Una calada más. El cigarrillo se consume
presa de una ansiedad visible, y la boquilla se tiñe de rojo chillón. El cielo
está débilmente encapotado y en menos de una hora la noche se habrá cernido
sobre las sombras grises de la ciudad. El tacón juega con un charco de agua
estancada en el asfalto.
Resopla.
—¿Tanto te costaba ponerle un puto condón
en la polla?
Se le ha caído el cigarrillo, suelta una
maldición y saca otro del bolso. Al quinto intento consigue encenderlo.
—Estaba muy borracha, joder.
La otra está sentada en el borde de la acera, se
ha descalzado y juega a mirarse las uñas de los pies.
—¿Y ahora? ¿Estás ciega ahora? Joder, tía,
que esto es serio, y parece que te importa una mierda.
Ya se ha terminado el segundo, apenas ha
dejado la colilla. La lanza al suelo y la aplasta y la machaca hasta la
saciedad. Se sienta al lado de ella,
aunque primero se quita los tacones y se baja la falda con esfuerzo hasta las
rodillas. Sin embargo, al sentarse no puede evitar que se le vean las bragas.
Un señor con chaqueta negra y pantalones de pana silba desde la otra parte de
la calle. Le devuelve un gesto obsceno con el dedo medio de la mano.
Al final opta por estirar las piernas y
cruzarlas por los tobillos.
—¿Un cigarrillo? —le ofrece.
Ella niega con la cabeza. No ha apartado
la vista de sus uñas. Ahora se acaricia los pies como si fueran frágiles, de
cristal, sube las manos por las piernas y se abraza las rodillas.
Quedan apenas unos minutos de luz. Los
rótulos de los bares comienzan a encenderse. Una bailarina de luces de neón las
invita a pasarlo bien en un puticlub, y otro cartel sencillamente a tomar una
copa.
—¿Piensas decírselo al chaval? —pronuncia
toscamente.
—¿Tú te chutas?
Mete la mano en el bolso de la otra y saca
el paquete de cigarros. Coge uno, se apropia del mechero y la tercera va la
vencida. Tose a la primera calada, encoge la cara en la segunda y soporta las
siguientes.
—Ni de coña. —suelta echando el humo—. Y
tú tampoco, ¿queda claro?
La chica alza las manos en señal de
amistad. Se encoge de hombros, alcanza la cajetilla que reposa en el regazo de su amiga y la vacía. Entonces la lanza en medio de la
calle, y las dos la observan hasta que las ruedas de un coche la aplastan contra el
pavimento.
La
brisa es suave, ayuda a moldear los pensamientos. La calle se pierde de vista
más abajo, una línea gris infinita que termina dónde lo hace la vida,
compactada en jeringuillas y botellas, encontrando su momento culminante en las
medias rotas de alguna prostituta que de niña soñaba con ser cantante. Ahora
canta en la ducha, donde es una estrella. Allí la aplauden y vitorean, y las
enredaderas no mueren a medio camino.
Las
farolas se desperezan. Esta noche tampoco va a ver ninguna estrella. Más allá
de los edificios puede ver unos barrotes que llegan al cielo, de hierro
disfrazado de éter, y un carcelero gigante la mira con una sonrisa burlona.
Puede
que llueva. Sonríe. Siempre le ha gustado la lluvia, y la lluvia es lo único
que le gusta de este sitio. Y nadie puede quitarle eso.


