Linda era así, ni de una forma ni
de otra. Linda era un precioso saco de contradicciones, una página llena de
verborrea inconexa a la que podías encontrarle el sentido si te parabas un
momento a leerla, si no te importaba tomarte la molestia de reordenar las
palabras y formar con ellas el mensaje que andabas buscando. Un pozo de
sabiduría, aunque ella misma lo ignorase, una marea de pensamientos profundos
que afloraban con la tercera cerveza y cambiaban de lado a la sexta. Era la
chica de las primeras filas y las chaquetas vaqueras. La que era capaz de
llorarte con cualquier obra de arte, pero retorcerse sobre sí misma antes que
hacerlo por su corazón. No le importaba mirarse los zapatos si los iba
alternando con el cielo. Tenía tantos sueños que a veces se le escapaban por la
sonrisa, y le brillaban los ojos de una forma diferente cuando enumerabas las
capitales europeas. Pero Linda también era sarcástica, y pegaba patadas a los
contenedores cuando la furia le invadía un cuerpo que se le quedaba pequeño,
arañaba la almohada cuando se le inundaba de pesadillas y gritaba muy fuerte si
el alma amenazaba con destruirle el pecho. Era cualquier gota de agua en el océano,
pero también un charco de aceite; el último copo de nieve de las Navidades y el
único de agosto. Linda era todas las cosas bonitas que a uno se le puedan
ocurrir cuando estaba contenta, y también todas las cosas feas si se le bajaban
las comisuras y se le empapaban los párpados. Se dedicaba a hacer volar las
hojas caídas, y en verano contaba los granos de arena, pero siempre perdía la
cuenta. Pintaba con los dedos de los pies la orilla de la playa, le gustaba
meterse en el mar hasta las rodillas; sentarse con cualquier novela que le
habían dejado y enterrarla bajo capas y capas de conchas marinas si no le
agradaba. Componía canciones que solo ella escuchaba en su cabeza, y no paraba
de repetir el estribillo más pegadizo de la última canción de moda, porque a
veces pasa que uno no puede sacarse algo del subconsciente, aunque le resulte
odioso. Así era Linda. Una espinita clavada. Un clavo que no se sacaría con
otro. Un puñal cuya función era, paradójicamente, evitar que la sangre de la
herida se derramase. El beso de Judas. Una muerte —demasiado— dulce. Una
inolvidable obra de teatro cuyo tercer acto creaba en ti la más trágica de las
tragedias. El epílogo con vocación de prólogo. Linda era tan triste como hermosa.
Y nunca supe qué me enamoró más de ella.
viernes, 30 de diciembre de 2016
martes, 13 de diciembre de 2016
Zombie
Vuelta
a casa, puerta cerrada. Camina hacia el baño cual autómata. Delante del espejo,
se desnuda. Se clava las uñas en el pecho, desgarra la piel y separa las
costillas, dejando los pulmones expuestos. Se toma unos segundos para observarse
a sí misma: tiene ojeras por el cansancio acumulado y las noches sin dormir, y
ha adelgazado por la pérdida de apetito. Entonces se dirige al congelador de la
cocina. Mete la mano con cuidado, coge el maldito órgano y se lo coloca en la
cavidad vacía, donde empieza a latir. Apenas dos segundos después, las lágrimas
comienzan a rodar.
jueves, 10 de noviembre de 2016
Para todo aquello que ha sucedido mil veces pero ninguna de verdad
Duele la vida,
como no vivirla,
como hacerlo a medias.
Duele todo aquello
que sucede en la cabeza
pero se queda encerrado
en ella;
los momentos
con vocación de sueños
que escarban y se entierran
a sí mismos,
para extinguirse a la
mañana siguiente.
Duelen las fantasías
con forma de propósitos,
que pretenden vestirse
de objetivo
a largo plazo;
se engalanan
y encorbatan,
se acicalan los deseos
que tienen desbocados y
enseñan su mejor sonrisa.
Se clavan las uñas en
las palmas de la mano,
la sangre gotea,
pero permanecen
impasibles,
a la espera de
algo,
de un semáforo en verde,
un camino seguro con
puerta de emergencia,
o quizás nada de eso,
quizás un callejón sin salida,
un cambio de rumbo hacia
una tempestad que engulle.
