La miraba de
soslayo, como quién teme espantar a un animal asustadizo. No quería que notara
que la estaba mirando para que no sintiera que invadía su intimidad de alguna
forma. Yo estaba allí, de pie, en medio de su habitación. Me daba vergüenza
mirar fijamente cualquiera de los objetos que la componían, pertenecían a su
rincón de privacidad más absoluta y yo estaba en él. No podía sentirme más
emocionada y a la vez cohibida. No tenía ni idea de qué hacer. Ella se había
quitado la chaqueta y la había colgado en el armario.
—No te quedes
ahí. —dijo, sin ningún tipo de importancia, sin saber que dentro de mí había un
millar de mariposas chocando contra las paredes de mi estómago.
Ahora se
había sentado en la cama con la espalda apoyada en la pared. ¿Podía sentarme
junto a ella? ¿De verdad podía? Si era así, no me lo dijo, porque yo no me
atreví a hacerlo. Elegí la silla de su escritorio, sobre el cual había unos
cuantos bocetos ojeé. Noté que ella sonreía un poco.
—¿Te gustan?
—Mucho.
Cuando
levanté la vista de los papeles me encontré la suya clavada en mí. Podía notar
el corazón bombeándome a una velocidad desmedida. Escondí mis manos en las
mangas de la chaqueta pero eso no hizo otra cosa que llamar su atención para
que me dijera:
—¿No tienes
calor?
Sí, tenía,
pero quitármela y estar con una camiseta de tirantes suponía tal exposición de
mi cuerpo con la que no me sentiría cómoda, así que negué con la cabeza. Ella
sonrió de nuevo.
Sabía que
estaba quedando en evidencia cuando en realidad mi propósito era totalmente el
contrario, pero era algo que mi torpe personalidad no podía evitar. Ella debía
pensar que yo no era más que una pardilla enamoradiza de todas las chicas que
se cruzara, quizá solo estaba jugando conmigo porque sabía que podía. Puede que
yo tan solo fuera un entretenimiento para una tarde de no saber qué hacer. En
unas horas nos despediríamos con un abrazo y no volvería a verla jamás.
—¿Estás bien?
—preguntó.
Asentí.
Me decidí a
comentarle cualquier cosa para que no creyera que era aún más estúpida de lo
que ya era. Por suerte la fortuna me sonrió cuando me topé con una antología de
poemas de John Keats en una de sus estanterías. Sin siquiera pedirle permiso me
levanté y lo cogí, pero ella no hizo ningún comentario al respecto, estaba
chateando con alguien por el móvil y no me había prestado atención.
—Aquí yace un
hombre cuyo nombre fue escrito en agua.
Conseguí que
dejara el móvil y levantara la cabeza.
—¿Te gusta la
poesía?
—No toda,
pero sí.
—¿Me recitarías
un poema? Puedes elegir el que más te guste.
Yo me hundí
en mi chaqueta. Ella no sabía el esfuerzo titánico que suponía para mi algo
así. Siempre había negado mi talento para los recitales, porque en efecto no lo
tenía. Había escuchado decenas de personas con voces melodiosas recitar poemas
consiguiendo ponerme la piel de gallina y sabía con certeza que mi voz no era
de esas.
Negué
efusivamente al tiempo que notaba un rubor cálido extendiéndose por mi cara.
Ella tuvo que darse cuenta pues no me insistió, sin embargo se levantó de un
salto de la cama, me arrebató el libro y se sentó esta vez en el suelo. Su
rostro estaba a la altura de mis rodillas.
No supe qué
pretendía hasta que abrió el libro, buscó una página en concreto y comenzó el recital
de poesía más maravilloso al que asistiría en toda mi vida.
Eligió un
poema largo, una oda, la Oda a Psique, y yo intentaba escuchar las palabras
pero solo podía oír una voz, su voz, y solo podía mirar sus ojos que se movían
mientras bajaba los versos y sus manos sosteniendo el libro y su pecho
moviéndose con cada respiración.
Terminó y yo
solo era un amasijo de sentimiento y emociones que se proyectaban hacia ella.
—Es mi poema
favorito.
Lo dijo como
si hubiéramos visto una película y me estuviera señalando que es su favorita,
sin más relevancia, sin más trascendencia que esa. Yo solo sentía que ese era
mi poema favorito solo si lo recitaba ella.
Dejó el libro
en el suelo y apoyó una mejilla en mi pierna, que se paralizó con su contacto
cálido. Estuvo así unos segundos hasta que levantó la cabeza y me miró con una
ligera sonrisa, sin enseñar los dientes. Yo le sonreí de vuelta con la
inexperiencia de un recién nacido ante el mundo. Mi cuerpo me pedía muchas
cosas; levantarme y empezar a correr, quedarme ahí, quieta, disfrutando su
cercanía, sentarme a su lado y abrazarla, solo abrazarla. Ella eligió por mi
cuando me pidió que nos tumbáramos las dos en su cama.
Me levanté
pocos segundos después de que ella lo sugiriera y aún mientras mis pies me
llevaban hasta allí mi cerebro no terminaba de creer lo que estaba pasando. Más
que tumbarme me recosté con la espalda en la pared como ella minutos
anteriores.
—¿Estás bien?
Estaba en las
nubes, demasiado bien para ser verdad, con la sensación de que la fantasía de
la nube de algodón sobre la que puedes recostarte se desvanecería y yo caería
en picado, sensación que se incrementó cuando se puso a mi lado y me cogió de
la mano. Yo le apreté la suya y conseguí acariciársela con las yemas de los
dedos.
—¿En qué
piensas?
—Nada.
—¿Absolutamente
nada?
Solté una
risa que al parecer contagió la suya. Estaba tan nerviosa que las palabras se
me atoraban en la garganta, era incapaz de articular una frase con sentido y no
hacía más que castigar a mi subconsciente por ello.
—Yo pienso en
que no debería haber dejado que entraras aquí.
Quise
soltarle la mano de repente, el corazón me dio un vuelco. Ella no me dejó, me
retuvo con más fuerza.
—Porque ahora
no quiero que salgas —terminó.
Solté todo el
aire retenido segundos antes aunque mis pulsaciones siguieron desbocadas. Una
de sus manos se posó en mi pierna y luego en mi mejilla. Nos besamos. Sin saber
por qué, ella me estaba besando.
Me maldije
varias veces por no corresponder con la efusividad que deseaba pero a ella no
le importó. Fue un beso corto, suave, incluso tierno, y al separarse de mí
estaba sonriendo y no pude hacer otra cosa que sonreírle yo también.
—Keats estaría
orgulloso de nosotras—me dijo, al tiempo que comenzaba a desabrocharme la
chaqueta.