jueves, 28 de diciembre de 2017

Retales (II)

Escuché la puerta de la habitación de mi madre cerrarse en un portazo y decidí aún no hablarle de lo que acababa de pasar. El silencio que ahora se había acomodado en las paredes me resultó asfixiante así que las salpiqué con un poco de música lenta. Tenía aún el rostro contraído de Ezequiel en mi pensamiento y la taza derramada de chocolate. Mi cabeza daba vueltas buscando alguna explicación, rastreando en la escena que se repetía en mi cabeza algún recoveco, algún detalle que se me escapara, algo en lo que quizá no había caído, pero fue en vano.
Arrastré los pies hasta el sofá, el salón olía a perfumes que desconocía, a loción facial, a espuma de afeitar, a gel del pelo, a demasiada gente. Me hundí bajo las mantas y recordé que apenas unas doce horas antes estaba en el cielo debajo de mis sábanas. Ahora tenía la punta de la nariz helada y los dedos fríos dentro de las botas. Aspiré el olor de la manta para deshacerme de todos los aromas no bienvenidos.
Terminé por dormirme y desperté sobre las seis de la tarde, con el estómago totalmente vacío. Mi madre no había salido de su cuarto, la puerta aún estaba cerrada y no había indicios de que nadie hubiera preparado nada de comida. La mosca detrás de la oreja es estaba haciendo angustiosamente insoportable, pero temía hacer nada al respecto, temía todo lo que nadie me había contado sobre Sebastián y Ezequiel.
Pasé una hora despierta sin aguantar si quiera mi propia existencia y decidí llamar a una compañera de la universidad, Carla, y fui a su casa nada más decirme que podía. No quería hablarle de nada de las extrañas escenas que había tenido que presenciar, solo quería relajarme. Carla estudiaba Bellas Artes y su cuarto estaba lleno de proyectos a medio terminar. Cuando llegué tenía un lienzo sobre el caballete con la luz de una lámpara incidiendo directamente en él. Había la suficiente confianza como para que ella pudiera seguir con lo suyo sin que resultara grosero, y yo sabía que podía estar allí, sin más, viéndola pintar sin que le resultara incómodo.
—Algún día me dejarás retratarte ¿verdad?
—Ni hablar.
Carla bufó y su flequillo liso voló hacia arriba.
Tenía la pared llena de bocetos, retratos de personas que ella conocía desperdigados por su cuarto. Estaba Tomás, su primer novio, y yo siempre había admirado el coraje que tenía por haber tenido siempre su rostro dibujado en su cuarto incluso después de dejarlo. Sin duda, yo no podría, pero yo era mucho más débil que ella. Estaba también Irene, una de sus compañeras de clase, Santiago, Cristina, Carolina, Rafael… Menos yo. Yo no formaba parte de aquél mosaico de caras juveniles y vitales, yo no era una de esas caras, no quedaba bien en ningún marco. Estaba segura de que incluso Carla podía apreciar eso, pero nunca me lo decía y seguía insistiendo en retratarme.
Ella tampoco tenía ningún autorretrato, y su respuesta a la pregunta de por qué no era siempre la misma: “como voy a dibujarme a mi misma habiendo tantas cosas bellas por dibujar antes que yo”. Carla era bella, y todos eran capaces de verlo, aunque quizá no de valorarlo. Carla no era una chica de catálogo, no la contratarían para ninguna sesión de fotos a no ser que fuera para una campaña alternativa. Carla era sencillamente Carla, con la nariz afilada, las facciones muy marcadas -algunos decían que la masculinizaban demasiado-, los ojos grandes, verdes, con unas cejas pobladas y rectas.
—Mi querida Alejandra…
Su voz sonó como una nana, una canción placentera. Lo había dicho como en un suspiro, como si pretendiera revelarme todos sus secretos y los de la vida en ese mismo momento. Yo me cogí las rodillas, apoyada en la pared.
—No me doy cuenta y paso horas y horas aquí encerrada. —decía, sin despegar la mirada del lienzo—, a veces incluso para nada, no consigo siquiera trazar una línea. Si me vieras en esos momentos Alejandra, cuando no soy capaz de pintar es como si se detuviera el mundo, como si nada tuviera sentido. Y entonces miro todo lo que he creado hasta ahora y me siento tan inútil, como si hubiera malgastado toda mi vida.
Me miró un momento y después siguió con su obra, que yo no podía ver desde donde estaba.
—Paso mucho tiempo sola, ¿verdad que sí?
—No te martirices, no hay nada de malo en ello.
—La soledad está bien, yo lo sé, la soledad es amiga y es confidente, es paciente, silenciosa y no pide nada a cambio. Como tú, Alejandra, nunca me pides nada a cambio, estar contigo es tan íntimo como estar sola.
Apagó la lámpara y la habitación quedó sumida en la oscuridad. Llegó a tientas hasta a mí y me abrazó, yo sentí su cabeza sobre mi brazo, sus manos en mi cintura.
Cuando por nosotras mismas no podíamos encontrar la paz, acudíamos a la otra para que nos la tendiera, pero en aquel momento no sabía cuál de las dos le estaba transmitiendo paz a la otra. Nos tumbamos y tardé muy poco en escuchar la respiración artificial de ella contra la almohada, su cuello había cedido hasta hacer caerle la cabeza de mi brazo hasta el colchón. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y me quedé mirando la tela sobre la que había estado pintando Carla hasta ese momento, desde esa postura tan solo veía líneas irregulares que no parecían trazar ninguna figura que yo pudiera reconocer.
No sé cuanto tiempo estuve mirando el techo antes de dormirme, pero podría haberme quedado despierta toda la noche. Allí, tumbada, todas aquellas vivencias rocambolescas de las horas pasadas se desvanecieron en la chistera de algún mago callejero. Llegué a convencerme de que ni Sebastián ni Ezequiel existían, que todo había sido un sueño vívido. Las luces de los coches se colaban entre las persianas y se iluminaron una docena de caras en las paredes de Carla. Había muchos rostros que yo no conocía, compañeros suyos de clase, miembros de su familia, personas que estuvieron en su vida cuando aún no estaba yo. En la mayoría las caras ocupaban prácticamente toda la hoja, dejando un poco despacio para el cuello y los hombros, sin embargo, en unas pocas había enfocado desde un punto más lejano y se observaba la cintura y el torso de algunos.
Me llamó la atención un muchacho enclenque en el que al parecer nunca había reparado. A pesar de la cantidad de gente desconocida colgando de las chinchetas, me sabía casi de memoria la distribución de los dibujos y solía percatarme cuando Carla había introducido una obra nueva o las había cambiado de sitio. A veces incluso lo hacía a propósito, como un juego, para comprobar si, como todas las veces anteriores, volvería a darme cuenta. Debía haber colgado ese último hacía unos días y no lo había advertido hasta ahora.
Desde la cama solo podía apreciar la silueta delgada de una figura masculina con el pelo alborotado y una sonrisa que quizá no pretendía serlo, una mueca que le daba a todas las facciones un aire desenfadado y tosco al mismo tiempo. Me llamó la atención lo alto que se encontraba respecto a los demás folios y me sorprendió sobremanera no haberlo visto antes. Carla debió haberse subido a una silla para poder colgarlo, y allí estaba, presidiendo la habitación, vigilándola, como un ángel de la guarda.
A esa distancia ese rostro me pareció tremendamente familiar, algo en esa cara angular me traía algún tipo de recuerdo vago que no podía terminar de precisas, como una imagen distorsionada por el reflejo del agua. La frustración pudo conmigo y con sigilo me levanté y caminé despacio para no despertar a mi amiga.
A medida que avanzaba, los ojos de Ezequiel se tornaban más grandes y más profundos en ese pedazo de papel, y ya no pude dormirme en toda la noche.


