martes, 14 de agosto de 2018

Onírico

Trasnochar en una película
tan solo dura unos minutos,
el no poder dormir suele ser una
escena corta, te cuentan
que alguien no puede conciliar el sueño
y se pasa la noche en vela,
pero eso es algo que no vemos.

Trasnochar es una experiencia
mucho más desagradable si no
es lo que se pretende hacer.

Dios parece haberte abandonado
a tu suerte en un rincón de algún
paisaje angosto.  Las horas
son como dunas interminables,
todo parece existir a cámara lenta
y tú eres algo que no encaja
en esa lentitud que atestigua
la noche.

Vivo ahora que no hay vida.

Satan overlooking Paradise - Gustave Dore

miércoles, 20 de junio de 2018

Humanidad



El calor se estaba colando incluso en el pensamiento
mientras cruzaba una plaza de adoquines,
una paloma recogía con su diminuto pico
el agua que entre las juntas se había acumulado
como si de un ciervo a orillas de un arroyo se tratara.
Deseé que se saciara del todo,
que no la importunaran piernas gigantes,
sillas de bares, pelotas de goma, bicicletas.
La rodeé para seguir mi camino
 mientras miles de kilómetros más al norte
un cazador furtivo se llevaba unas astas como trofeo.




lunes, 18 de junio de 2018

Ritmo 0


“Hay 72 objetos en la mesa, que cada uno puede usar sobre mi como desee."
                                                                          Ritmo 0, Marina Abramovic.

Los objetos fueron: perfume, algodón, flores, miel, azúcar, pastel, ramita de romero, bufanda, uvas, agua, pan, pañuelo, manzana, lápiz de labios, abrigo, espejo, pluma, vino, vendas, cepillo, jabón, flauta, zapatos, silla, tirita, medalla, sombrero, aceite de oliva, hilo, libro, vela, peina, cascabel, hoja de papel en blanco, cuchara, pintura azul, pintura roja, pintura blanca, vaso, estilográfica, periódico, rosa, horquilla, imperdible, aguja, cámara Polaroid, tenedor, sal, plato, azufre, alcohol, cerillas, cuchillas de afeitar, hueso de cordero, taco de madera, navaja, cadenas, alambre, clavos, tijeras, cuchillo de cocina, correas de cuero, tubería de metal, bisturí, martillo, sierra, estaca, hacha, látigo, arco y flechas, bala, revólver.”                                                        
                                                                         



En los muelles
ocurren todo tipo de cosas:
atracan barcos a rebosar de turistas,
se declaran amantes,
pescan aficionados,
pasean las familias
con los niños en brazos,
posan los novios
para congelar el mejor momento de sus vidas,
deambulan los solitarios
en busca de la amada perdida,
matan el tiempo los melancólicos
haciendo pedazos la última carta,
vierten lágrimas los afligidos,
se ahogan los borrachos,
se lanzan los suicidas,
se arrojan cadáveres en bolsas
y un ladrillo atado a los pies.

En los muelles
ocurren todo tipo de cosas.

El día y la noche están de espaldas,
el mar engulle, digiere,
hasta el siguiente amanecer,
y vuelta a empezar. 

Marina Abramovic en la performance "Ritmo 0"


miércoles, 13 de junio de 2018

Abuelo


Si tuviera que decir algo,
hablaría de unas manos que
nunca han parado de trabajar.

Manos cargadas de historia,
de pesares y alegrías,
manos que han sostenido otras
—de hermanos, de amigos,
de amores, de hija—
que han erigido casas
y acariciado mejillas,
han labrado tierra
y han sujetado las mías
desde que el mundo se hizo mundo
ante mis ojos.

Si tuviera que decir algo,
hablaría de la sonrisa inagotable de los domingos,
del rostro sereno de quien habla poco porque valora el silencio.
Hablaría de naranjos, de hornos de leña,
de paseos en carreta, tomates maduros, tierra arada,
de los troncos estrafalarios de las higueras,
de tardes bajo los alargados rayos del sol veraniego.

Si tuviera que decir algo,
no podría hacer sino contarlo todo,
pues todo es lo que merece ser dicho.

El Ángelus (Jean-François Millet)



jueves, 7 de junio de 2018

Otro poema de amor

Solía querer que me contaras cómo eras
antes de ser tú, quien había ocupado mi lado
de la cama, había encontrado ese lunar en la pierna,
te había dicho las primeras palabras bonitas que escuchaste,
las mismas palabras que debieron hacerte creer en el amor.

Solía querer anclarme en el pasado
en lugar de meterme en la cabeza
que mi lado de la cama solo lo ocupo yo,
que he descubierto ese lunar en la (entre)pierna
—algo que tampoco es verdad porque no había nada
que descubrir, sino que me dejaras encontrarlo—
y que las palabras bonitas se agotan demasiado rápido
como para conformar algo en lo que creer.

Pasado, presente y futuro
siguen siendo tres palabras
que a veces me tomo muy enserio.

Lo que se entierra, se entierra por una razón
y algo que no ha nacido es una pérdida de tiempo.

Solía querer conocerte mejor que tú misma,
solía olvidar que tú, ni eras, ni serás:
eres, de momento conmigo.

Magia negra (René Magritte)


miércoles, 6 de junio de 2018

De Magdala

A los pies de la cruz
cubierta por el velo del desierto,
las llagas de la carne agonizan,
el espíritu desmembrado de María
contempla la elevación del rey destronado,
dinastía herida por alambre de espino
que sobrepasa un cuerpo incorpóreo.