Duelen las noches
de insomnio crónico,
pero más duele dormir
sin tener una razón para
despertarse.
como no vivirla,
como hacerlo a medias.
Duele todo aquello
que sucede en la cabeza
pero se queda encerrado
en ella;
los momentos
con vocación de sueños
que escarban y se entierran
a sí mismos,
para extinguirse a la
mañana siguiente.
Duelen las fantasías
con forma de propósitos,
que pretenden vestirse
de objetivo
a largo plazo;
se engalanan
y encorbatan,
se acicalan los deseos
que tienen desbocados y
enseñan su mejor sonrisa.
Se clavan las uñas en
las palmas de la mano,
la sangre gotea,
pero permanecen
impasibles,
a la espera de
algo,
de un semáforo en verde,
un camino seguro con
puerta de emergencia,
o quizás nada de eso,
quizás un callejón sin salida,
un cambio de rumbo hacia
una tempestad que engulle.
Duelen las noches
de insomnio crónico,
pero más duele dormir
sin tener una razón para
despertarse.
martes, 8 de noviembre de 2016
La tristeza
La
tristeza
es
una
enredadera
plagada
de
espinas
trepando
por
la
garganta, ramificándose hacia los pulmones;
una planta carnívora
abriéndose
paso
devorando
recuerdos
decentes
para
convertirlos
en
pesadillas.
Es veneno paralizante inyectado en las venas,
es una paleta de colores fríos que la ha tomado
con la sangre, tornándola hielo,
y envolviendo el corazón en
cristales afilados,
frágiles como aquella copa
que se te cayó en nuestra última cena,
peligrosos como tu mirada esos segundos después,
minutos antes de atravesar la puerta
y rasgarme las entrañas.
La tristeza son
tus uñas clavadas en mi
vientre, apretando,
en mi pecho,
impidiéndome respirar.
La tristeza es una gota de rocío
muriendo en un charco en el asfalto,
el último intento de una golondrina
con el ala rota,
la primera lágrima tras la carcajada
con sabor a ginebra.
Todo esto,
mi amor,
todo esto es la tristeza.
tristeza
es
una
enredadera
plagada
de
espinas
trepando
por
la
garganta, ramificándose hacia los pulmones;
una planta carnívora
abriéndose
paso
devorando
recuerdos
decentes
para
convertirlos
en
pesadillas.
Es veneno paralizante inyectado en las venas,
es una paleta de colores fríos que la ha tomado
con la sangre, tornándola hielo,
y envolviendo el corazón en
cristales afilados,
frágiles como aquella copa
que se te cayó en nuestra última cena,
peligrosos como tu mirada esos segundos después,
minutos antes de atravesar la puerta
y rasgarme las entrañas.
La tristeza son
tus uñas clavadas en mi
vientre, apretando,
en mi pecho,
impidiéndome respirar.
La tristeza es una gota de rocío
muriendo en un charco en el asfalto,
el último intento de una golondrina
con el ala rota,
la primera lágrima tras la carcajada
con sabor a ginebra.
Todo esto,
mi amor,
todo esto es la tristeza.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Se me ha quedado la sonrisa pequeña para tanta cicatriz
Después de rajarse el brazo se quedó mirando la herida abierta y gritando para sí misma. Sabía que si apretaba un poco más podía tornarse algo serio, algo por lo que terminar en un hospital a las doce de la noche. Así que alejó el cúter de sí en una maniobra rápida, encendió la luz y se sentó enfrente de su máquina de escribir como si se aferrara a un salvavidas, siendo ese su mayor acto de supervivencia.
Afuera la calle se consumía bajo abrazos
asfixiantes de radiación solar, pero en su habitación hacía frío. Hacía frío y
no paraba de mirarse los cortes así que fue a por una chaqueta, pero por
desgracia de camino al armario se cruzó con su reflejo y vio un rostro pálido
que no reconoció.