 
Edward Hopper

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Retales (I)

Oía tan solo las suelas de los zapatos contra el asfalto, el ruido del tacón conseguía inundar incluso la lejanía, era lo que único que me acompañaba de vuelta a casa una de esas noches frías de febrero en que la escarcha acalla los barrios, petrificándolos. La luna bostezaba débilmente en una media sonrisa fina entre las espesas nubes que manchaban aquel cielo ennegrecido como los baches en las carreteras. El viento hacía estremecer ligeramente las ramas de los árboles y las sombras de todo cuanto me rodeaba se alargaban junto a la mía. El abrigo grueso que portaba me confortaba con su calor y a pesar de sentir el rostro helado, tenía todo mi cuerpo caliente, las manos cerradas en los bolsillos. Nunca había pasado un miedo terrible al volver a casa, por muy tarde que fuera y por muy poca luz que incidiera en los callejones, a pesar de la penumbra seguían siendo todos lugares familiares y las aceras, los bancos y los parques seguían estando allí como cuando el sol precedía la atmósfera. De vez en cuando oía un coche en la lejanía, o voces, solo me aumentaba un poco latido del corazón si oía pasos detrás de mí, entonces me giraba y me daba cuenta de que esa persona estaba tan ensimismada como yo.
Llegué a casa atada a un deseo súbito de quitarme los zapatos y meterme en la cama, no sin antes beberme un buen vaso de leche caliente con cacao. Nada más sentir el líquido caliente bajando por la garganta toda la intimidad que la casa confería se tornaba mucho más dulce y apetecible. Fui a mi cuarto lamiéndome los restos de cacao de los labios y me metí en la cama. Las sábanas acariciaban mis piernas desnudas en una cálida bienvenida y en mi boca se dibujó una sonrisa espontánea que encendió la chimenea de mi corazón y las llamas comenzaron a crepitar en mi alma. Excitada y conmovida a la vez, me regodeaba con la sensación de estar a salvo, con los pies fríos, por fin, bajo las mantas. Tras la persiana se respiraba el olor a tormenta, las calles estaban aún humedecidas por la lluvia de la mañana. Todo lo mojado estaba allí fuera y yo aquí dentro, remoloneando sobre el colchón mullido. Apagué la luz y me fundí con la oscuridad, de vez en cuando un escalofrío de placer me estremecía la espalda. Me dormí como quien espera grandes planes para el día siguiente, a pesar de que yo no tenía ninguna expectativa acerca de ello, simplemente me dormí como quien sabe, como bien sabía yo, que a la mañana siguiente seguiría estando en ese mismo lugar.
A las nueve comencé a escuchar gritos y muchos pies subiendo las escaleras. Me desperté sobresaltada y casi estuvieron a punto de saltarme las lágrimas por ello. Pensé en que quizá no haría falta que yo saliera de mi habitación, pero ese pensamiento vino tan fugaz como se fue, pues mi madre tardó apenas dos segundos en entrar y ordenarme que me vistiera -decentemente-, que había llegado de improviso una visita muy importante. Con las legañas aún en su sueño profundo, me levanté y me embutí en los primeros vaqueros que vi y me permití desechar dos camisas antes de elegir una tercera que, según mi familia, me favorecía mucho. Fui al salón esperándome encontrar al alcalde, aunque esa idea fuera totalmente absurda, y en su lugar me encontré a un hombre en sus cuarenta de pie en frente del sofá donde solía sentarme rodeado por todos los miembros de la familia, algunos sentados y otros apoyados en las paredes. Al entrar yo se giraron todos y se quedaron expectantes a que yo hiciera los actos de cortesía correspondientes, pero antes de poder abrir la boca mi madre ya se había abalanzado sobre mi y me estaba presentando al tío Sebastián. “Todos me llaman Sebas” dijo cuando se inclinó desde su increíble altura para darme dos besos, pero ese diminutivo me parecía demasiado juvenil para un hombre con canas. Era delgado, tenía los dedos largos y finos e imaginé sus manos sobre el teclado de un piano, a pesar de su traje gris, su sonrisa transmitía calidez. Parecía la clase de tipo que lo había tenido todo para triunfar en su juventud y ahora se dedicaba a saborear los frutos de ese éxito. Llevaba anillos y gemelos de oro, y sin duda el traje parecía hecho a medida.
Yo nunca había visto a ese hombre y lo entendía cuando dijeron que, en realidad, no era un tío mío, ni de nadie, sino que desde que mis padres eran pequeños le habían llamado de tal forma por la confianza que había llegado a aflorar entre ellos, que habían sido vecinos cuando vivían en fincas en las afueras del pueblo.
—He vuelto para vender la casa de mi madre, definitivamente. Se está pudriendo aquí, nadie vive en ella y yo estoy demasiado ocupado para ocuparme de su mantenimiento. —contaba Sebastián.
A parte de él, también habían llegado los primos que vivían apenas a dos calles de nosotros, junto a mi tía y los abuelos, y yo seguía sin entender su presencia allí. Mi madre me hizo un gesto para que me sentara sobre el brazo de la butaca, al lado de ella, mientras Sebastián no paraba de decir lo triste que le parecía deshacerse de la casa donde se había criado.
—Es una pena porque no necesito el dinero, ¿saben? Lo daría todo, lo donaría o cualquier otra cosa, pero gastármelo será difícil, créanme.
Me levanté mientras ese desconocido no paraba de lloriquear en mi salón y me fui a prepararme el desayuno a la cocina. Noté la mirada reprochadora de mi madre sobre mi nuca. Mientras me calentaba agua para una infusión oí que la puerta se abría de nuevo y de repente una versión más joven y aún más repelente de Sebastián entró y se unió al público. Rodé los ojos por toda la cocina.
—Usted debe ser el jovencito Ezequiel.
Se me escapó un sonido ronco queriendo ocultar mi risa. Había dormido unas cinco horas y oír ese nombre sin duda fue como el soplo de comedia que necesitaba para sobrellevar aquella mañana que parecía querer durar horas. De pronto todos comenzaron a hablar a la vez y yo desconecté de aquel zumbido de abejas. Podría escabullirme hasta mi habitación sin que me vieran, pero incluso yo sabía que no podía faltar al respeto de esa forma así que, respirando hondo, volví a entrar en el salón con mi taza en la mano.
—¿A alguien le apetece un té? —dije.
Todos me miraron, pero ninguno dijo nada al respecto. Mejor, pensé yo. De nuevo, procedí a las mismas presentaciones, esta vez con Ezequiel, el sobrino de Sebastián. Noté demasiados ojos inquisitivos para mi incomodidad y noté la resignada sonrisa del chico, que también se había dado cuenta.
—Están esperando un espectáculo. —soltó, divertido.
Pensé en que me agradaba más que su tío.
Yo repasé el salón como en una imagen panorámica y me paré dos segundos en cada rostro. Cualquiera diría que Ezequiel y yo éramos un número de circo porque no apartaban la vista de nosotros y a cada momento que transcurría estaba más convencida de que me había arreglado para el chico que tenía enfrente. Empezó a hervirme la sangre, pero disimulé. Miré a mi madre con los ojos como rendijas, pero ella no osaba dirigirme la mirada.
—¿Quieres ir a tomar algo? Salgamos un poco de aquí, huele a carca ¿verdad?
Me dio la impresión de que Ezequiel tenía tanto entusiasmo de estar en esa situación como yo. Le dijo a su tío que me llevaba a tomar un helado a la plaza y todos parecieron estar bastante complacidos por ello. Nada más cerrarse la puerta detrás de nosotros, bufé.
Me negué a preguntar de qué iba todo eso, pero confiaba en que el chico me lo contara tarde o temprano.
