sábado, 18 de julio de 2015

Marginados


Una calada más. El cigarrillo se consume presa de una ansiedad visible, y la boquilla se tiñe de rojo chillón. El cielo está débilmente encapotado y en menos de una hora la noche se habrá cernido sobre las sombras grises de la ciudad. El tacón juega con un charco de agua estancada en el asfalto. 

Resopla.

—¿Tanto te costaba ponerle un puto condón en la polla?

Se le ha caído el cigarrillo, suelta una maldición y saca otro del bolso. Al quinto intento consigue encenderlo.

—Estaba muy borracha, joder.

La otra está sentada en el borde de la acera, se ha descalzado y juega a mirarse las uñas de los pies.

—¿Y ahora? ¿Estás ciega ahora? Joder, tía, que esto es serio, y parece que te importa una mierda.

Ya se ha terminado el segundo, apenas ha dejado la colilla. La lanza al suelo y la aplasta y la machaca hasta la saciedad.  Se sienta al lado de ella, aunque primero se quita los tacones y se baja la falda con esfuerzo hasta las rodillas. Sin embargo, al sentarse no puede evitar que se le vean las bragas. Un señor con chaqueta negra y pantalones de pana silba desde la otra parte de la calle. Le devuelve un gesto obsceno con el dedo medio de la mano.

Al final opta por estirar las piernas y cruzarlas por los tobillos.

—¿Un cigarrillo? —le ofrece.

Ella niega con la cabeza. No ha apartado la vista de sus uñas. Ahora se acaricia los pies como si fueran frágiles, de cristal, sube las manos por las piernas y se abraza las rodillas.

Quedan apenas unos minutos de luz. Los rótulos de los bares comienzan a encenderse. Una bailarina de luces de neón las invita a pasarlo bien en un puticlub, y otro cartel sencillamente a tomar una copa.

—¿Piensas decírselo al chaval? —pronuncia toscamente.

—¿Tú te chutas?

Mete la mano en el bolso de la otra y saca el paquete de cigarros. Coge uno, se apropia del mechero y la tercera va la vencida. Tose a la primera calada, encoge la cara en la segunda y soporta las siguientes.

—Ni de coña. —suelta echando el humo—. Y tú tampoco, ¿queda claro?

La chica alza las manos en señal de amistad. Se encoge de hombros, alcanza la cajetilla que reposa en el regazo de su amiga y la vacía. Entonces la lanza en medio de la calle, y las dos la observan hasta que las ruedas de un coche la aplastan contra el pavimento.

La brisa es suave, ayuda a moldear los pensamientos. La calle se pierde de vista más abajo, una línea gris infinita que termina dónde lo hace la vida, compactada en jeringuillas y botellas, encontrando su momento culminante en las medias rotas de alguna prostituta que de niña soñaba con ser cantante. Ahora canta en la ducha, donde es una estrella. Allí la aplauden y vitorean, y las enredaderas no mueren a medio camino.

Las farolas se desperezan. Esta noche tampoco va a ver ninguna estrella. Más allá de los edificios puede ver unos barrotes que llegan al cielo, de hierro disfrazado de éter, y un carcelero gigante la mira con una sonrisa burlona.

Puede que llueva. Sonríe. Siempre le ha gustado la lluvia, y la lluvia es lo único que le gusta de este sitio. Y nadie puede quitarle eso.




Fábula

¿Y si mi libertad se esconde en cada una de tus pestañas?  Las mismas que te rozan la mejilla cuando duermes, las que puedo contar si me acerco lo suficiente, y que vuelves a cerrar si decido acercarme un poco más.

Puede que una sonrisa provocada por otra sea algo más que eso. Que el invierno no es lo suficientemente frío sin alguna de tus canciones; que la poesía no termina de serlo hasta que tú recitas ese poema que tanto te gusta. 

Puede, que el chocolate caliente no sepa a nada sin una de tus cucharadas de azúcar; que los villancicos y las calles adornadas carezcan de sentido sin un regalo bajo el árbol que lleve tu nombre. Que mi cumpleaños no sea un día tan especial si no lo vives conmigo, y que el tuyo se me antoje triste cuando no puedo celebrarlo a tu lado. 

Puede que sí se oiga un árbol caer en el bosque si estás en él. Puede, que contigo aquí, tengan algo más de sentido las guerras, que yo me batiría en duelo por una marca de tu pintalabios rojo cada noche. 

Puede, y solo puede, que encuentre el significado de la vida en tus pupilas. 

Pero quiero que sepas, que de no ser así, de no ser nada cierto, verme reflejada en ellas es suficiente para que me crezcan alas. 

Y entonces soy libre, volando a ras de suelo, para que cuando ya no estés, la caída no duela. 

Y pueda seguir viviendo. 


Si la vida va de aprovechar el tiempo, déjame que lo pierda contigo. 
[nunca había visto algo, tan especial, tan infinitamente humano.]

sábado, 11 de julio de 2015

Vacío



Podríamos suicidar nuestras ganas de vivir, y morirnos juntos. Dispárame en las entrañas del entusiasmo y reviéntame los planes, que yo haré lo mismo con los tuyos.

Brindemos por nada.

Caminemos de la mano y hagamos guarradas, para tocar los cojones a un par de indeseables. Copiemos versos de cualquier poeta en las puertas de algún baño con sueños de yonqui. Vivir nunca se nos ha dado bien y existir es demasiado fácil, incluso para nosotros.

Abramos en canal las pesadillas y liberemos a todos los fantasmas que se tragan las inseguridades. Podremos escondernos bajo una sábana tejida por una bruja de lengua afilada y mirada sospechosa.

¿Te he contado alguna vez cómo vi morir a un hombre?

Fue en un bar, dónde se bebía el whisky en botella. La gente se extinguía con mayor rapidez que el hielo de las copas, y el primer parroquiano se emborrachaba antes de terminar su segundo cigarrillo. Las esquinas estaban sucias; una vez un hombre vomitó ahí, y otro se corrió después de haber follado con una mujer desafortunada en el baño. Al camarero no le hizo ninguna gracia. Dicen que la vieron dando a luz no hace mucho, en un callejón sin salida, atendida por una farola parpadeante. Nadie la conocía, o nadie parecía conocerla. La vi salir del baño de caballeros bajándose la falda del vestido, con muchas horquillas en la mano. Salió del bar tropezando con un señor que la llamó “hija de puta”. Le había tirado el puro al suelo. No sé en qué momento ese señor se puso a discutir con un hombre de la barra, ni tampoco por qué. La cosa es que le dio un infarto y se quedó seco, estirado sobre las baldosas pegajosas de ese local. Fue realmente impactante, pero es una historia que me gusta contar.

No sé exactamente por qué.



¿Acaso importa?