Entonces se miró a los ojos, y supo ver ahí algo
de ella, pero el resto no le pertenecía. El resto eran los brazos, la boca, las
piernas, el pelo de otra persona; de otra persona que se rajaba el brazo y
lloraba por las noches.
viernes, 12 de agosto de 2016
Hoy el mundo me parece feo y no pasa nada
Porque hay días en que todos estamos feos y no pasa nada.
Días en los que te miras al espejo y no reconoces demasiado bien quién está al otro lado.
Y no pasa nada.
Ahora, que ya ha oscurecido y la mitad de la botella está vacía junto a mi otra mitad desahogada en lágrimas, es un buen momento para abrirse las costillas e interrogar al corazón a la fuerza. Lo dejaré goteando sobre un plato, que exhale el último aliento y cuando tenga un charco de autocompasión lo devolveré a su sitio y esperaré de nuevo a que vuelva a llenarse.
Quizás algún día tenga el valor para apuñalarlo a sangre fría, coser las heridas y superar las cicatrices. Enseñarlas solo a unos pocos, que también se dediquen a exhibir emociones como marcas de guerra, que no se derrumben al ver las tuyas, que te sostengan entre los dedos con palabras bonitas.
Que te tapen los ojos cuando las cosas se ponen feas, que te susurren al oído que todo va a salir bien, aún cuando a lo lejos se escuche como se derrumban los cimientos del mundo. Que prefieran desangrarse las entrañas antes que ver como se desangran las tuyas.
Ahora, que tengo mariposas por el cuerpo suplicando un segundo más de vida, que aletean despacio y pestañean sobre la piel besándola con delicadeza, como si temieran asustarme. Danzan siguiendo caminos azules, que a veces se hacen rojos y ellas lloran un poco. Andan de puntillas y me obligan a dormir, descansan sus alas sobre mis párpados, que tiemblan cuando tengo pesadillas y se encargan de alejarlas volando al ritmo de una melodía lenta que se parece mucho -demasiado- a esa canción que solías tararear por las noches y que yo aprendí a tocar porque alguien dijo una vez que a los fantasmas les estremece el sonido del piano. Les tiritan las cadenas y los miedos de los que se alimentan, se acurrucan en un rincón, asustados y moribundos, como las mariposas cada vez que aparece una estela roja sobre su campo de violetas.
A menudo sacan mi alma a pasear cuando estoy desganada y la apatía hace su entrada triunfal bajo el lagrimal, se esconde entre piel y carne y me arrebata la primavera. A los árboles se les caen las hojas y todo se torna en escalas de grises, un callejón con apenas la tenue luz de una farola mal cuidada, habitada apenas por cuatro mariposas agónicas esperando que un corazón encharcado regrese al pecho,
y vuelta a empezar.
Quizás algún día tenga el valor para apuñalarlo a sangre fría, coser las heridas y superar las cicatrices. Enseñarlas solo a unos pocos, que también se dediquen a exhibir emociones como marcas de guerra, que no se derrumben al ver las tuyas, que te sostengan entre los dedos con palabras bonitas.
Que te tapen los ojos cuando las cosas se ponen feas, que te susurren al oído que todo va a salir bien, aún cuando a lo lejos se escuche como se derrumban los cimientos del mundo. Que prefieran desangrarse las entrañas antes que ver como se desangran las tuyas.
Ahora, que tengo mariposas por el cuerpo suplicando un segundo más de vida, que aletean despacio y pestañean sobre la piel besándola con delicadeza, como si temieran asustarme. Danzan siguiendo caminos azules, que a veces se hacen rojos y ellas lloran un poco. Andan de puntillas y me obligan a dormir, descansan sus alas sobre mis párpados, que tiemblan cuando tengo pesadillas y se encargan de alejarlas volando al ritmo de una melodía lenta que se parece mucho -demasiado- a esa canción que solías tararear por las noches y que yo aprendí a tocar porque alguien dijo una vez que a los fantasmas les estremece el sonido del piano. Les tiritan las cadenas y los miedos de los que se alimentan, se acurrucan en un rincón, asustados y moribundos, como las mariposas cada vez que aparece una estela roja sobre su campo de violetas.
