miércoles, 23 de mayo de 2018

Conspiración de invisibilidades


no 
las palabras 
no hacen el amor 
hacen la ausencia 
si digo agua ¿beberé? 
si digo pan ¿comeré? 
en esta noche en este mundo 
extraordinario silencio el de esta noche 
lo que pasa con el alma es que no se ve 
lo que pasa con la mente es que no se ve 
lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
-Alejandra Pizarnik.




Encontré a Alba sonriendo, sentada en la cama. Era la primera vez en muchos años que sonreía, y la vi preciosa y fantasmal, como si fuera a desvanecerse de un momento a otro, elevarse hacia el cielo para convertirse en uno de los ángeles de Dios. A ella le habría gustado, sencillamente desaparecer, que unas alas invisibles se la llevaran tan lejos, donde anida el olvido y las garras negras del dolor no alcanzan. Necesitaba un descanso del viaje que su espíritu afrontaba por un paraje desértico, dunas infinitas de arena y hielo, frío y calor la golpeaban, arañaban su piel incesantemente. Alba estaba agotada y le quedaban pocos pasos para dar. Ambas lo sabíamos, pero hasta el último día seguiría ayudándola a bañarse, la obligaría a cepillarse los dientes y a comer al menos diez cucharadas de sopa al mediodía y diez por la noche, alguna pieza de fruta y un trozo de tarta en su cumpleaños. Yo no quería que se marchara sin luchar, sin intentar vivir, no quería que se dejara acunar por las manos huesudas de la muerte. Alba contaba lo atractivas que eran las nanas de la guadaña, qué agradable sería dejarse llevar por ellas hasta el sueño eterno, pero yo no la iba a dejar irse. Ahora me miraba, sus dientes me miraban, sus pupilas pequeñas.

A lo largo de los años el pelo le había crecido hasta por debajo de la cintura, y se había vuelto gris, casi plateado, quizá por toda la tristeza en su pequeño cuerpo, frágil y enclenque, incapaz de contener tanta lluvia azul. Alba pasaba gran parte del día en la cama, y a menudo se dedicaba a hacerse diminutas trenzas por todo su cabello, y me pedía que fuera al jardín a recoger flores, con las que se encargaba de decorar su cabeza con una corona de primavera maravillosa. Ni aún así, ella sonreía, pero ahora, que se había cortado todas esas trenzas con las tijeras de la cocina, ahora que todas ellas descansaban en la cama, alejadas de Alba, sus comisuras se alzaron como nunca. Se acariciaba la nuca desnuda con las manos y me llamó para que yo hiciera lo mismo. Me besó el dorso, los dedos, me susurraba que me quería. Rompí a llorar en silencio.

Comenzó a tirar de la cama todo su cabello, pequeños hilos plateados se precipitaban hacia los azulejos. Me senté a su lado y la abracé mientras ella no paraba quieta deshaciéndose de su velo. Advertí una lágrima en su mejilla, una lágrima distinta a todas las que habían pasado por ese rostro afligido, de distinta forma, nacida en otra nube, alimentada no por el agua de un pozo húmedo sino por el manantial más caudaloso de la Tierra.

Alba se estaba librando de la paz perpetua, de los dedos esqueléticos de la nada, y con orgullo la veía zafándose de todos los monstruos que habían estado acechando bajo su cama durante años.
Alba dejaba de ser la viuda de, para ser solo Alba.


La pubertad cercana (Max Ernst)

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