Ezequiel era un muchacho bien avenido, afable, nada pretencioso, sin duda no vestía así por elección propia y mucho menos se peinaba con ingentes cantidades de gel para el pelo porque le resultara más atractivo. Resultó ser un simple estudiante de literatura con el único sueño de dirigir una editorial y publicar autores noveles con pocas oportunidades de conseguir que alguien de un sitio grande se leyera un manuscrito. A diferencia de su tío, no portaba sortijas ni gemelos de oro ni zapatos recién lustrados.
Entramos en una cafetería y enseguida se quitó la chaqueta y se arremangó las mangas de su camisa color crema. Yo hice lo mismo al deshacerme de mi abrigo.
—Mi tío me ha contado que ha pasado muchos veranos con tu familia.
—Por lo visto.
—¿Tampoco sabías nada? —parecía sorprendido.
Negué con la cabeza.
Pedimos dos chocolates calientes que no tardaron en llegar.
—Qué extraño. Y ¿jamás te habían hablado de nosotros?
Repetí el gesto.
El ambiente del local resultaba incluso más cómodo que el de casa. Aunque habían puesto la calefacción muy alta no se estaba nada mal dentro de ese pequeño barullo que suponían los camareros danzando de un lado a otro con sus bandejas, sus sonrisas y todas las mesas absortas en sus conversaciones.
—Hemos venido de muy lejos, ¿sabes? Cuatro horas de coche nos hemos comido. Hemos parado una media hora a tomarnos el almuerzo. Ha sido una mañana ajetreada. Yo no sabía que veníamos aquí hasta ayer por la tarde, encontré a mi madre preparándome la maleta diciendo que al día siguiente partiría hacia aquí con mi tío.
Lo miré con curiosidad, esto estaba resultando más extraño de lo que imaginaba. Al principio solo pensaba que mi madre tan solo estaba actuando de la misma forma en que actúa siempre queriendo ser tan educada ante los demás, pero sin duda algo estaba pasando y nadie me había dicho el qué. ¿Tendría algo que ver con la finca de la que había hablado Sebastián?
Le di otro sorbo a mi chocolate, Ezequiel estaba mirando su taza, removiendo con la cuchara la espesa capa de nata que flotaba por encima y que amenazaba con escaparse del borde.
—¿Vais a quedaros mucho tiempo?
Ezequiel se encogió de hombros. Estaba tan perdido como yo y un pequeño pinchazo de angustia asomó en el centro del pecho. Puede que aún siguiera un poco desconcertada por el susto que me había dado mi madre al despertarme.
—Tu tío es un hombre peculiar.
Casi pareció que a Ezequiel le molestó ese comentario, y yo empezaba a tener la mosca detrás de la oreja. Ya sabía que por consanguinidad él era su sobrino, pero desde que los había visto en el salón su relación me pareció como la situación misma que estábamos viviendo entre esas cuatro paredes.
—Lo es.
—¿Estáis muy unidos?
—No nos conocemos tanto, tú y yo.
Esa sentencia cayó sobre mi como unos límites claramente establecidos. Y era cierto, acabábamos de conocernos, por los que había una infinidad de temas de los que no podíamos hablar, aunque tampoco sabía yo que ese era uno de ellos. Permanecimos callados, sin mirarnos, cada uno concentrado en sus propios dedos sosteniendo la taza.
—Será mejor que me vaya. —dijo, levantándose.
Lo hizo de una forma tan precipitada que la taza volcó y llenó el plato de chocolate, goteando sobre la mesa de madera. Enseguida acudió una camarera a limpiarlo con una bayeta mientras Ezequiel se disculpaba, visiblemente avergonzado. Yo me quedé sin saber elegir la palabra exacta para aquel instante y él se despidió con la mano, soltó unas cuantas monedas sobre la mano de la camarera y me dejó allí, con los ojos como platos y el cuerpo paralizado por la vergüenza y el desconcierto.
No tardé en levantarme yo también y caminar despacio hasta casa, pensando en que esa pregunta había sido lo que había hecho que el chico prácticamente escapara del local.
Afuera el viento comenzaba a azotar con vehemencia y se me enredaban los cabellos en la boca húmeda y en los ojos. Me recogí el pelo como pude y me coloqué la capucha encima de la cabeza. El cielo se había tornado grisáceo y se me colaba por todas partes, la neblina llegó hasta mis entrañas y me confundí en el pesar, sin saber muy bien de dónde provenía. Cuando me faltaban unas dos calles antes de llegar a casa cambié el rumbo y me dirigí a la plaza del pueblo, le compré a la señora que ahí había con su quiosco una bolsa de castañas asadas que me calentaron las manos nada más cogerla. Me senté en un banco y vi la vida pasar. Quería tardar lo máximo posible para que hubiera cero posibilidades de encontrarme a Ezequiel en casa. Conociendo a mi madre, habría invitado a Sebastián incluso a cenar y si este no se negaba lo tendría tomando pastas hasta que el reloj diera las doce.
Metí la nariz en la bolsa de las castañas y la cara se me llenó de calidez. Restos de risas procedentes de los restaurantes cercanos me llegaban a los oídos como los recuerdos difusos de un sueño y a través de enormes ventanales veía a la gente cenar y brindar con champán.
Todo en el mundo parecía estar como siempre, pero algo había cambiado. Desde que había visto a Sebastián en casa, tenía la sensación de que me habían transformado los cimientos de mi vida en algo completamente nuevo. Vi pasar por el centro de la plaza a mis dos primos y aquello me dio la esperanza de que todos hubieran abandonado mi casa. Me agazapé un poco en ese banco y me oculté el rostro con el abrigo y la bolsa de castañas y nada más estuvieron lo suficientemente lejos cogí el camino hacia a casa, despacio. Al llegar a las escaleras no tuve el coraje de entrar aún así que me quedé sentada en las escaleras, justo al lado del felpudo. No oía voces y eso me tranquilizó, parecía respirarse paz, la que puede haber con mi madre correteando de un lado a otro.
Tras un rato me di cuenta de la situación un tanto absurda en la que me encontraba, me sacudí el polvo de los pantalones y entré.
No había rastro de Ezequiel, pero Sebastián seguía allí y me ofreció una sonrisa cargada de algo que me estremeció la espina dorsal. Era como si Sebastián fuera el portador del invierno con aquellos dientes perfectos y los anillos relucientes. Todo en él destilaba una frialdad acongojante que, antes, rodeada de todos, no había percibido. Su cuerpo entero parecía emitir destellos plateados como las hojas metálicas de los cuchillos. No invitaba a estar a su lado y a su vez tenía algo que lo hacía extrañamente interesante y suspicaz. Estaba sentado en una de las mesas de la cocina y desentonaba de una forma cómica con esa parte de la casa. Mi madre estaba allí sentada, en frente de él, escuchándole hablar, aún, sobre la finca. Parecía embobada.
—Aquí estás, Alejandra.
Intuí cierto alivio en los hombros de mi madre, aunque permanecía la misma sonrisa.
Sebastián giró la cabeza y yo me sentí inspeccionada, estudiada, como si mi cuerpo estuviera sobre una mesa quirúrgica y me hubieran abierto de par en par. Me sentí tan expuesta bajo la mirada de ese hombre que en un acto de supervivencia crucé los brazos sobre el pecho.
—Hola, Alejandra.
Se tomó su tiempo en pronunciar todas las letras de mi nombre. La reacción de Ezequiel y ahora la de mi madre me estaban llevando a una desconfianza cada vez más evidente hacia él.
Me fijé en que llevaba un reloj de bolsillo y la cadena del mismo colgaba de su chaleco plateado. Era un hombre que no dejaba indiferente a nadie, en esto seguro que todos estaban de acuerdo. Me acerqué a mi madre y le puso una mano en el hombro, agarrotado en un estado de tensión palpable. La miré, pero ella estaba mirando a Sebastián, cuya sonrisa aún no se había desvanecido.
—Será mejor que me vaya.
Esas palabras ahondaron en mi corazón y tocaron algo, un dedo punzaba en algún tipo de herida que ni siquiera sabía que tenía. Acababa de pronunciar las palabras exactas de Ezequiel antes de desaparecer tras la puerta de la cafetería.
—¿No quiere quedarse a comer?
—No será necesario, pero gracias, señora.
Mi madre se levantó, pero la invité a sentarse de nuevo.
—Lo acompañaré yo a la puerta, mamá.