A menudo sacan mi alma a pasear cuando estoy desganada y la apatía hace su entrada triunfal bajo el lagrimal, se esconde entre piel y carne y me arrebata la primavera. A los árboles se les caen las hojas y todo se torna en escalas de grises, un callejón con apenas la tenue luz de una farola mal cuidada, habitada apenas por cuatro mariposas agónicas esperando que un corazón encharcado regrese al pecho,
y vuelta a empezar.
domingo, 31 de julio de 2016
Desollarse viva siempre ha sido la mejor opción
"Cuidado con lo que dices, que está hecha de cicatrices,
es el verbo en carne viva, es la mujer elegida"
Saltaba en paracaídas cada vez que pisaba la calle, y se encendía un cigarrillo para calmar la adrenalina que le subía por la garganta. Caminaba más rápido de lo normal, a veces. Tomaba café, donde fuera, cuando fuera. Con quien fuera. Tomaba café porque la alternativa era tener pesadillas y sábanas roídas. Cantaba a menudo, y siempre en su cabeza. En esa mente retorcida y maltratada había letras que podían herir sentimientos como cuchillas desgarrando la piel. La suya. Se tragaba los gritos y se le hinchaban los pulmones y las arterias y el corazón con todas esas disculpas que muchos otros le debían pero nunca recibió. El insomnio era su mejor amigo, las ojeras sus cómplices. Las que se quedaban hasta las tantas escuchando en silencio todo lo que ella no confesaba. Se amontonaban los libros medio empezados sobre la mesita de noche, sobre la alfombra deshilachada, y se desgastaban un poco las yemas de los dedos cuando no había mensaje de vuelta. Agotada. Se echaba en la cama cuando todos se levantaban de ella y cumplían vidas mediocres, con pensamientos mediocres que no llevan a ningún lado más que a otro día de vida mediocre.
Pero ella forma parte del circo. Por eso sale a la calle y camina deprisa y toma café para paliar todos los cuervos que la ahogan mientras la apatía aflora en sus pupilas. Incluso a veces sonríe de medio lado hasta que dobla la esquina. Y sigue cantando en su cabeza como si ese fuera el único lugar seguro del mundo. Susurra a las calles y a las paredes cuando nadie mira y se pone a su altura. Y recuerda las veces en las que ha estado con el asfalto quemándole la cara.
"nadie la maltrata, nadie juega con su piel"
Y llega lluvia y parece que todo empieza a ir un poco más despacio, y las paredes de su habitación tarden un poco más en llamarla para verter ahí todas sus ganas de vivir. Quizás el cigarrillo pueda esperar un poco. Quizás ahora no haga falta caminar tan deprisa e incluso se atreva a tararear, en voz alta, su canción favorita.
sábado, 28 de mayo de 2016
sin título
"find what you love, and let it kill you"
Quizá por el sentimentalismo
que llevan consigo las horas muertas.
Quizá porque las madrugadas y yo
nunca nos hemos llevado bien
más allá de cuatro copas de más.
Quizá porque hoy algunas heridas
duelen más que otras.
Quizá, porque tengo un fantasma sentado
a los pies de la cama
que amenaza con matar si me duermo.
Quizá no me haga falta ninguna de estas
cosas para sacar la pluma,
quizá solo sean ganas de hablar de algo
para no quedarme sola en este silencio.
Puede que el que no se nos de bien
sea precisamente eso.
Hacer las cosas sin más.
Y qué romántico sería rajarse las venas
con la punta de una estilográfica.
Estúpidamente romántico.
Estúpido, y ya está.
Estúpido,
sin más.
Pero lo gracioso de esto
-de todo esto-
es que podría darte una lista
con todas las cosas estúpidas
que se me pasan por la cabeza
cuando se me enredan las pesadillas en las piernas
y el colchón arde
y toda la habitación arde
porque estoy antes las mismas puertas del infierno,
pero no ese infierno del que habla todo el mundo,
que a mi lo que menos me preocupa es quemarme.
A mi, lo que me da miedo de verdad
es que cuando vuelva de allí,
tú no me perdones.
domingo, 8 de mayo de 2016
Domingo, otra vez
Otra vez vuelve a mecerse una nube gris
sobre todas mis cosas bonitas,
una tormenta a punto de tomarla conmigo,
y yo no tengo nada más que un par de canciones
y una sábana fría para protegerme
de la lluvia,
un paraguas agujereado
y la certeza de que haga lo que haga
el agua va a calarme las entrañas.