Ella, la prostituta arrepentida,
la portadora de siete demonios lascivos
que le quemaban la lengua y la entrepierna,
recibe el relevo de la Gracia,
recibe el amor universal de aquello,
el particular de estos.

Y todo lo que recibas,
entrégalo. 


María Magdalena como La Melancolía
 (Artemisia Gentileschi)

lunes, 4 de junio de 2018

Una planta desbordada por tres almas

Si bien no he crecido del todo, aún, 
yo noto mis raíces descender y retorcerse, 
las hojas caídas, arrugadas, recogidas sobre sí mismas, 
rendidas bajo un cielo encapotado que no concede treguas.

Sería muy fácil cargar responsabilidades sobre los hombros
de un sol esquivo, una lluvia invisible, un cuerpo inmóvil que depende
-ahí está la palabra-
de todo lo que le rodea
incluso de lo que ni siquiera puede ver.

Es mucho más simple reconocer la muerte 
a manos de cualquiera que lo arranque para formar parte 
de un ramo de flores efímero
que admitirse incompetente incluso para la propia supervivencia.



El Estanque de Ninfeas (Monet)

domingo, 3 de junio de 2018

Sobre que todos los gilipollas idolatráis a Bukowski

Me cuentas invitándome a una cerveza lo mucho que te gusta escribir, la filosofía -sobre todo Nietzsche- y leer a Bukowski. Que no solo te gusta, que te encanta. En ese momento yo ya debería haber hecho sonar mis alarmas, alzar las orejas como cualquier animal salvaje ante la percepción de una posible amenaza, real o imaginaria. Que Bukowski era un gran hijo de puta, me dices, sonriendo. Yo asiento, te doy toda la razón, porque lo era, y una lástima fue no darme cuenta también en ese momento que es tu maldito ejemplo a seguir.  Por qué no un billar. Por qué no. Por qué no otra cerveza. Y otra. Por qué no una charla en la que te hablo sobre mi novia mientras te ríes de medio lado sabiendo que te da igual, que una hora más tarde intentarás comerme la boca a pesar de haberte dejado claro, -no una, ni dos, ni tres- varias veces, que no pasaría nada. Pero, debo decir, que no eres el tío más gilipollas que me he cruzado, y parece que debo darte las gracias por ello. 

Pero, no voy a engañarme, yo también he idolatrado a Bukowski. Su realismo sucio, su todo sucio, en realidad. He leído hasta la saciedad "Bluebird" hasta el punto de querer tatuarme los cuatro primeros versos, he colgado infinidad de fotos dándomelas de entendida en una poesía que no he vivido ni  quiero vivir, pero que pretendo haber sufrido porque a romántica no me gana nadie. He soltado el discurso de "sí, era una mierda de persona, pero sus obras son brutales", cosa que en ocasiones pienso pero no voy a volver a decir en voz alta porque lo primero, sin duda, gana a lo segundo. Aún así, nunca se me ocurriría valorar a una mujer por su culo -leyendo "Cartero" te cansas de la infinidad de veces que Betty no es Betty, es su culo-, ni mucho menos seguiría a una mujer hasta su casa para violarla en su propio sofá.

Asi que, yo me pregunto: ¿Por qué todos los gilipollas idolatráis a Bukowski?  



miércoles, 30 de mayo de 2018

Punto y coma


Admito que en ocasiones no consigo conocer mi público, no sé hacia donde se dirigen mis palabras y, lo que me parece aún peor, hacia donde pretendo dirigirlas yo, la mirilla de mi pensamiento tirita como una llama que nunca se consume. ¿Dónde está el faro orientador de mis letras? ¿Qué rumbo debe tomar este barco varado en la incertidumbre? Algunas manos en la costa se alzan, a lo lejos, se mueven en mi dirección, saludan, aguardan. ¿Las mías, quizás?


Perro semihundido (Goya)

miércoles, 23 de mayo de 2018

Conspiración de invisibilidades


no 
las palabras 
no hacen el amor 
hacen la ausencia 
si digo agua ¿beberé? 
si digo pan ¿comeré? 
en esta noche en este mundo 
extraordinario silencio el de esta noche 
lo que pasa con el alma es que no se ve 
lo que pasa con la mente es que no se ve 
lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
-Alejandra Pizarnik.




Encontré a Alba sonriendo, sentada en la cama. Era la primera vez en muchos años que sonreía, y la vi preciosa y fantasmal, como si fuera a desvanecerse de un momento a otro, elevarse hacia el cielo para convertirse en uno de los ángeles de Dios. A ella le habría gustado, sencillamente desaparecer, que unas alas invisibles se la llevaran tan lejos, donde anida el olvido y las garras negras del dolor no alcanzan. Necesitaba un descanso del viaje que su espíritu afrontaba por un paraje desértico, dunas infinitas de arena y hielo, frío y calor la golpeaban, arañaban su piel incesantemente. Alba estaba agotada y le quedaban pocos pasos para dar. Ambas lo sabíamos, pero hasta el último día seguiría ayudándola a bañarse, la obligaría a cepillarse los dientes y a comer al menos diez cucharadas de sopa al mediodía y diez por la noche, alguna pieza de fruta y un trozo de tarta en su cumpleaños. Yo no quería que se marchara sin luchar, sin intentar vivir, no quería que se dejara acunar por las manos huesudas de la muerte. Alba contaba lo atractivas que eran las nanas de la guadaña, qué agradable sería dejarse llevar por ellas hasta el sueño eterno, pero yo no la iba a dejar irse. Ahora me miraba, sus dientes me miraban, sus pupilas pequeñas.