Apenas había unos diez pasos de la cocina a la salida, pero caminar tras los pasos de Sebastián fue casi doloroso. Su sombra larga se comía la mía a cada paso y oía su respiración apaciguada, sus zapatos contra las baldosas, la tela del pantalón rozándose con el movimiento. Me permití, aunque con cierto miedo, dedicarle una mirada hostil antes de cerrar la puerta tras él.

Edward Hopper 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Circo

Esta noche no se me vacían las ganas de escribir,
no se me hunden en la apatía,
no remolonean, agotadas.
Esta noche quieren explorar y yo con ellas.
Consiento, apaciguada,
la danza de las letras y soy solo público
en la exaltación del alma
que deambula sin correa, sin bozal,
sin camisa de fuerza ni educación.
Tiene alas y quiere volar,
aletea nerviosa entre las costillas,
cosquillea los huesos como la mariposa frenética,
como el colibrí en libertad.
Yo solo puedo darle paso,
Enseñarle el camino hacia la puerta abierta
de la jaula,
pincelar el cielo de un azul afable
y cubrirlo de nubes risueñas.
Me limito a ser el tren que la lleva como pasajera
indefinida e ilimitable,
soy solo una cavidad que la contiene

y vive por ella.



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Nada

Podría no haber entrado en ese autobús e ir a cualquier otra parte, cualquier otra parte de Madrid o incluso cualquier otra parte de España. Podría haber ido hasta Portugal o llegar a Francia y quién sabe, quizá más lejos. Pero no había hecho nada de eso, y allí estaba, en la línea F de camino al metro y de camino a casa, viendo pasar casas ya conocidas, y aceras y quioscos. El libro que sostenía entre lsd manos se titulaba “Nada” y nada era lo que sentía sentada como tanta otra gente en un asiento del transporte público. La nada del título estaba en Barcelona y la mía en la capital pero qué más daba. Nada es nada en cualquier lugar.
Y si había elegido la nada antes que Portugal no debía ser por otra razón de que la nada me era conocida y Portugal se presentaba como un nido de incertidumbres. Temía Portugal y temía Francia y a todos los países.
Salí de allí y eché un vistazo a la floristería situada en el centro de la avenida.  Siempre había comprado flores para los demás y decidí que esta vez la que se merecía un ramo de rosas era yo. Me gasté todo lo que llevaba encima, que me alcanzó para un ramo de seis rosas rojas y me las llevé conmigo al metro mientras pensaba que en efecto, ya no era la nada, ahora tenía un ramo de rosas.
Sostenerlo durante todo el trayecto me hizo feliz, todos lo miraban y quizá imaginaban a la supuesta pareja que tanto me quería y que me había hecho tal regalo. No se equivocaban, sin duda era un regalo de la persona que más me amaba en este mundo. Sin embargo la satisfacción que me había inundado fue decayendo paulatinamente hasta convertirse en pesadez y resignación. Al caminar hasta casa y rodar la llave —con cuidado de no chafar ninguna rosa— me dirigí directamente a mi cuarto y dejé allí el ramo. La vergüenza me cubrió las entrañas como un velo transparente y quise hundirme en las grietas de la pared.
Me tumbé junto a las rosas con la máxima oscuridad que permitía la ventana sin cortina de mi habitación y me encogí como en el vientre de mi madre. El ramo se quedó cerca de mi pecho y su olor llegaba a mí con cada aspiración. Ese olor me distrajo, era un olor hermoso que recordaba a tierra, a la vida misma, la vida primitiva que no admite convenciones, la vida del guepardo acechando una manada de gacelas, la de los elefantes echándose agua en zonas remotas de África, la selva proclamándose heredera del principio de los tiempos y reclamando su poder sobre ella.
Un minúsculo conejo agazapado en un hoyo para evitar ser cazado, era incapaz de sentirme de cualquier otra forma arremolinada en la cama y con la garganta seca, pero no podía huir de un depredador que también estaba acurrucado en el mismo lugar que yo y compartía mi misma respiración.
Me abracé al ramo de rosas y cerré los ojos, terminando por destrozarlas contra mi propio pecho.



