miércoles, 12 de julio de 2017

Algo un miércoles por la noche

Caían las gotas
y rompían contra
el suelo
a la misma velocidad
en que tu respuesta sentenciaba
mis ganas de vivir
a la horca.

Te habías ido
con todos estos años
apretujados
en un atillo
que se te antojaba
vacío,
y yo no pude sino
observarte
desde el otro lado,
sentado
en el sillón roído
que de alguna forma,
siempre supe que
iba a durar
más que tú.

Me hallo en
una cloaca
atestada
de promesas rotas
y libros a medio terminar.
Aquí no crecen
amapolas
como en ese lugar
al que te diriges,
donde los colores
del arcoíris
no se derriten
en forma de
alquitrán
ni se ciernen
sobre los campos
a modo de
asfalto.

Estoy atascado,
patéticamente,
como el cuello de una tortuga
en un envase de plástico
a la deriva,
soy un náufrago
estancado
en alta mar.

Recuerdo discusiones
y sé que yo solía gritarte
y lanzaba botellines de cerveza contra las paredes
y los vecinos se quejaban
y entonces dejaba de gritarte
para gritarles a ellos.

Sé que no fui lo
suficientemente bueno,
sé que sigo sin ser un buen tipo,
pero tú me querías.
Me quisiste
durante un tiempo maravilloso
en que los rayos del sol
no temían traspasar
los cristales,
y te estaré eternamente agradecido.

Es más de lo que podría haber soñado.