A lo largo de los años el pelo le había crecido hasta por debajo de la cintura, y se había vuelto gris, casi plateado, quizá por toda la tristeza en su pequeño cuerpo, frágil y enclenque, incapaz de contener tanta lluvia azul. Alba pasaba gran parte del día en la cama, y a menudo se dedicaba a hacerse diminutas trenzas por todo su cabello, y me pedía que fuera al jardín a recoger flores, con las que se encargaba de decorar su cabeza con una corona de primavera maravillosa. Ni aún así, ella sonreía, pero ahora, que se había cortado todas esas trenzas con las tijeras de la cocina, ahora que todas ellas descansaban en la cama, alejadas de Alba, sus comisuras se alzaron como nunca. Se acariciaba la nuca desnuda con las manos y me llamó para que yo hiciera lo mismo. Me besó el dorso, los dedos, me susurraba que me quería. Rompí a llorar en silencio.

Comenzó a tirar de la cama todo su cabello, pequeños hilos plateados se precipitaban hacia los azulejos. Me senté a su lado y la abracé mientras ella no paraba quieta deshaciéndose de su velo. Advertí una lágrima en su mejilla, una lágrima distinta a todas las que habían pasado por ese rostro afligido, de distinta forma, nacida en otra nube, alimentada no por el agua de un pozo húmedo sino por el manantial más caudaloso de la Tierra.

Alba se estaba librando de la paz perpetua, de los dedos esqueléticos de la nada, y con orgullo la veía zafándose de todos los monstruos que habían estado acechando bajo su cama durante años.
Alba dejaba de ser la viuda de, para ser solo Alba.


La pubertad cercana (Max Ernst)

sábado, 19 de mayo de 2018

domingo, 6 de mayo de 2018

Una bola de papel mojado


Todos hemos experimentado alguna vez una opresión en el pecho, algo parecido a una bola instalada en la tráquea que no hace sino molestar, y uno desea tener el poder mental de disolverla como una aspirina, tomándose un par de vasos de agua y respirando profundo o contando hasta diez. Todos hemos tenido esa bola de papel arrugado y mojado atascada entre las costillas y quizá ninguno por las mismas razones. Yo la tengo hoy, otra vez, y parece que las razones se han agotado porque, por más que rebusque en todos los contenedores de mi cabeza, la bombilla hecha trizas que cuelga de este techo limpio pero ahogado en penumbra no me ofrece ni siquiera un parpadeo. Instalada y ya acostumbrada a la jaula deambulo por mi habitación buscando un quehacer: escucho música, cuelgo la ropa limpia en el armario, me quedo mirando unos papeles rumiando el sitio adecuado para dejarlos -y dejar que se pudran-, contemplo La Escuela de Atenas pegada a una de las paredes y algunas veces -por fortuna pocas- me planteo y replanteo del sentido que tiene que yo esté estudiando filosofía -el Derecho ya es una causa perdida-, abro algún libro, Pizarnik a ratos me satura y me desborda -demasiado- de sentimientos, la poesía sucia de Bukowski se asoma como una cola de gato sucia y maloliente, el calendario en su sonrisa encuadrada de fechas pasadas.
Mi bola, más que deshacerse, se hace más grande.

Colette Calascione

miércoles, 25 de abril de 2018

Una cafetería en una plaza en un barrio en una ciudad


Tras estar leyendo un comentario al Evangelio de María y un libro para la asignatura de Derecho Constitucional sobre la crisis de la legitimidad, me he permitido pararme un momento. Estoy sentada en una mesa ocupada por unas seis o siete personas que, al igual que yo, trabajan o estudian o sencillamente leen o escriben como estoy haciendo ahora. Esta mesa se encuentra en una cafetería preciosa, con varios sofás que me recuerdan al Central Perk de la serie “Friends” —que por cierto terminé ayer y sigo con el vacío existencial que se tiene cuando te has involucrado tanto en las vidas de los personajes— y cada rincón resulta un sitio único en el que tomar un café —que tienen buenísimo, por cierto—. Esta cafetería se encuentra en una plaza y esta plaza es una pieza más del encanto que posee el barrio de Malasaña.

Si me he parado un momento es porque necesitaba ser consciente, pero consciente del todo, de que yo estoy aquí, formando parte de este lugar, este momento, esta ciudad que quizá no tiene nada que no tenga otra, pero entonces también diríamos que podemos enamorarnos de cualquiera, que querer a alguien equivale querer a todos y sabemos que no es así. Si me he parado, también, es porque siento que necesitaba una pausa para situarme en el mundo. Quizá me esté poniendo la etiqueta de pretenciosa o pedante o qué se yo, pero necesito contemplarme, a mí misma, en este mundo que ahora mismo me parece algo más que mágico.

Un animal no tiene la capacidad para concebirse a él mismo fuera del entorno que lo rodea, sin embargo, yo sí y es lo que pretendo hacer. Estoy yo y está el mundo, y estoy yo en el mundo y, más importante aún, estoy en un mundo que quiero, que he elegido estar. Estoy aquí, en Madrid, en esta plaza, en esta cafetería, ocupando un sitio de esta mesa que no ocupa nadie más. Aquí estoy, en armonía, en sincronía con mis deseos y mi voluntad. Aquí estoy porque lo he decidido, y sin irme a lo general, sin irme a decisiones vitales, importantes, como mudarse, como elegir universidad en algún sitio de España o incluso Europa. No hablo tan solo de eso, hablo de elegir caminar hasta aquí, hablo de que desde mi cama he hecho una elección y ha sido correcta, mientras otras no lo serán tanto.
Hablo acerca de que no hay otro lugar en el que quiera estar, y que supongo que de eso va la felicidad, aunque sea en el corto plazo de lo que dura un café.