lunes, 20 de noviembre de 2017

Poesía

La miraba de soslayo, como quién teme espantar a un animal asustadizo. No quería que notara que la estaba mirando para que no sintiera que invadía su intimidad de alguna forma. Yo estaba allí, de pie, en medio de su habitación. Me daba vergüenza mirar fijamente cualquiera de los objetos que la componían, pertenecían a su rincón de privacidad más absoluta y yo estaba en él. No podía sentirme más emocionada y a la vez cohibida. No tenía ni idea de qué hacer. Ella se había quitado la chaqueta y la había colgado en el armario.
—No te quedes ahí. —dijo, sin ningún tipo de importancia, sin saber que dentro de mí había un millar de mariposas chocando contra las paredes de mi estómago.
Ahora se había sentado en la cama con la espalda apoyada en la pared. ¿Podía sentarme junto a ella? ¿De verdad podía? Si era así, no me lo dijo, porque yo no me atreví a hacerlo. Elegí la silla de su escritorio, sobre el cual había unos cuantos bocetos ojeé. Noté que ella sonreía un poco.
—¿Te gustan?
—Mucho.
Cuando levanté la vista de los papeles me encontré la suya clavada en mí. Podía notar el corazón bombeándome a una velocidad desmedida. Escondí mis manos en las mangas de la chaqueta pero eso no hizo otra cosa que llamar su atención para que me dijera:
—¿No tienes calor?
Sí, tenía, pero quitármela y estar con una camiseta de tirantes suponía tal exposición de mi cuerpo con la que no me sentiría cómoda, así que negué con la cabeza. Ella sonrió de nuevo.
Sabía que estaba quedando en evidencia cuando en realidad mi propósito era totalmente el contrario, pero era algo que mi torpe personalidad no podía evitar. Ella debía pensar que yo no era más que una pardilla enamoradiza de todas las chicas que se cruzara, quizá solo estaba jugando conmigo porque sabía que podía. Puede que yo tan solo fuera un entretenimiento para una tarde de no saber qué hacer. En unas horas nos despediríamos con un abrazo y no volvería a verla jamás.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí.
Me decidí a comentarle cualquier cosa para que no creyera que era aún más estúpida de lo que ya era. Por suerte la fortuna me sonrió cuando me topé con una antología de poemas de John Keats en una de sus estanterías. Sin siquiera pedirle permiso me levanté y lo cogí, pero ella no hizo ningún comentario al respecto, estaba chateando con alguien por el móvil y no me había prestado atención.
—Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en agua.
Conseguí que dejara el móvil y levantara la cabeza.
—¿Te gusta la poesía?
—No toda, pero sí.
—¿Me recitarías un poema? Puedes elegir el que más te guste.
Yo me hundí en mi chaqueta. Ella no sabía el esfuerzo titánico que suponía para mi algo así. Siempre había negado mi talento para los recitales, porque en efecto no lo tenía. Había escuchado decenas de personas con voces melodiosas recitar poemas consiguiendo ponerme la piel de gallina y sabía con certeza que mi voz no era de esas.
Negué efusivamente al tiempo que notaba un rubor cálido extendiéndose por mi cara. Ella tuvo que darse cuenta pues no me insistió, sin embargo se levantó de un salto de la cama, me arrebató el libro y se sentó esta vez en el suelo. Su rostro estaba a la altura de mis rodillas.
No supe qué pretendía hasta que abrió el libro, buscó una página en concreto y comenzó el recital de poesía más maravilloso al que asistiría en toda mi vida.
Eligió un poema largo, una oda, la Oda a Psique, y yo intentaba escuchar las palabras pero solo podía oír una voz, su voz, y solo podía mirar sus ojos que se movían mientras bajaba los versos y sus manos sosteniendo el libro y su pecho moviéndose con cada respiración.
Terminó y yo solo era un amasijo de sentimiento y emociones que se proyectaban hacia ella.
—Es mi poema favorito.
Lo dijo como si hubiéramos visto una película y me estuviera señalando que es su favorita, sin más relevancia, sin más trascendencia que esa. Yo solo sentía que ese era mi poema favorito solo si lo recitaba ella.
Dejó el libro en el suelo y apoyó una mejilla en mi pierna, que se paralizó con su contacto cálido. Estuvo así unos segundos hasta que levantó la cabeza y me miró con una ligera sonrisa, sin enseñar los dientes. Yo le sonreí de vuelta con la inexperiencia de un recién nacido ante el mundo. Mi cuerpo me pedía muchas cosas; levantarme y empezar a correr, quedarme ahí, quieta, disfrutando su cercanía, sentarme a su lado y abrazarla, solo abrazarla. Ella eligió por mi cuando me pidió que nos tumbáramos las dos en su cama.
Me levanté pocos segundos después de que ella lo sugiriera y aún mientras mis pies me llevaban hasta allí mi cerebro no terminaba de creer lo que estaba pasando. Más que tumbarme me recosté con la espalda en la pared como ella minutos anteriores.
—¿Estás bien?
Estaba en las nubes, demasiado bien para ser verdad, con la sensación de que la fantasía de la nube de algodón sobre la que puedes recostarte se desvanecería y yo caería en picado, sensación que se incrementó cuando se puso a mi lado y me cogió de la mano. Yo le apreté la suya y conseguí acariciársela con las yemas de los dedos.
—¿En qué piensas?
—Nada.
—¿Absolutamente nada?
Solté una risa que al parecer contagió la suya. Estaba tan nerviosa que las palabras se me atoraban en la garganta, era incapaz de articular una frase con sentido y no hacía más que castigar a mi subconsciente por ello.
—Yo pienso en que no debería haber dejado que entraras aquí.
Quise soltarle la mano de repente, el corazón me dio un vuelco. Ella no me dejó, me retuvo con más fuerza.
—Porque ahora no quiero que salgas —terminó.
Solté todo el aire retenido segundos antes aunque mis pulsaciones siguieron desbocadas. Una de sus manos se posó en mi pierna y luego en mi mejilla. Nos besamos. Sin saber por qué, ella me estaba besando.
Me maldije varias veces por no corresponder con la efusividad que deseaba pero a ella no le importó. Fue un beso corto, suave, incluso tierno, y al separarse de mí estaba sonriendo y no pude hacer otra cosa que sonreírle yo también.

—Keats estaría orgulloso de nosotras—me dijo, al tiempo que comenzaba a desabrocharme la chaqueta.



lunes, 30 de octubre de 2017

autoboicot

Corrían mis pies más rápidos que la vida
pero la muerte me esperaba tras la línea de meta
en una carrera a contrarreloj contra mí misma,
un premio de huesos fracturados y esperanzas rotas
aguardaba en manos de un tiempo que al primer paso
se creía eterno y en cada uno se fijaba su finitud.
Me sonreía, maliciosamente, con sus dientes afilados
y unas garras tan largas como mis vagas esperanzas
de escapar.

Corrían mis pies sucios, agotados, heridos...
Me detuve,
pedí una tregua,
respiré
y percibí una ligera brisa, el pequeño abrazo
del reloj, que se ralentizaba.


domingo, 24 de septiembre de 2017

contranatura

Intento,
no sabes cuánto.

Intento florecer en pleno invierno,
desafiando a la escarcha y
al rocío de las mañanas;
pero se me congelan los pétalos,
las hojas,
el tallo,

y temo el día
en que
se me hielen

las raíces.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Poesía somos todos

Poesía somos todos.

Baladas de carne y hueso
que caminan balanceándose
en los boulevares las noches de lluvia;
cuerpos épicos marchando con la seguridad
del héroe griego ante las murallas de Troya 
que se sabe protegido por Atenea,
y tantas elegías que se dejan arrastrar
por el paso del tiempo que 
nunca regresa. 

Las sátiras desfilan con las 
comisuras alzadas de bar en bar, 
el vaivén del vino en la botella,
mientras caminan las églogas despacio 
deshojando margaritas.

Poesía somos todos.

Poemas que andan,
que lloran, 
que ríen, 
que se desesperan, 
que lastiman, 
que sueñan,
que aman y se dejan amar.

Poemas, 
cada uno de nosotros.
Para tantos incomprensibles,
infranqueables;
para algunos tediosos y
aborrecibles;
para unos pocos afortunados: maravillosos. 

Poema que se retratan en espejos 
con cierta vanidad,
encierran el insomnio en cápsulas
y se las tragan para soñar, 
coleccionan medias lunas mordidas
y creen que pueden salir victoriosos
en un duelo contra el sol.

Pero eres tú, 
mi niña, 
un poema de verso libre
que no responde a ninguna métrica.
Una oda caótica a los colores cálidos
y las líneas curvas, 
un himno con patria en ningún sitio
más que en el hueco de tu cuello.
Y es tu cuerpo la canción más bella 
cuyos versos abrazan el mío
cuando eres la única música 
que quiero escuchar. 




jueves, 14 de septiembre de 2017

Adicción

La escritura,
a veces,
no deja de ser como
la bebida.
A menudo se recurre
a ella
cuando uno está
muy abatido,
muy exhausto,
muy triste.
Pero también vale
para las noches
eufóricas,
entusiastas,
ardientes.

