Cuando empezaba a nacer el rocío en la
entrepierna
y las abuelas comenzaron a llamarme
mujercita
yo solo sabía que no quería que lo
hicieran,
por eso me enfadaba con cada pelo de la axila,
me enfadé aquella tarde de agosto cuando
me manché por
primera vez las bragas de sangre,
me enfadaba cada vez que ese familiar me
preguntaba
por mi novio —¿qué es eso? —
y me seguí enfadando hasta que dejé de ser
mujercita
para empezar a ser mujer.
Nos llaman mujercita porque ser niña
demasiado
tiempo puede ser peligroso,
porque a un hombre de treinta años que
juega a la consola
seguiremos llamándole niño, y qué tierno,
pero a la vecina treintañera del culo
prieto no podemos
llamarla otra cosa que mujer, pedazo de
mujer, además
—pedazo de carne es demasiado evidente,
incluso para nosotros—
Me llamaron mujercita mucho antes de
saber qué significaba,
yo era una niña y parecían querer hacerme mujer,
yo era una niña, yo y todas, éramos niñas,
pero querían hacernos crecer antes de
tiempo,
quieren hacernos crecer antes de tiempo.
Las niñas ya debemos cuidar de los niños
como las madres de sus hijos
como las esposas de sus maridos,
a las niñas se nos carga en nuestra
mochila de princesas
la responsabilidad de saber que a largo
plazo
ya no lo seremos.
Wendy le tomó la mano a Peter
para seguir siendo una niña y
ni siquiera en Nunca Jamás se libró de ser
mujer.
Reniego de la mujercita que pude ser,
la mujercita que me hicieron,
reivindico la niña que fui y la que sigo
siendo,
la mujer que soy, con la niña dentro.
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| Egon Schiele |

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