Chop Suey (Edward Hopper)


lunes, 23 de abril de 2018

Guerra



Ganas -ansias- de escribir
se me asientan en las mejillas,
me rasco con las uñas de la inspiración
pero las musas, maliciosas, aguardan en la oscuridad
contemplando el espectáculo, 
yo llego al dolor mucho antes que a la poesía,
la sangre gotea desde mi mandíbula
muriendo en unas manos cargadas de letras hostiles.
Me deshago, en busca de la paz perpetua.



Madonna (Edvard Munch)

lunes, 16 de abril de 2018

Universos paralelos


Siguiendo la línea de sus pestañas encontré un cielo estrellado. Era una noche de verano, húmeda y pegajosa como los castillos hinchables de las ferias. Se oían las cigarras y algunas risas a lo lejos de grupos pasándolo en grande con unas litronas y unas cuantas historias que contar. La camiseta se me pegaba a la espalda por el sudor y quería arrancarme las zapatillas y poner los pies en agua fría, pero ahí estaba, contemplando sus labios moverse y sus ojos parpadear y su pelo ondeando cuando una pequeña brisa nos honraba con un mínimo soplo de aire. Hacía meses que intentábamos coincidir, pero nunca encontrábamos el momento adecuado, el espacio adecuado. Dicen que todo eso no importa si estás en buena compañía, pero en nuestro caso importaba, quizá demasiado, pero nunca pensé mucho en ello. Supongo que el ser tan meticulosas en cuanto a nuestros momentos juntas hacía que esos instantes fueran tan especiales como los fenómenos astronómicos.

—¿Quién sabe que estás aquí?

—Nadie.

Se giró para mirarme, sonriendo de medio lado. Un lado de su cara estaba en penumbra, mientras la otra invitaba a besarle la mejilla.

—A alguien se lo habrás contado. —dijo, agachando la cabeza.

—¿No me crees?

Asintió, con la vista fija aún en el suelo.

Ella parecía desconfiar constantemente, de todo, todo el tiempo. Al principio, antes de conocerla mejor, creía que ocurría algo conmigo, pero no, ella se mostraba así de insegura en relación con todo lo que la rodeaba. No se fiaba de nada, de nadie.

—Se lo he contado al perro. —dije, en un intento por apaciguar la situación.

Conseguí que sonriera. Apoyé mi cabeza en su hombro, ella quedó inmóvil hasta que pasaron unos minutos y puso su brazo en mi hombro.

—No creo que podamos volver a vernos pronto, pequeña. —murmuró.

Yo supe de inmediato lo mucho que le había costado decirme aquello, el dolor de sus palabras se depositó sobre mi pecho como una lluvia de ceniza. Yo no me moví, pero exhalé muy fuerte y solté el aire como si fuera la última vez que pudiera respirar.

Al fin y al cabo, lo que más dolía eran estas situaciones, estos momentos de sí pero no, de queremos, pero no podemos, de ojalá, pero es imposible a menos que demasiadas cosas cambien. Nunca nos habíamos cuestionado la una a la otra el por qué de tal resignación, sencillamente lo aceptábamos. Quizá fuera cobardía, quizá todo lo contrario.

—Me lo dirías si te marcharas, ¿verdad? —levanté la mirada, ella no despegaba sus ojos de algún punto del horizonte.

Cerró los ojos y volvió a asentir. Nos abrazamos. Yo sentía el corazón desbocado, las rodillas me temblaban, no fue un abrazo que transmitiera paz, para nada, toda nuestra guerra era el centro alrededor del cual orbitaban nuestros cuerpos.

—La que se va a marchar eres tú, ¿entendido? —dijo ella.

Ya habíamos hablado sobre eso, faltaba mucho tiempo, pero ambas lo llevábamos metido de forma constante como una espina que debíamos sacar y curar su herida.

En efecto, yo tenía que irme a la universidad a otra ciudad. Para eso faltaba casi un año, pero estaba presente como una nube de tormenta sobre nuestros deseos.

—En algún universo paralelo ahora mismo estamos haciendo la cena en la cocina de algún piso del centro.

A punto estuve de llorar con lo que pretendía ser un comentario divertido. A ella tampoco le hizo gracia, aunque soltó una risa nerviosa.

Uno de los grupos de chavales se marchaba, el rumor lejano se hizo más suave y distinguimos con más claridad el ruido procedente de la ciudad. Sirenas de policía, motores de coche, música estridente. Nada comparado con el caos silencioso de aquí arriba.

No quería alargar la agonía que habitaba en ese abrazo que más que curar, quemaba. La apreté con fuerza contra mí, le di un último beso en la mejilla.

Me levanté y comencé a caminar, no sé muy bien hacia donde, mientras pensaba que en un universo paralelo, no nos habríamos conocido.


La cama - Tolouse Lautrec

martes, 6 de marzo de 2018

Continente y contenido

La misma habitación
que un día te contiene risueña,
soñadora, plácida, con el rostro hacia la ventana,
las flores en el jarrón, la sonrisa adornada,
es la misma que te mece en un sueño arrugado
cuando se humedecen las puntas de los cabellos
y gotea la nariz y el amor propio se escurre.