La escritura
no se despide nunca
y siempre
devuelve la llamada,
y como una buena copa,
o un buen polvo
se te hace imposible de
rechazar
a las tres
de la mañana.

La escritura no te mata,
pero te deja morir,
y te revive entre tus propias
cenizas.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Historia

Leo,

pero nada de lo que leo
me lee.

Busco: una libreta,
un billete de autobús,
una entrada de cine,
una tarjeta de visita,

qué más da.


Y me escribo.











viernes, 11 de agosto de 2017

Rutina social

 No recordaba la última vez que se había subido a un autobús. La aglomeración de gente entre los asientos le resultó incluso reconfortante y llegó a desear que alguno de esos carteristas que salían en la tele cuando era niña le robara la cartera. Si tuviera, claro. Suponía que si esa señora tan amable le había dado el dinero para el billete fue por la evidente desnutrición que dejaba entrever su débil aspecto. Al llegar a casa le pediría a su madre un buen plato de lentejas. Encerrada en ese zulo había perdido el apetito. 







sábado, 5 de agosto de 2017

Happy Birthday, Joseph Merrick (PARTE I)

El 5 de Agosto de 1865 falleció Friedrich Engels. 
El 5 de Agosto de 1930 nació Neil Armstrong, el primer ser humano que pisó la luna.
El 5 de Agosto de 1939 fueron fusiladas por el régimen franquista Las Trece Rosas.
El 5 de Agosto de 1962 falleció Marilyn Monroe.  

Yo quiero hablar de otro 5 de Agosto. Quiero hablar del 5 de Agosto de 1862. 

Ese día, en Leicester, una ciudad de Reino Unido, nació Joseph Carey Merrick (él en su autobiografía pone la fecha de su nacimiento como 1860), más conocido como "El hombre Elefante", aunque esta va a ser la primera y la última vez que me refiera a él con este nombre que otros le brindaron por su aspecto y por el gran reclamo que suponía para la gente de a pie que se anunciara un espectáculo de circo con este título. 

Joseph sufrió lo que se conoce actualmente como Síndrome de Proteus, y aquí tenéis una foto para que seáis conscientes de los efectos de dicha enfermedad, que directa o indirectamente lo condujo a una muerte prematura a los 27 años de edad mientras dormía. 


Foto de 1888, de las últimas que se tomaron,
cuando le quedaban apenas unos dos años
de vida.



A Joseph le tocó vivir en plena Era Victoriana, primero en Leicester, donde pasó una infancia cargada de calamidades y penúrias, para más tarde trasladarse a Londres, en el barrio pobre de Whitechapel donde la miseria era el pan de cada día. 

Fue el mayor de tres hermanos, de los que nunca hablaría, sin embargo, siempre llevaría consigo un retrato de su madre, Mary Jane, a quién consideraría para el resto de su vida como el ser más bondadoso del planeta por ser la única persona que le había dado afecto cuando era un niño. Según Frederick Treves, el médico y amigo de Joseph, dijo que el joven podría haber tenido una visión muy idealizada de su madre que no se correspondería para nada con la realidad. Mary Jane falleció cuando Merrick tenía apenas once años y recordaría ese suceso como el más trágico de su vida. 

Su padre, también Joseph, volvió a casarse, y la vida empezó a ser más difícil para su hijo. Las deformidades del niño se hacían cada vez más evidentes y su madrastra, de quién contaría que lo maltrataba, al igual que su padre, se quejaba de que el pequeño se escudaba en sus deformidades para no trabajar. Solía ponerle el plato en la mesa medio vacío y le decía que "eso era más de lo que había ganado". Consiguió un puesto de trabajo en una fábrica de habanos a los trece años (había dejado las escuela entre los once y los doce después del fallecimiento de su madre), pero las deformidades de su mano crecieron tanto que al final le fue imposible. Entonces su padre le adquirió una licencia como vendedor ambulante, pero los clientes le cerraban la puerta al verle y apenas ganaba dinero. 

Durante aquella época se escapó de casa unas cuantas veces y su padre salió en su busca. Merrick lo describe como: "cojo y deformado como estaba, me escapé de casa en dos o tres ocasiones, pero supongo que mi padre conservaba alguna chispa de sentimiento paternal y me llevó a casa de nuevo". Finalmente, harto de las vejaciones de su nueva familia, se escapó por última vez y su padre ya no fue en su busca. Tras la huída intentó seguir trabajando como vendedor ambulante pero apenas conseguía desplazarse sin que una multitud se agolpara a su alrededor, siguiéndolo e insultándolo. Entonces buscó refugio en casa de su tío, con quién estuvo hasta que la esposa de este se quedó embarazada y Joseph decidió marcharse para no estorbar a la pareja. 

Entonces comienza otra etapa trágica en la vida del señor Merrick, se hospedó en una casa de labor y acogida, dónde ofrecían cama y alimento a los indigentes a cambio de trabajo. Allí lo pasó tan mal que apenas aguantó doce semanas la rutina de aquél sitio. En 1880 firmó el registro de salida y estuvo dos días buscando trabajo. Sin éxito, se vio obligado a solicitar la entrada de nuevo a aquella casa donde viviría durante cuatro años. Durante su estancia allí, la masa de carne que le nacía del maxilar superior y que se asemejaba -según dicen- a una trompa de elefante, le impedía comer y hablar, así que fue remitido al Hospital de Leicester para que se lo extirparan. 

En algún momento después de la operación, Joseph pensó que debía alejarse de la casa de labor y acogida como fuera, y llegó a la conclusión de que la única manera era exhibiéndose como monstruo de feria. Fue entonces cuando conoció a Sam Torr, quién lo exhibiría en su ciudad natal, para más tarde pasar a manos de Tom Norman y trasladarse hasta la capital, Londres (1884). Por desgracia, la policía llegó a clausurar el local, tachando el espectáculo de Merrick de indecente e inapropiado para el público. Más tarde comenzaría su nueva vida con la Feria de Sam Roper.

Aunque Treves cuando habla de Joseph Merrick explica su vida en el circo como una etapa de sufrimiento en la que fue maltratado por su amo, la verdad es que allí se sintió a gusto e incluso llegó a tener amigos entre los componentes del circo. Dos jóvenes conocidos como "Enanos de Roper", Bertram y Harry, se hicieron amigos suyos y se encargaban de que nadie lo molestara mientras estaba en su caravana. Bertram, en particular, quedó fascinado por la conversación de Joseph, ya que iba a visitarlo de vez en cuando para asegurarse de que todo iba bien.

Joseph y el médico Frederick Treves se conocieron durante la exhibición de Merrick en Whitechapel Road, ya que el Hospital Real de Londres, donde trabajaba el doctor, estaba cerca del recinto donde exhibían al joven y apenas tenía que cruzar la calle para llegar. Treves, al ver el estado en que se encontraba, decidió llevárselo al hospital, donde le hizo algunas fotografías e intentó hacer un diagnóstico a la serie de dolencias que acumulaba el muchacho. Treves describe su primera visión como "el espécimen más desagradable de la humanidad entera." 

"En mi trayectoria profesional me he encontrado con lamentables deformidades del rostro debidas a lesiones o a enfermedades, así como con mutilaciones y contorsiones del cuerpo atribuibles a similares causas; pero nunca antes me había topado con una versión tan sumamente degradada de un ser humano como la que presentaba esta figura desamparada". -Sir Frederick Treves.