Otra vez,
aparecen esquelas en el periódico
y no hay buenas noticias,
mi alma se hunde en algún naufragio pasajero,
en mares de dudas,
existencialismos absurdos,
alguna que otra pregunta ridícula
cargada de intenciones,
y puede que algo más.
Puede que nos estemos acostumbrando
a las catástrofes.
Puede que eso no sea bueno.
sobre todas mis cosas bonitas,
una tormenta a punto de tomarla conmigo,
y yo no tengo nada más que un par de canciones
y una sábana fría para protegerme
de la lluvia,
un paraguas agujereado
y la certeza de que haga lo que haga
el agua va a calarme las entrañas.
Otra vez,
aparecen esquelas en el periódico
y no hay buenas noticias,
mi alma se hunde en algún naufragio pasajero,
en mares de dudas,
existencialismos absurdos,
alguna que otra pregunta ridícula
cargada de intenciones,
y puede que algo más.
Puede que nos estemos acostumbrando
a las catástrofes.
Puede que eso no sea bueno.
miércoles, 4 de mayo de 2016
9:00 am en una cafetería cualquiera
No conozco otra vida que la de ir a clase todas las mañanas, así que resulta extraño no estar en ella ahora. A veces se hace imposible concebir una vida más allá de cuatro extensas paredes de hormigón; a veces resulta tan absorbente que uno no se para a pensar en la cantidad de personas que no están entre ellas. Puede que ellos quisieran estar en mi lugar, quién sabe, pero yo solo conozco mi realidad y soy yo quien los envidia. Envidio al camarero que acaba de servirme, envidio al otro, este más joven, que tiene un parecido razonable con José Chino -quizá sea una obsesión, pero qué más da una más-, envidio al señor con traje retro y gafas de sol que acaba de cruzar la plaza, e incluso puedo envidiar al turista alemán -seguro que es alemán- que se pasea con sus colegas y se parece a Frank Gallagher. Los envidio ahora, a las nueve de la mañana un miércoles, pero no querría ser ellos. Porque al fin y al cabo me gusta ser yo, aunque saque a pasear a mis fantasmas muy a menudo -puede que demasiado-. Me gusta ser yo aunque a veces no quiera. Me gusta ser yo para escribir cuando estoy demasiado triste para hablar, y escuchar música cuando no puedo escribir más. Me gusta ser yo aunque sé que muchos no querrían -y menos mal-. Yo, que a veces tengo miedo a mirarme en el espejo y por un momento me ha parecido que el hermano perdido de Chino hacía la ruta del bar a la terraza por algo más que su trabajo. Y hoy no tengo un buen día, y quizá sea por eso, o porque leo libros en los que banalidades como esta llegan a convertirse en centros de universos. Nunca he sabido si suponer es cosa de idiotas o una oportunidad para ser optimista. Tampoco pienso averiguarlo, no hoy al menos. Hay muchas cosas por hacer y ya es hora de que Cenicienta regrese del baile. Por suerte -o por desgracia- no va poder perder ningún zapatito de cristal.
lunes, 2 de mayo de 2016
Algo parecido a una despedida
Se le clavan los alfileres en los ojos si intenta mantenerlos abiertos.
Le sangra el lagrimal con dolorosa lentitud y cree que las diminutas gotas terminan por atascarse en su garganta. No sabe cómo, ni porqué, solo conoce el no poder respirar, la vida bailando a su alrededor como millones de fotogramas en blanco y negro, una película muda sobre muerte y caos, cementerios de hojas en blanco y arcoíris en escalas de grises.
La abraza un abrigo de colores fríos,
el crepúsculo rosáceo ha emigrado a algún lugar mejor,
la noche se ha fijado como un filtro en sus gafas para ver de viva.
Un puñado de rosas descansa sobre su escritorio, con la sonrisa sarcástica un poco apagada,
y la pureza y la delicadeza de las sábanas azules casi transparentes tiemblan a ratos, cuando el viento del norte despereza las malas vibraciones y las capas rojas se pasean por el bosque.