La misma habitación
que unos días te contiene a ti,
otros parece contener un fantasma con
un cuerpo parecido al tuyo.

La pelirroja con blusa blanca (Tolouse Lautrec)


domingo, 25 de febrero de 2018

Rohayhu

Nace una niña,
su nombre en letra pequeña,
una nota a pie de página.
Nace ella en una nación alzada sin sangre,
república, pueblo, familia.
Corazón de Sudamérica,
Corazón mestizo,
Corazón indígena,
Corazón guaraní
que se aferra a sus raíces.

Ella es la niña guerrera que le canta al albirroja,
que se desprende de demonios
concibiendo sus propias alas de propósitos,
le teme a Pombero pero no al mundo,
a ese mundo que la tiene en el banquillo,
esperando en una cola por aforo completo.

Ella es la niña que se hizo mujer
y reclamó su butaca en primera fila,
su bolsa de oportunidades
en forma de hatillo,
llevándose consigo más personas
que objetos,
más recuerdos que cosas.

Escribe su historia aquí sin olvidar la de allí,
su gente, tereré, chipa,
Manos tendidas y puertas abiertas.
Ella me tendió la suya
para quitarme las vendas
de unos ojos momificados.

Colisión,
choque de trenes.

Disneylandia se derrumba y
Por fin hay una respuesta,
La sonrisa de Mona Lisa
no puede ser una sonrisa.
No puede ser una sonrisa.

Las hadas no existen
y de haberlo hecho
yacen sepultadas por fronteras.

La tierra del tercer mundo reclama
sus flores en el jarrón
del primero

yo me deshojo
con la certeza de que sí me quiere
y le tiendo mis brazos a rebosar de pétalos.

No se los lleva,
me agarra la mano,
y en un instante hemos
reconciliado las dos caras
de la moneda.

Marilu Sosa - Galopera




viernes, 19 de enero de 2018

Niña

Cuando empezaba a nacer el rocío en la entrepierna
y las abuelas comenzaron a llamarme mujercita
yo solo sabía que no quería que lo hicieran,
por eso me enfadaba con cada pelo de la axila,
me enfadé aquella tarde de agosto cuando me manché por
primera vez las bragas de sangre,
me enfadaba cada vez que ese familiar me preguntaba
por mi novio —¿qué es eso? —
y me seguí enfadando hasta que dejé de ser mujercita
para empezar a ser mujer.

Nos llaman mujercita porque ser niña demasiado
tiempo puede ser peligroso,
porque a un hombre de treinta años que juega a la consola
seguiremos llamándole niño, y qué tierno,
pero a la vecina treintañera del culo prieto no podemos
llamarla otra cosa que mujer, pedazo de mujer, además
—pedazo de carne es demasiado evidente, incluso para nosotros—

Me llamaron mujercita mucho antes de
saber qué significaba,  
yo era una niña y parecían querer hacerme mujer,
yo era una niña, yo y todas, éramos niñas,
pero querían hacernos crecer antes de tiempo,
quieren hacernos crecer antes de tiempo.

Las niñas ya debemos cuidar de los niños
como las madres de sus hijos
como las esposas de sus maridos,
a las niñas se nos carga en nuestra mochila de princesas
la responsabilidad de saber que a largo plazo
ya no lo seremos.

Wendy le tomó la mano a Peter
para seguir siendo una niña y
ni siquiera en Nunca Jamás se libró de ser mujer.

Reniego de la mujercita que pude ser,
la mujercita que me hicieron,
reivindico la niña que fui y la que sigo siendo,

la mujer que soy, con la niña dentro.


Egon Schiele

jueves, 18 de enero de 2018

"Qué guapa estás hoy"

Qué guapa estás hoy,
hoy, que no puedo verte,
pero qué guapa estás,
aunque no te piense.

Qué guapa estás entonada
dentro de las sabanas
dentro del abrigo o de
tu chaqueta o el jersey verde a rayas,
qué guapa estás hoy.

Qué guapa tú siempre pero
no la tú de todos,
qué guapa tú cuando eres tú
y no la chica que se hace callar
porque las voces ajenas llegan más lejos,
qué guapa tú en el cristal,
tú en ti misma,
en tu cama,
en la ducha,
cruzando un paso de cebra,
esperando el permiso del semáforo.

Qué guapa estás hoy,
cualquier hoy y cualquier estar,
y qué guapa cuando pareces no recordar la palabra,
y qué guapa
cuando te apropias de ella
y la redefines todas las mañanas.

Qué guapa, aunque no

te viera nunca más.



martes, 16 de enero de 2018

Retales (III)