Antes de volver a encontrarse con el doctor Treves, Merrick fue enviado de gira por el continente, pues las autoridades inglesas eran cada vez más estrictas y se oponían a este tipo de espectáculo. Sin embargo, en Europa no se toparon precisamente con una gran flexibilidad y la gira fue un fracaso. Así que Joseph Merrick fue abandonado a su suerte por su representante en Bruselas, después de robarle el dinero que había ganado con las actuaciones.

Decidió que debía regresar a Inglaterra como fuera, pues al fin y al cabo era su casa, el lugar que conocía, así que empeñó todas las cosas que tenía para conseguir un pasaje de vuelta. El camino no fue nada fácil. Se movía siempre bajo una capa que le llegaba a los pies y una gorra a la que habían añadido una tela que le ocultaba el rostro, a la que le habían hecho un agujero para los ojos. No solo tenía que lidiar con ser un hombre desamparado, perdido en un continente desconocido y sin dinero, sino que también tenía que soportar la humillación de verse constantemente bajo la atenta mirada de todos los que se cruzaba. Incluso el capitán de un barco llegó a negarse a subirlo a bordo por todo el alboroto que causaba entre los pasajeros.

"Los desconocidos a los que Joseph se acercaba retrocedían de espanto y repugnancia, y ni siquiera trataban de entender el habla entrecortada que salía de sus labios. No había ningún hotel o casa de huéspedes que quisiera hospedarle; ninguna cafetería o restaurante donde le sirvieran; ni hospital alguno donde lo aceptaran como paciente, pues no podía compartir una sala pública ni costearse una habitación privada, y su estado era a todas luces incurables y no podría tratarse con medicación alguna".

El 24 de junio de 1886 Joseph consiguió llegar al andén de Liverpool Street Station, donde la multitud empezó a agolparse a su alrededor, a seguirlo, señalándolo con el dedo, hasta que la policía lo llevó hasta la sala de espera de tercera clase. Joseph estaba tan aterrorizado que lo único que consiguió hacer fue sacar un pequeño papel, que resultó ser la tarjeta de Frederick Treves, con quien contactaron de inmediato y acudió a la estación, encontrándose con Merrick acurrucado en un rincón de la sala: "Treves se dio cuenta de que el hombre había traspasado los límites de la resistencia humana y de que estaba hundido por completo".

La primera vez que Merrick acudió al hospital, su enfermedad se diagnosticó como incurable y debido a la política del hospital, Joseph tuvo que abandonarlo. Sin embargo, Treves decidió que era el momento de quebrantar las reglas, así que lo llevó a una pequeña habitación en la buhardilla del hospital, donde le dieron de comer, lo lavaron y le dejaron dormir.

Poco a poco, el hombre se acostumbró a vivir en el hospital aunque todas las vivencias pasadas habían hecho mella en su espíritu. Las visitas de desconocidos le provocaban mucha ansiedad e inquietud e incluso le resultaba difícil que las enfermeras lo tocaran. Aún así, con la rutina diaria todo comenzó a resultarle familiar y se sintió cada vez más a gusto, pudiendo así mejorar su actitud que empezó a ser mucho más amable hacia el personal, mostrando siempre que podía su gratitud hacia la gente que lo cuidaba. Las enfermeras le llevaban recortables de cartulina y junto a ellas construía maquetas que después entregaba a algún miembro del hospital como muestra de su gratitud.

Sin embargo, se presentaron de nuevo dificultades en la vida de Joseph Merrick, pues ya no se podía ignorar el hecho de que ocupaba una habitación privada del hospital sin pagar por ella. Se empezó una campaña publicitaria a su favor, que tuvo mucho repercusión en los distintos medios del país y se consiguió darle una habitación a Merrick para el resto de sus días, con la ayuda de donaciones que ascendieron a doscientas treinta libras. Les costó a todos convencerlo de que por fin tenía un sitio en el que podía quedarse todo el tiempo que necesitara:

"De golpe, le ofrecían el santuario que había estado buscando desde la primera vez que se escapó de casa. Aquellos cuartitos del sótano le concedían un grado de privacidad que no hubiera conseguido ni siquiera en sueños. El alejamiento mismo del ajetreo que reinaba en el resto del hospital le proporcionaba seguridad. Merrick recorrió maravillado su nuevo hogar, aunque era incapaz de diferir su buena suerte de una sola vez. Tan sólo logró aceptarla con perplejidad y la gratitud propia de quien no acaba de comprender lo que ocurre". 

A partir de ese momento recibió visitas diarias de Treves así como de otros doctores que quedaron impresionados por la sensible personalidad que se encontraba en Merrick. Este se enorgullecía de su brazo sano e intentaba que llamara la atención a todos los que le visitaban.

El doctor Treves se convirtió en la persona más cercana para Joseph pues era quien lo visitaba más frecuentemente y pasaba con él horas charlando, pues era también el que había conseguido entender las palabras de su paciente a pesar de la dificultad de este por expresarse debido a los tumores de la boca. Así pues, las mañanas de domingo las pasaban charlando y Joseph se dio cuenta de lo mucho que le gustaban esas charlas que nunca había podido tener por falta de alguien con quien llevarlas a cabo. Treves utilizó estas charlas para que Merrick le contara acerca de su pasado, pero se negaba hablar de ciertas cosas, como de sus hermanos o del tiempo que estuvo en las ferias y los espectáculos de circo.

Joseph Merrick había utilizado la lectura como consuelo a su soledad, y Treves descubrió que muchas ideas que él tenía sobre la realidad no eran una consecuencia de una experiencia directa, sino de los libros: "era como si su afección le hubiera obligado a convertirse en un espectador de los asuntos cotidianos de la vida, privándole de relaciones sociales y de las experiencias más básicas del ser humano. Todo lo intrigaba: descripciones de reuniones, lugares, gente, celebraciones; nada dejaba de despertar en él una curiosidad cargada de nostalgia". 

"Siempre que comentaba sus lecturas, se hacía patente el vacío que habían llenado los libros y la realidad que tomaban en su mente. Hablaba de novelas como si se tratara de relatos de sucesos reales en lugar de narraciones ficticias. Describía tramas como si fueran acontecimientos recientes, reproducía conversaciones con gran lujo de detalles y hablaba de personajes cual si gozaran de vida propia, abordando sus aflicciones y apuros con sincera preocupación". 

Quizá se debe a eso que a pesar de los tratos vejatorios que recibió él no guardaba ningún rencor a nadie, pues se había hecho una idea de la naturaleza humana a partir de sus lecturas, siendo las historias de amor sus favoritas.

Y si se había sentido alejado de la vida real, destaca en particular el desconocimiento de las mujeres, pues para él eran seres dignos de admiración, inaccesibles, con una alma tan pura que solo se las podía venerar pero no acercarse a ellas. Esa impresión también procedía del hecho de que su propia imagen había causado repugnancia a todas las mujeres con las que se había encontrado, por lo que no tenía otra opción que contemplarlas desde la lejanía. Era consciente de que el trato de las enfermeras, aunque amable y considerado, era restrictivo y profesional.

Treves fue consciente de que esa falta de afecto presente en la vida de Merrick lo apenaba, por lo que se le ocurrió presentarle a alguien capaz de ignorar el aspecto exterior para tratarlo como a un igual y para ello acudió a la señora Leila Maturin, viuda de un doctor que aceptó lo que Treves le proponía. Pero cuando ella entró en la habitación y le estrechó la mano a Joseph, este no pudo ser capaz de hacer otra cosa más que agacharse y comenzar a llorar.