No ha tocado los sellos de las cartas;
cuatro se encuentran sobre la mesita de noche,
dos todavía están en el buzón,
y miles de ellas nunca van a ser respondidas.
Las estrellas no volverán a brillar,
no por ella,
no para ella.
domingo, 1 de mayo de 2016
Optimismo es pensar que la poesía nos salvará
Hoy no ha sido un gran día. Al menos no uno notable. Me he levantado más tarde de lo previsto, como siempre que no debo cumplir ningún horario; he escuchado música, como siempre; ha habido momentos que he dedicado exclusivamente a mirarme el ombligo, como siempre; he comido cuando toca, por inercia más que por necesidad, casi como siempre; me he sentido un poco mal por cualquier banalidad y he odiado un poco el mundo, como siempre y como todos alguna vez. A las siete he ido a lo único que me requería puntualidad -aunque tampoco la he tenido- y he tenido que deshacerme de mi helado antes de terminármelo. Ahora estoy sentada en la plaza de mi pueblo. Hay ambiente; hay turistas cuya única preocupación es la buena elección del menú; hay un señor que parece el hermano fracasado de Papá Noel sentado en un banco; hay un cartel de Supersubmarina a cincuenta metros contemplándome desde una pared desconchada; hay una mujer en la mesa de al lado, rubia, de apariencia agradable. Ese tipo de persona que parece buena. Lee un libro que se llama "The path" mientras toma una copa de vino y come queso. Ya la vi una vez, también sola y también leyendo "The path" en una pequeña cafetería, no muy lejos de aquí. Aquella vez comía tarta y se tomaba un café, y aquella vez yo también comía tarta y tomaba té y también estaba sola. Hoy solo me tomo una cerveza. De verdad creo que merece la pena conocer a alguien que come queso y toma vino, mucho más que a alguien que pide una cerveza. O quizá no. Yo solo sé que me gustaría conocerla, como al camarero que me ha servido y me ha preguntado como estoy. Todo bien, por supuesto, a no ser que quieras sentarte aquí a escuchar. Se aleja con la típica sonrisa que tienen todos los camareros del mundo y yo lo observo un poco hasta que me aburre. La rubia de al lado se mueve despacio, coge la copa con parsimonia, gira las páginas sin prisa. La mesa en la que está sentada es un pequeño cosmos aislado del bullicio exterior. Es calma, mientras todo lo demás se mueve con rapidez a su alrededor; el camarero de la sonrisa de camarero, un niño en monopatín, un niño corriendo tras una pelota, una madre corriendo detrás de un niño, una mujer rebuscando en su cartera, dos extranjeras cruzando la plaza como si regalaran más días de vacaciones al otro lado. Entonces alguien me habla mientras se sienta justo en frente de mi, hablamos de cosas intrascendentes y cuando quiero darme cuenta la rubia ya se ha ido y sigue sin ser un gran día.
lunes, 25 de abril de 2016
Cuidado, suelo mojado
No había nada que pudiéramos hacer para arreglar el desastre, pero ni tú ni yo lo habríamos hecho de haber tenido opción así que qué más da. Los cristales ya estaban hecho añicos, los trozos eran demasiado pequeños para intentar si quiera volver a pegarlos y empezaba a anochecer en tu perfil bueno y en tu lado de la cama, que siempre fue justo en medio. Los perros y los gatos se enemistaron de nuevo, y las guerras, que nunca habían tenido sentido, siguieron sin tenerlo pero con un motivo de más. Los cantantes rotos tiraban sus letras al mar y los poetas tristes escribían bajo el sol del mediodía porque a medianoche los recuerdos aparecían en forma de pesadillas. Si las lluvias de primavera entendieran que nunca he necesitado pisar un museo para contemplar la mayor obra de arte, medio mundo esperaría bajo tu ventana, con o sin paraguas. Tu espalda era la carta o bandera blanca por la que dejaba de ser yo para ser solo un artista que se cree Dios para moldear un futuro sobre tu piel. Un futuro que incluía vistas al mar, quizás alguna que otra avería en medio de la carretera y muchos desiertos de dudas por los que vagar más de un día y de dos y de cuarenta. Porque creer en unicornios cuando nadie ha visto uno es nuestra especialidad, como creemos que existe amor aunque no lo hayamos experimentado más allá de unos fuegos artificiales con la felicidad en el paladar y purpurina en la entrepierna.