Sobre las cinco y media de la mañana ya no aguantaba más y me escabullí de la cama de Carla. Ya en la calle le mandé un mensaje avisándola para que no se preocupara, pero yo me encontraba de pie sin saber muy bien a donde dirigirme. Las aceras desiertas se burlaban de mi con sus sonrisas húmedas alimentadas por la luz de las farolas. Se oía el rumor incómodo de la nada, se oía el pueblo soñando, los tejados en calma, algún maullar de gato desafortunado al que no le había quedado más remedio que refugiarse en los bajos poco confortables de algún coche. Esta vez el ruido de mis propios zapatos me enloqueció la conciencia y me los quité, e hice lo mismo con los calcetines. Mis pies tocaron asfalto y desde ese momento ese foco de frío que enviaba escalofríos al resto del cuerpo ocupó todos mis pensamientos. Distinguía en algunas ventanas la débil luz de lámparas en mesitas de noche que proyectaban sombras en las paredes. Disfrutaba caminando y no quería llegar a casa, así que comencé a dar rodeos para no alcanzar nunca mi destino.
Cuando en mi cabeza aparecían imágenes del retrato o de Ezequiel en persona o de Sebastián, como si fueran fotogramas de una película que ni siquiera he visto, las desechaba como podía y me concentraba en mis dedos helados. Enseguida que pudiera hablaría con Carla sobre él, sin que ella sospechara que yo le conocía o que tenía algo en contra de él. Quizá fuera solo una casualidad, quizá el rostro anguloso del muchacho le llamó la atención a Carla al cruzárselo en alguna plaza y siendo como ella es no había tenido ningún inconveniente en pedirle una fotografía o retratarla allí mismo. Sí, quizá por eso él no salía en la misma postura que los demás, porque el dibujo lo hizo en ese instante. Un destello de esperanza afloró junto con esa idea, aunque nada de eso resolvía lo que estaba pasando en casa.
Ayer esos dos hombres ni siquiera existían para mi y ahora eran el blanco de todas las situaciones hipotéticas que mi conciencia creaba, y casi me parecía que todos los hilos que tejían el mundo conectaban irremediablemente con ellos, como si ya no pudiera evitar su presencia en el universo. Los intuía como los personajes de algún cuento macabro para intimidar a los niños y evitar que se alejen del porche, o más bien como las sirenas, criaturas atrayentes que se alimentan de almas ahogadas por sus propias manos azuladas.
Anduve por callejones estrechos hasta que el frío caló tanto en mis huesos que tuve que sentarme para volver a calzarme. Las primeras gotas de luz despuntaban entre los altos edificios y comenzaban a llenarse de la temprana calidez de la mañana. Me crucé con dos gatos que pasaron a mi lado a gran velocidad y mi primer pensamiento fue que huían de algo, de las manos huesudas y plateadas de Sebastián, pensé, sin evitar reírme un poco. Estas imágenes fugaces que se despedían desde mi subconsciente me hacían llegar a la conclusión de que al fin y al cabo necesitaba algún pasatiempo y que toda esta historia no era más que uno de mis desvaríos, fruto de las largas contemplaciones que le echaba al techo continuamente cuando no podía dormirme por cualquier motivo.
Pasé por delante de una panadería antigua que estaba a punto de abrir y me di cuenta de que había estado caminando, al menos, durante una hora. En el bolsillo de mi enorme abrigo aún llevaba el monedero que no había retirado de la noche anterior y con suerte encontraría lo mínimo para un buen panecillo recién horneado y, quién sabe, algún dulce. Mi cuerpo babeó por las galletas de almendra que se exhibían en el escaparate y comprendí que me encontraba en una falta de azúcar evidente. Desde que había ido a casa de Carla todo mi ser estaba en un estado de anestesia natural, atontado. Abstraído, más bien.
Tras esperar unos diez minutos a que la panadería estuviera lista me llevé mi desayuno, en el que incluí un chocolate caliente al que no pude resistirme y que sentí como ambrosía cuando me lo llevé a la boca. Si las calles frías habían sido efectivas para disipar algunas nieblas, el chocolate hizo el efecto contrario y apaciguó cualquier intento de enfocar el objetivo. El paisaje se hacía agradablemente confuso, apaciblemente desconocido.
Llegué a casa, por fin, mejor de lo que había pensado en un principio. El dulce me había alegrado el ánimo y lo había elevado por encima de mis hombros, dibujándome una ligera sonrisa, quizá algo resignada, pero una sonrisa, al fin y al cabo.
