Te escribo ahora, a las cuatro de la mañana, porque así es la vida y hay que aprovechar esos momentos de lucidez que nos escupe con escepticismo y nos regala, a veces, con algo más que una casualidad.
No me sale quererte sin ordenar primero todos mis errores. No me sale admirarte si ni siquiera puedo admirar mis demonios. No me sale hablarte de cosas bonitas si ni siquiera sé qué son esas cosas bonitas. Simplemente, no me sale amarte si no me puedo amar yo.
Que las noches son largas y los días eternos es de las pocas cosas que he aprendido por mi cuenta. Que la vida terminará cuando nadie suspire a la luna y ella lo haga al olvido. No nos hemos parado a pensar, que tal vez, y solo tal vez, las estrellas también se queden despiertas para mirar parejas arremolinadas en las azoteas y playas del mundo.
Que este cuarto cubata no era necesario para seguir la fiesta, pero que con cada sorbo estoy más cerca de besarte sin tu consentimiento. Por lo que más quieras, no me dejes hacerlo.
Salgo fuera y ni se te ocurra acompañarme.
Alguien se ha dedicado a encender todas las luces de la ciudad, así que me propongo apagar las mías. Nunca la oscuridad ha sido tan relajante. Tan sumisa. Ahora ni siquiera aceptaría el brillo de tus ojos.
Nada de ruido en mis apacibles tinieblas. Hay silencio, un silencio ensordecedor.
Y huele a rosas, rosas rojas que mi corazón sangrante ha teñido de negro. Y a lirios, lirios blanquísimos que flotan sobre agua helada que no termina nunca.
Aquí estoy, en la orilla de un mar eterno.
Y escribiéndote, a las cuatro de la mañana, porque así es la vida.

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