“Construiría ante ti una cabaña de sauce, y reclamaría mi alma en tu morada; escribiría sinceros versos de desdeñado amor, y los cantaría alto en el silencio de la noche; gritaría tu nombre al eco de las colinas y haría que incluso el aire repitiera por el espacio el nombre de Victoria.” -Lost and delirious.
domingo, 17 de abril de 2016
Gran Vía envidiando un campo de margaritas
Dicen que un espejo roto
son siete años de mala suerte;
yo digo que puedes romperme los espejos
que te de la gana
mientras estés dispuesta
a cumplir condena bajo mis sábanas.
Dicen que mejor no cruzarse con gatos negros,
-siempre ha sido tu color favorito-
evitar pasar por debajo de escaleras,
-ese sitio donde sueles esconderte
porque bajo el muérdago ya se besan todos-.
Que levantarse con el pie izquierdo
puede ser una opción,
que ni siquiera te hace falta que
llueva para abrir un paraguas,
entonces que nos convenzan de la
diferencia entre dentro y fuera.
Que nunca has creído en estas cosas,
pero noto como te tiembla un poco la sonrisa
cuando derramas un poco de sal
sobre la mesa donde tus lunares me cuentan
lo bonita que estás los martes trece,
y viernes,
y siempre.
Me he fijado en que casi todas las flores
son amarillas,
cualquiera diría que la primavera
se ha presentado en tu honor,
y a ver quién tiene cojones
de acojonarse,
y decirte que no puedes bailar
entre ellas.
lunes, 28 de marzo de 2016
Hoy no hay cosas bonitas más allá de una canción de Supersubmarina
Ahora da la sensación
de que todo está en mis venas.
El suicidio emocional ya lo tengo, vamos a por lo socialmente incorrecto, tachemos con tabú la situación, y escandalicemos a las masas. Me propongo morirme por dentro, solo un poco. Solo unos cuantos días.
El vagón cada vez se llena más de gente y menos de personas. La imaginación ha emigrado a algún lugar mejor, se ha quedado en la última página del libro que leí hace meses. Veo mi reflejo en una de las ventanas y me permito un momento de narcisismo, un poco demasiado de amor propio para empezar el día no viene mal. Pero hoy ni siquiera Gray se quiere. A estas alturas yo ya habría quemado el retrato y habría tirado las cenizas al mar. Henry no se habría sentido orgulloso pero a mi qué me importa.
Por fin, las puertas vuelven a abrirse. Nos dan un respiro antes de apretujarnos de nuevo unos contra otros. Qué fácil es sentirse carne de cañón cuando sabes que si tropiezas puedes acabar aplastado por un centenar de zapatos y terminar tu existencia pegado a un par de suelas como un chicle. Pero de vez en cuando está bien que nos recuerden que no somos el puto ombligo del mundo, solo a veces, porque otras no necesitamos otra cosa que ser los amos del universo -del de alguien, al menos-, aunque sea por un rato corto, tan corto como los segundos de sueño de los que nos acordamos al levantarnos un lunes por la mañana. Esos días en que la luna seduce a la vigilia y el insomnio se queda despierto. Las ratas se reúnen en las alcantarillas y bailan un vals en su honor.
Se han terminado las fantasías con final feliz. Las margaritas que ondean al viento se mofan detrás de los cristales del convoy.
Las deshojaría hasta que me quisieras.