Más tarde le confesó al doctor que era la primera vez que una mujer le había sonreído y estrechado la mano, y a raíz de ese momento se encendió una pizca de esperanza en él y consiguió levantarle el ánimo para descubrir nuevas experiencias cotidianas.

A raíz de la visita de la señora Maturin comenzaron a interesarse por Joseph otras figuras que con su influencia social podrían proporcionarle mucha más dicha, como es el caso de la actriz Madge Kendall, quien comenzó a mandarle regalos y le ayudó en sus ganas de aprender a trabajar el mimbre mandando un instructor al hospital. La actriz nunca visitó en persona a Merrick y fue por eso por lo que él le pidió una fotografía, que colocó en su habitación. Poco a poco fue recibiendo más visitas que le traían obsequios, con lo que pudo adornar su cuarto, y algunos hombres le daban dinero para sus gastos, que lo usaba principalmente para los libros y lentamente iba creando su propia biblioteca.
Joseph pasó de ser un hombre reservado y distante con el mundo para ser la viva imagen de la curiosidad como un niño que lo descubre todo por primera vez. Quería salir al exterior y entablar conversación con todo el mundo.

Un día le dijo al doctor que quería ver una "casa de verdad", pues en toda su vida había conocido poca cosa más que pensiones, barracas y los adosados de la clase obrera en su infancia, así que Treves accedió a llevarlo a su propia casa, donde Joseph se tomó su tiempo en observar cada objeto a la perfección.

El 21 de mayo de 1887, y debido a las reformas que se habían llevado a cabo en el Hospital de Londres, donde se había construído la Residencia de Enfermeras, Joseph Merrick conoció al príncipe y la princesa de Gales, quienes fueron personalmente a visitarlo a su habitación, al igual que el resto de pacientes. Joseph quedó maravillado ante la gracia y los modales de la princesa, quien se sentó al lado de su butaca y se mostró interesada en todos los regalos que acumulaba en su habitación. Poco tiempo después recibiría una fotografía firmada por ella, motivo por el que se echó a llorar. Lo enmarcaron y lo colgaron en su habitación, y no dejó que ni siquiera Treves lo tocara. Le escribió una carta a la princesa como agradecimiento.

En Navidades, Treves le regaló a Joseph algo que él había visto y deseaba, a pesar de no poder usarlo: un estuche con enseres de aseo. Todos los accesorios de ese estuche le resultaban de poca utilidad debido a las deformidades de su cuerpo, pero Treves lo consiguió para él de todas formas.Antes de dárselo, se preocupó en retirar el espejo, pues se preocupaba de que Merrick no pudiera ver su propio aspecto, así como rellenarle la pitillera de cigarros a pesar de que no fumaba ni podría por la deformación de la boca.

"El estuche de aseo resultó un accesorio que se adecuaba a la perfección a la imaginación de Joseph. En la intimidad de su pequeño alojamiento, sentado tranquilamente mientras ordenaba sus contenidos y abría y cerraba la pitillera, se convertía en un hombre de mundo elegante y sofisticado, que se preparaba en el vestidor para asistir a alguna cena de gala o a una celebración de campanillas." 

Otra experiencia que Merrick soñaba con disfrutar era el teatro, petición que llegó a los oídos de la ya nombrada actriz Madge Kendall, quién le consiguió un palco privado en el que pudo disfrutar de una obra oculto en la oscuridad, habiendo utilizado la entrada reservada para la familia real que contaba con una escalera privada. De esta manera, ningún miembro del público se dio cuenta de que "El hombre elefante" había recorrido los pasillos del teatro.

Lo que más le sorprendió a Treves sobre la experiencia, a parte de la maravillada expresión de su paciente durante toda la obra, fue que para Joseph la historia presenciada en el escenario seguía viva una vez salieron del teatro, pues este no paró de hacer preguntas al respecto sobre qué estarían haciendo en ese momento los personajes.








miércoles, 12 de julio de 2017

Algo un miércoles por la noche

Caían las gotas
y rompían contra
el suelo
a la misma velocidad
en que tu respuesta sentenciaba
mis ganas de vivir
a la horca.

Te habías ido
con todos estos años
apretujados
en un atillo
que se te antojaba
vacío,
y yo no pude sino
observarte
desde el otro lado,
sentado
en el sillón roído
que de alguna forma,
siempre supe que
iba a durar
más que tú.

Me hallo en
una cloaca
atestada
de promesas rotas
y libros a medio terminar.
Aquí no crecen
amapolas
como en ese lugar
al que te diriges,
donde los colores
del arcoíris
no se derriten
en forma de
alquitrán
ni se ciernen
sobre los campos
a modo de
asfalto.

Estoy atascado,
patéticamente,
como el cuello de una tortuga
en un envase de plástico
a la deriva,
soy un náufrago
estancado
en alta mar.

Recuerdo discusiones
y sé que yo solía gritarte
y lanzaba botellines de cerveza contra las paredes
y los vecinos se quejaban
y entonces dejaba de gritarte
para gritarles a ellos.

Sé que no fui lo
suficientemente bueno,
sé que sigo sin ser un buen tipo,
pero tú me querías.
Me quisiste
durante un tiempo maravilloso
en que los rayos del sol
no temían traspasar
los cristales,
y te estaré eternamente agradecido.

Es más de lo que podría haber soñado.


jueves, 18 de mayo de 2017

city lights

All alone in the danger zone
Are you ready to take my hand?
All alone in the flame of doubt
Are we going to lose it all?



Siento que la vida me engulle, y siento eso tan a menudo que un día creo que me ahogaré en mi propia angustia y solo quedará de mi un esqueleto con los dedos rígidos y los dientes rechinando. Un cuerpo en descomposición del que no crecerá ninguna amapola, una cuenca vacía que se antojó llena en su supuesta época de esplendor, y quizá su mayor esplendor estará por llegar, o llegará cuando los gusanos vean entre mis costillas algo con lo que llenarse la boca. No podemos obligar el sol a salir, como no se puede forzar a la luna a esconderse. En algún universo desconocido el astro rey ha decidido no amanecer jamás, y la oscuridad reina con una intranquila compasión. Las flores no germinan, las cosas bonitas mueren de sed y los pájaros vuelan a ras de suelo con la tristeza pesándole sobre las alas como manchas de alquitrán; los conejos no salen de sus madrigueras y los delfines no encuentran la superficie para danzar sobre ella. 
  
Las raíces de un árbol se abren paso incluso al borde de un precipicio, entre dos rocas temblorosas, en una húmeda gruta con un futuro incierto por delante. Mis raíces se han cohibido bajo los ventrículos y se arraigan a lo más profundo, sobrepasar la línea de la incertidumbre es lo más parecido que conozco a balancearse con la punta de los dedos justo al final de un acantilado.  
  
A veces me siento un vaso lleno al que solo le falta una gota por colmar, y siempre creo que esa lágrima será la última como también noto que se balancea el vaso y tirito de terror. Quizá necesite derramarse, quizá quiera volver a empezar. Quizá deba vaciarse y llenarse de nuevo, pero solo con pensarlo se me agrietan las paredes y temo que el agua se escape y me ahogue, y ya no quede nada por llenar.