Antes de poder guarecerme en el portal una voz que ya conocía me golpeó en las entrañas.
—¡Alejandra!
Creo que durante cinco segundos creí que había sido una ilusión, una alucinación derivada de una obsesión, pero cuando oí mi nombre por segunda vez mis peores presentimientos se cumplieron. No quise girarme, pero la educación que había recibido hasta ahora me lo impidió.
—Tu madre me ha llamado, ha dicho que ha ido a tu habitación por la noche y no estabas, llevamos buscándote más de tres horas, eres una jovencita muy irresponsable, ¿lo sabías? Nos has dado un buen susto, mujer.
Me quedé estupefacta, en todo ese discurso había tantas cosas que no encajaban que no pude sino mirar a Sebastián con los ojos como platos en una expresión más que contrariada.
—¿Nos? —fue todo lo que consiguió salir de mis labios.
Su expresión altiva me escrutaba desde lo alto de algún castillo celestial que intentaba disfrazar de amabilidad y preocupación.
Ahora llevaba un abrigo largo que le confería un aspecto que lo alejaba, aún más si era posible, de todo lo mundanal. Con un sombrero de copa y un carruaje me creería que se había escapado de alguna novela victoriana.
—¿Dónde estabas?
—En casa de una amiga. —no sabía por qué estaba respondiendo—. Voy a ver a mi madre.
—Te vienes conmigo, jovencita, vamos a tomarnos un café, tú y yo.
—Acabo de desayunar.
No me iba a ir con él, aunque me ofreciera todo el chocolate de este mundo. Si estaba vagando a las seis de la mañana por el pueblo era en parte por su culpa y no iba a permitir intoxicarme de esa aura de rareza que lo rodeaba y apestaba el ambiente.
Me sonrió y sus comisuras formaron un arco perturbador que enturbiaba su rostro.
—Insisto.
—No, gracias.
No dejé que pudiera increparme, me zafé de él y subí las escaleras hasta casa. Esperaba que no tuviera la desfachatez de seguirme y tocar a la puerta para invitarme una tercera vez para volver a ser rechazado.
Encontré a mi madre en la cocina sosteniendo una taza que desprendía olor a manzanilla. Ese era la clase de aroma que quería respirar.
—Lo siento, mamá —dije nada más nuestras miradas se cruzaron.
Me senté enfrente de ella y puse mi mano en su brazo. Ella tenía las suyas alrededor de la taza que estaba ya medio vacía.
—No me hagas esto, Alejandra.
Volví a pedirle disculpes y me acerqué un poco más. Olía a hogar, y a pesar de no haberme desprendido de él en ningún momento, lo había echado de menos, la familiaridad de lo conocido. La abracé y ella respondió a mi abrazo. Creía tener la sensación de que esto era una reconciliación de algo mayor, pero no dije nada.
Le expliqué donde había estado y no supe si contarle acerca del retrato de Ezequiel en casa de Carla. Decidí no hacerlo por el momento. Tampoco decidí pronunciarme sobre el encontronazo con Sebastián.
Observé el rostro de mi madre con detenimiento, algo ojeroso. Estaba cansada, pero no irritada, lo que me sorprendía. Tenía un genio que podía espantar hasta a la mismísima muerte con su guadaña, pero permanecía como en un estado de ebriedad emocional. Me miraba con los ojos entornados, la preocupación le cruzaba las facciones y yo me sentí terriblemente culpable. Eran más llevaderas las rabietas y los gritos que esta languidez por su parte. Parecía no tener fuerzas ni siquiera para hablarme. Intuía que apenas habría dormido dos horas y se había estado atiborrando a infusiones para no arrancarse la cabellera.
—Lo siento, lo siento mucho.
Comencé a llorar, yo también estaba muy cansada, había demasiadas cosas que no entendía, pero ahí estaba mi madre y no necesitaba nada más. Ya habría tiempo para que me lo explicara todo, si es que quería hacerlo.
Me limpió las contadas lágrimas que se desprendieron de mis ojos con los dedos y me peinó el pelo encrespado hacia los lados.
—Vayamos a dormir, hija.
Me dio un beso en la frente al tiempo que se levantaba. La vi recorrer la cocina lentamente hasta perderse en el pasillo. La casa se sumió en un silencio acogedor y yo me permití suspirar de alivio mientras iba a mi cuarto.
Ya era de día, pero encontré la habitación tan lúgubre como en los bosques en que las copas de los árboles no dejan traspasar la luz. Me acurruqué bajo las mantas y me teletransporté a la noche anterior, en la fiesta de Isaac. 

