miércoles, 25 de abril de 2018

Una cafetería en una plaza en un barrio en una ciudad


Tras estar leyendo un comentario al Evangelio de María y un libro para la asignatura de Derecho Constitucional sobre la crisis de la legitimidad, me he permitido pararme un momento. Estoy sentada en una mesa ocupada por unas seis o siete personas que, al igual que yo, trabajan o estudian o sencillamente leen o escriben como estoy haciendo ahora. Esta mesa se encuentra en una cafetería preciosa, con varios sofás que me recuerdan al Central Perk de la serie “Friends” —que por cierto terminé ayer y sigo con el vacío existencial que se tiene cuando te has involucrado tanto en las vidas de los personajes— y cada rincón resulta un sitio único en el que tomar un café —que tienen buenísimo, por cierto—. Esta cafetería se encuentra en una plaza y esta plaza es una pieza más del encanto que posee el barrio de Malasaña.

Si me he parado un momento es porque necesitaba ser consciente, pero consciente del todo, de que yo estoy aquí, formando parte de este lugar, este momento, esta ciudad que quizá no tiene nada que no tenga otra, pero entonces también diríamos que podemos enamorarnos de cualquiera, que querer a alguien equivale querer a todos y sabemos que no es así. Si me he parado, también, es porque siento que necesitaba una pausa para situarme en el mundo. Quizá me esté poniendo la etiqueta de pretenciosa o pedante o qué se yo, pero necesito contemplarme, a mí misma, en este mundo que ahora mismo me parece algo más que mágico.

Un animal no tiene la capacidad para concebirse a él mismo fuera del entorno que lo rodea, sin embargo, yo sí y es lo que pretendo hacer. Estoy yo y está el mundo, y estoy yo en el mundo y, más importante aún, estoy en un mundo que quiero, que he elegido estar. Estoy aquí, en Madrid, en esta plaza, en esta cafetería, ocupando un sitio de esta mesa que no ocupa nadie más. Aquí estoy, en armonía, en sincronía con mis deseos y mi voluntad. Aquí estoy porque lo he decidido, y sin irme a lo general, sin irme a decisiones vitales, importantes, como mudarse, como elegir universidad en algún sitio de España o incluso Europa. No hablo tan solo de eso, hablo de elegir caminar hasta aquí, hablo de que desde mi cama he hecho una elección y ha sido correcta, mientras otras no lo serán tanto.
Hablo acerca de que no hay otro lugar en el que quiera estar, y que supongo que de eso va la felicidad, aunque sea en el corto plazo de lo que dura un café.

Chop Suey (Edward Hopper)


lunes, 23 de abril de 2018

Guerra



Ganas -ansias- de escribir
se me asientan en las mejillas,
me rasco con las uñas de la inspiración
pero las musas, maliciosas, aguardan en la oscuridad
contemplando el espectáculo, 
yo llego al dolor mucho antes que a la poesía,
la sangre gotea desde mi mandíbula
muriendo en unas manos cargadas de letras hostiles.
Me deshago, en busca de la paz perpetua.



Madonna (Edvard Munch)

lunes, 16 de abril de 2018

Universos paralelos


Siguiendo la línea de sus pestañas encontré un cielo estrellado. Era una noche de verano, húmeda y pegajosa como los castillos hinchables de las ferias. Se oían las cigarras y algunas risas a lo lejos de grupos pasándolo en grande con unas litronas y unas cuantas historias que contar. La camiseta se me pegaba a la espalda por el sudor y quería arrancarme las zapatillas y poner los pies en agua fría, pero ahí estaba, contemplando sus labios moverse y sus ojos parpadear y su pelo ondeando cuando una pequeña brisa nos honraba con un mínimo soplo de aire. Hacía meses que intentábamos coincidir, pero nunca encontrábamos el momento adecuado, el espacio adecuado. Dicen que todo eso no importa si estás en buena compañía, pero en nuestro caso importaba, quizá demasiado, pero nunca pensé mucho en ello. Supongo que el ser tan meticulosas en cuanto a nuestros momentos juntas hacía que esos instantes fueran tan especiales como los fenómenos astronómicos.

—¿Quién sabe que estás aquí?

—Nadie.

Se giró para mirarme, sonriendo de medio lado. Un lado de su cara estaba en penumbra, mientras la otra invitaba a besarle la mejilla.

—A alguien se lo habrás contado. —dijo, agachando la cabeza.

—¿No me crees?

Asintió, con la vista fija aún en el suelo.

Ella parecía desconfiar constantemente, de todo, todo el tiempo. Al principio, antes de conocerla mejor, creía que ocurría algo conmigo, pero no, ella se mostraba así de insegura en relación con todo lo que la rodeaba. No se fiaba de nada, de nadie.

—Se lo he contado al perro. —dije, en un intento por apaciguar la situación.

Conseguí que sonriera. Apoyé mi cabeza en su hombro, ella quedó inmóvil hasta que pasaron unos minutos y puso su brazo en mi hombro.

—No creo que podamos volver a vernos pronto, pequeña. —murmuró.

Yo supe de inmediato lo mucho que le había costado decirme aquello, el dolor de sus palabras se depositó sobre mi pecho como una lluvia de ceniza. Yo no me moví, pero exhalé muy fuerte y solté el aire como si fuera la última vez que pudiera respirar.

Al fin y al cabo, lo que más dolía eran estas situaciones, estos momentos de sí pero no, de queremos, pero no podemos, de ojalá, pero es imposible a menos que demasiadas cosas cambien. Nunca nos habíamos cuestionado la una a la otra el por qué de tal resignación, sencillamente lo aceptábamos. Quizá fuera cobardía, quizá todo lo contrario.

—Me lo dirías si te marcharas, ¿verdad? —levanté la mirada, ella no despegaba sus ojos de algún punto del horizonte.

Cerró los ojos y volvió a asentir. Nos abrazamos. Yo sentía el corazón desbocado, las rodillas me temblaban, no fue un abrazo que transmitiera paz, para nada, toda nuestra guerra era el centro alrededor del cual orbitaban nuestros cuerpos.

—La que se va a marchar eres tú, ¿entendido? —dijo ella.

Ya habíamos hablado sobre eso, faltaba mucho tiempo, pero ambas lo llevábamos metido de forma constante como una espina que debíamos sacar y curar su herida.

En efecto, yo tenía que irme a la universidad a otra ciudad. Para eso faltaba casi un año, pero estaba presente como una nube de tormenta sobre nuestros deseos.

—En algún universo paralelo ahora mismo estamos haciendo la cena en la cocina de algún piso del centro.

A punto estuve de llorar con lo que pretendía ser un comentario divertido. A ella tampoco le hizo gracia, aunque soltó una risa nerviosa.

Uno de los grupos de chavales se marchaba, el rumor lejano se hizo más suave y distinguimos con más claridad el ruido procedente de la ciudad. Sirenas de policía, motores de coche, música estridente. Nada comparado con el caos silencioso de aquí arriba.

No quería alargar la agonía que habitaba en ese abrazo que más que curar, quemaba. La apreté con fuerza contra mí, le di un último beso en la mejilla.

Me levanté y comencé a caminar, no sé muy bien hacia donde, mientras pensaba que en un universo paralelo, no nos habríamos conocido.


La cama - Tolouse Lautrec