Me desangraría hasta convertirlas en rosas, para llevártelas hasta tu puerta, si consigo llegar a ella.
lunes, 29 de febrero de 2016
Dadaqué
Será eso, que nos montamos unas expectativas de cojones con cualquiera, y pasa lo que pasa, que a la mínima nos decepcionan, y encima querremos tener razón. La culpa es tuya, imbécil, por vivir en el país de las Maravillas y pensar realmente que las mejores personas están como una puta cabra. A la próxima mantente quietecita y no persigas conejos hasta madrigueras, a ver si un día no vas a poder salir de ellas. Que muy bonito tomar el té con una liebre pero cuidado no te robe los pasteles y se vaya sin abrir la boca. Y aquí sonando Boca en la Tierra. Pucho tiene una voz bonita, y verlo cantar relaja. Por el contrario, ver a Jose Chino es energía. ¿Cuántas cervezas me hacen falta para emborracharme? Bah, qué más da, la pregunta es otra, ¿quieres una cerveza? Di que sí, coño, invito yo. Tú solo trae unas enormes ganas de beber, y no me hace falta ninguna historia triste. O sí, pero más tarde. ¿Vienes o no? He empezado la fiesta sin ti, y hablando de fiesta, ¿te apetece una taza de té? Eso sí, prepáratelo tu, las tazas están en ese armario y el té y al azúcar en el otro. Pero no te quedes ahí, haz algo. Siéntate al menos, me pones nerviosa. Si no vas a tomar té ve a por una birra, pero no estés en medio de la sala. Supersubmarina está tocando Centro de Atención. Malditas coincidencias. Pero no te rías, joder. A ver si el perdedor vas a ser tu. ¿Te acuerdas del tiempo en que eras el mejor? Quizá nunca lo fuiste, pero mi carne sí es de cañón. Anda, coge ya el botellín antes de que me levante yo y te lo tire encima. Podríamos montarnos la mejor escena de Dirty Dancing, y si te peinas bien me convierto en Sandy, pero solo si follamos después con música de los 80 de fondo, con la famosísima canción de Flashdance. También puedo poner algo más lento de Lou Reed o el álbum que te gusta tanto de Love of Lesbian. Dices a menudo que no pero eres un romántico empedernido, de ese tipo de personas que escupe por las redes sociales el día de mierda que es San Valentín pero en el fondo le jode muchísimo estar sola ese día. Y no te culpo, todos queremos a alguien que no deje de abrazarnos a pesar de las espinas que llevemos encima.
sábado, 13 de febrero de 2016
Verborrea
Hablemos de ruina y espina,
hablemos de polvo y herida,
de mi miedo a las alturas,
lo que quieras,
pero hablemos.
Qué quieres que te diga
si ni siquiera sé cómo empezar una carta.
Que se me atascan las palabras en las venas,
y eso que siempre se me ha dado bien desangrarme,
a cuentagotas,
en silencio,
mientras suena una canción que habla de nosotros,
como cualquier canción que hable
sobre mariposas encarceladas y sonrisas
capaces de iniciar una guerra.
Qué quieres que te diga
si el único sello que conozco son tus labios en mi espalda,
que sueño con versarte la clavícula
cuando no miras,
porque cuando lo haces,
no me sale soñar.
Qué quieres que te diga
si prefiero cruzar mares y que las palabras
salgan de mi boca,
que me veas titubear en cada coma,
notes como se me agolpa tu nombre en la garganta,
adviertas alguna lágrima suicida,
suplicando ayuda,
llamándote a gritos.
Que no te quede otra que quedarte,
y escucharme,
y observarme temblar y pedirte con los ojos que me abraces.
Y qué coño quieres que te diga,
si nunca te han gustado las despedidas.
lunes, 8 de febrero de 2016
Entropía
No sé nada sobre astrología,
de hecho,
casi nunca miro al cielo,
pero juraría que se me alinean
las ideas cada vez que te veo aparecer,
con esa sonrisa de intenciones ocultas
alrededor de la cual orbitaría y todos
los putos planetas y lunas y satélites
estallarían de envidia,
y, ¿sabes?
no se me ocurre
razón más bonita para que
el universo vuelva a empezar de nuevo
y nos de otra oportunidad,
para que se nos siga dando mal,
pero intentándolo mejor.
Quien alucina con estrellas fugaces
no te ha mirado a los ojos y te ha besado después,
ni se ha enredado entre tus piernas,
ni ha estado sentado,
sentada a tu lado
en un autobús que se dirigía a casa
y durante esa hora se ha sentido más a
salvo que nunca, mucho más que
en cualquier otro lugar de mundo.
Quien alucina con polvo y rocas,
no tiene nada para arruinarme la vida.
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