Habíamos bebido unas cuantas cervezas ya cuando alguien propuso poner música. En menos de cinco minutos el salón se inundó de cuerpos moviéndose al ritmo de rock ochentero. La casa de Isaac era lo suficientemente grande como para que cupieran sin problemas veinte personas bailando en la sala principal sin que se rozaran. El padre de Isaac era catedrático en la universidad y la madre se dedicaba a la arquitectura, algo que quedaba impecablemente demostrado desde que se cruzaba la verja de su finca.
—¿Crees que tengo alguna oportunidad con Isaac?
La voz fina de Carolina me enterneció. Carolina era una compañera de nuestra clase, en la que también estaba Isaac, entre otras personas que allí se encontraban. Muchos habíamos apreciado las atenciones que ella le ofrecía, pero ninguno sabíamos si se trataba de algo recíproco, por lo que no supe qué decirle. Isaac era un muchacho vivaz, muy alegre, que solía demostrar sin miedo sus sentimientos, por lo que cabía la posibilidad de que, si no le había hecho saber nada a Carolina, era porque quizá no había nada que ella tuviera que saber.
—Te gusta mucho ¿eh?
Ella asintió. Aunque resultara que Isaac en realidad no estaba enamorado, no estaba escrito en ningún sitio que no pudiera estarlo. Carolina era una muchacha tímida pero muy elocuente, su pelo castaño le caía en gruesas ondulaciones alrededor de la cara hasta los hombros y en sus labios había siempre una sonrisa que invitaba a conversar. Aparentemente no había ningún motivo por el que Isaac no pudiera enamorarse, algún día, de ella.
—Baila con él, le encanta bailar.
Me miró y luego lo miró a él, que se estaba bebiendo un chupito junto a su mejor amigo, Ramón.
—Va a apestar a vodka.
La cara de Carolina se contrajo en una mueca de asco, yo la imité y nos reímos.
Tras unas cuantas insistencias por mi parte la convencí para que se levantara y al menos se reuniera con Isaac, aunque fuera solo para hablar de cualquier trivialidad. Yo me levanté a por un puñado de galletas saladas que habían dispuesto sobre la mesa del comedor entre otros platos y boles llenos de comida. La madre de Isaac confiaba en que nos atrajera más ese banquete que el alcohol.
 Mi mano coincidió en el bote de las galletas con la de Rafael, que se disculpó en un murmullo y no se atrevió a mirarme.
—Nos podemos sentar juntos con el bote en medio. —bromeé.
—¿Qué tal, Alejandra? —dijo, con una sonrisa tímida.
Rafael poseía los ojos marrones más cálidos que había visto en toda mi vida. Era un muchacho de pocas palabras, aunque siempre acertadas, vestía con jerséis gruesos de lana que le aniñaban la expresión. Poseía una sonrisa gentil de la que no alardeaba nunca, pero yo estaba segura de que más de una o uno suspiraban por ella. Era tan tímido que quizá nunca se le había pasado por la cabeza que alguien se hubiese fijado en él. Incluso yo lo había hecho, aunque no de esa manera. Rafael me llamaba la atención, no era ningún secreto, aunque no se trataba de ninguna atracción que yo deseara derivar en algo más. Me parecía un buen chico, alguien con quien valía la pena compartir espacio y tiempo.
Le sonreí de vuelta y al tener ambos nuestro puñado de galletas nos separamos. Yo volví al sofá donde estaba sentada y él fue junto al numeroso grupo que bebía y fumaba en la terraza. Aún así yo seguí mirándolo. Tenía una mano en el bolsillo de los tejanos mientras que se iba llevando la otra a la boca para coger con ella una galleta. No participaba en la conversación, pero escuchaba atentamente a los demás debatir sobre qué bar ofrecía mejor relación calidad/precio. Su pelo estaba compuesto por gruesas y cortas pinceladas de mechones castaños que no pretendían obedecer a ninguna gravedad. Tenía unas pestañas larguísimas que parecían rozarle las mejillas cada vez que parpadeaba y cuando sonreía con toda plenitud se le achinaban los ojos de una forma adorable.
Estudiaba conmigo en la facultad y solía sentarse a los márgenes de las banquetas para no estorbar a nadie. A su lado siempre estaba Luís, la persona que más le hacía reír en el mundo, que yo supiera.  Él también se había unido al círculo de debate.
Me di cuenta de que había estado contemplando a Rafael durante un buen rato y el ligero rubor de la vergüenza encendió mis mejillas. Me levanté a por unas cuantas galletas más y esta vez me fui al cubo que habían dispuesto lleno de hielo en el que estaban sumergidas las cervezas. Cogí un botellín, lo destapé y le di el primer sorbo al tiempo que vi a Carolina conversando con Isaac. Ramón al parecer había desaparecido de la escena. Ella me dedicó una mirada triunfante de reojo y yo levanté la cerveza como en un brindis.
El pesado reloj de la cocina de Isaac nos avisó a todos de que era medianoche cuando yo ya iba por mi quinto botellín y cualquier titubeo en mi confianza se había desvanecido. Unos cuantos entraban y salían constantemente a dar cuatro caladas a un cigarro, pero yo me guarecí en la calidez del salón, bailé un rato con Carolina después de que me contara la buena química que había entre Isaac y ella y me encerré un momento en el baño cuando las luces de la lámpara empezaron a bailarme en las pupilas.
Mi única cena había consistido en esas galletitas saladas y a los pocos minutos de entrar en el baño tuve que agazaparme a los pies del váter para vomitarlas. La nausea bailaba entre mi garganta y mi boca zapateando, creí que, al terminar de echar las galletas, al no quedar nada más en el estómago, comenzaría a sacarme todos los órganos del cuerpo, uno por uno, hasta quedarme vacía y hueca como una matrioshka.  
Noté una mano cogiéndome del pelo y al poco tiempo la voz de Rafael susurrando mi nombre. Intuí que a mi cerebro se le había escapado la idea de cerrar con llave la puerta del baño cuando solo había focalizado su atención en la taza del inodoro. Mi conciencia se me antojaba demasiado difuso como para que en ese momento me importara que Rafael, con quien apenas tenía confianza, me viera en ese estado de degradación.
Volvió a susurrar mi nombre y pensé en que podría sobrevivir toda la noche apoyada en su pecho y oírlo pronunciar en su boca una y otra vez.
Cuando él estuvo seguro de que yo no podía vomitar más me asió los brazos y me cogió en volandas. Yo me agarré como pude a su cuello y escondí el rostro entre mi pelo para no tener que ver las caras de asombro o asco cuando me sacara de allí hacia el salón. La mayoría estaban fuera. Vi la silueta de Carolina acercarse, seguida de Isaac. Aunque se preocupara por mi sabía que me estaba maldiciendo en su cabeza por haber interrumpido lo que fuera que estuviera haciendo con él. Eso me hizo sonreír un poco, aunque nadie pudo percatarse de ello.
—Se ha atiborrado a galletas, creía que podía ganarme. —dijo Rafael.
Volví a sonreír, queriendo reírme, pero sin energías para ello. Él también debía estar, aunque mínimamente, tocado por el alcohol, no me lo imaginaba soltando tal comentario en un estado de sobriedad, en clase, por ejemplo.
Oí una risa general, de complicidad. Al parecer todos dejaron que Rafael me tendiera en la cama del cuarto de invitados de Isaac, quien me avisó, en tono burlón, que no le manchara las sábanas o su madre lo iba a ahorcar con ellas.
Carolina me trajo un vaso de agua que me obligó a beber antes de recostarme en la cama. Me quité los zapatos con torpeza y nos reímos las dos. Esa risa me sentó tan bien que me sentí revitalizada después de esas carcajadas, aunque al retornar el silencio las arcadas asomaban de nuevo y me raspaban la lengua.
Conseguí convencerla de que quería dormir y estar sola para que retomara la fiesta con Isaac. Yo me quedé a oscuras, en algún lugar suspendido por encima del ruido que se oía como un ligero rubor distorsionado.
Mi imaginación comenzó a rodar, tomó algunos recuerdos de esos minutos anteriores y consiguió que deseara las manos cálidas de Rafael sujetándome de nuevo.


 
Summer Evening - Edward Hopper