualquier gota de agua en el océano,
pero también un charco de aceite; el último copo de nieve de las Navidades y el
único de agosto. Linda era todas las cosas bonitas que a uno se le puedan
ocurrir cuando estaba contenta, y también todas las cosas feas si se le bajaban
las comisuras y se le empapaban los párpados. Se dedicaba a hacer volar las
hojas caídas, y en verano contaba los granos de arena, pero siempre perdía la
cuenta. Pintaba con los dedos de los pies la orilla de la playa, le gustaba
meterse en el mar hasta las rodillas; sentarse con cualquier novela que le
habían dejado y enterrarla bajo capas y capas de conchas marinas si no le
agradaba. Componía canciones que solo ella escuchaba en su cabeza, y no paraba
de repetir el estribillo más pegadizo de la última canción de moda, porque a
veces pasa que uno no puede sacarse algo del subconsciente, aunque le resulte
odioso. Así era Linda. Una espinita clavada. Un clavo que no se sacaría con
otro. Un puñal cuya función era, paradójicamente, evitar que la sangre de la
herida se derramase. El beso de Judas. Una muerte —demasiado— dulce. Una
inolvidable obra de teatro cuyo tercer acto creaba en ti la más trágica de las
tragedias. El epílogo con vocación de prólogo. Linda era tan triste como hermosa.
Y nunca supe qué me enamoró más de ella.
viernes, 30 de diciembre de 2016
martes, 13 de diciembre de 2016
Zombie
Vuelta
a casa, puerta cerrada. Camina hacia el baño cual autómata. Delante del espejo,
se desnuda. Se clava las uñas en el pecho, desgarra la piel y separa las
costillas, dejando los pulmones expuestos. Se toma unos segundos para observarse
a sí misma: tiene ojeras por el cansancio acumulado y las noches sin dormir, y
ha adelgazado por la pérdida de apetito. Entonces se dirige al congelador de la
cocina. Mete la mano con cuidado, coge el maldito órgano y se lo coloca en la
cavidad vacía, donde empieza a latir. Apenas dos segundos después, las lágrimas
comienzan a rodar.
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