sábado, 28 de mayo de 2016

sin título

"find what you love, and let it kill you"


Quizá por el sentimentalismo
que llevan consigo las horas muertas.
Quizá porque las madrugadas y yo
nunca nos hemos llevado bien
más allá de cuatro copas de más.
Quizá porque hoy algunas heridas
duelen más que otras.
Quizá, porque tengo un fantasma sentado
 a los pies de la cama
que amenaza con matar si me duermo.
Quizá no me haga falta ninguna de estas
 cosas para sacar la pluma,
quizá solo sean ganas de hablar de algo
para no quedarme sola en este silencio.

Puede que el que no se nos de bien
sea precisamente eso.
Hacer las cosas sin más.

Y qué romántico sería rajarse las venas
con la punta de una estilográfica.
Estúpidamente romántico.
Estúpido, y ya está.
Estúpido,
sin más.

Pero lo gracioso de esto
-de todo esto-
es que podría darte una lista
con todas las cosas estúpidas
que se me pasan por la cabeza
cuando se me enredan las pesadillas en las piernas
y el colchón arde
y toda la habitación arde
porque estoy antes las mismas puertas del infierno,
pero no ese infierno del que habla todo el mundo,
que a mi lo que menos me preocupa es quemarme.
A mi, lo que me da miedo de verdad
es que cuando vuelva de allí,
tú no me perdones.





domingo, 8 de mayo de 2016

Domingo, otra vez

Otra vez vuelve a mecerse una nube gris
sobre todas mis cosas bonitas,
una tormenta a punto de tomarla conmigo,
y yo no tengo nada más que un par de canciones
y una sábana fría para protegerme
de la lluvia,
un paraguas agujereado
y la certeza de que haga lo que haga
el agua va a calarme las entrañas.

Otra vez,
aparecen esquelas en el periódico
y no hay buenas noticias,
mi alma se hunde en algún naufragio pasajero,
en mares de dudas,
existencialismos absurdos,
alguna que otra pregunta ridícula
cargada de intenciones,
y puede que algo más.

Puede que nos estemos acostumbrando
a las catástrofes.

Puede que eso no sea bueno.








miércoles, 4 de mayo de 2016

9:00 am en una cafetería cualquiera

No conozco otra vida que la de ir a clase todas las mañanas, así que resulta extraño no estar en ella ahora. A veces se hace imposible concebir una vida más allá de cuatro extensas paredes de hormigón; a veces resulta tan absorbente que uno no se para a pensar en la cantidad de personas que no están entre ellas. Puede que ellos quisieran estar en mi lugar, quién sabe, pero yo solo conozco mi realidad y soy yo quien los envidia. Envidio al camarero que acaba de servirme, envidio al otro, este más joven, que tiene un parecido razonable con José Chino -quizá sea una obsesión, pero qué más da una más-, envidio al señor con traje retro y gafas de sol que acaba de cruzar la plaza, e incluso puedo envidiar al turista alemán -seguro que es alemán- que se pasea con sus colegas y se parece a Frank Gallagher. Los envidio ahora, a las nueve de la mañana un miércoles, pero no querría ser ellos. Porque al fin y al cabo me gusta ser yo, aunque saque a pasear a mis fantasmas muy a menudo -puede que demasiado-. Me gusta ser yo aunque a veces no quiera. Me gusta ser yo para escribir cuando estoy demasiado triste para hablar, y escuchar música cuando no puedo escribir más. Me gusta ser yo aunque sé que muchos no querrían -y menos mal-. Yo, que a veces tengo miedo a mirarme en el espejo y por un momento me ha parecido que el hermano perdido de Chino hacía la ruta del bar a la terraza por algo más que su trabajo. Y hoy no tengo un buen día, y quizá sea por eso, o porque leo libros en los que banalidades como esta llegan a convertirse en centros de universos. Nunca he sabido si suponer es cosa de idiotas o una oportunidad para ser optimista. Tampoco pienso averiguarlo, no hoy al menos. Hay muchas cosas por hacer y ya es hora de que Cenicienta regrese del baile. Por suerte -o por desgracia- no va poder perder ningún zapatito de cristal. 


lunes, 2 de mayo de 2016

Algo parecido a una despedida

Se le clavan los alfileres en los ojos si intenta mantenerlos abiertos. 

Le sangra el lagrimal con dolorosa lentitud y cree que las diminutas gotas terminan por atascarse en su garganta. No sabe cómo, ni porqué, solo conoce el no poder respirar, la vida bailando a su alrededor como millones de fotogramas en blanco y negro, una película muda sobre muerte y caos, cementerios de hojas en blanco y arcoíris en escalas de grises. 

La abraza un abrigo de colores fríos, 
el crepúsculo rosáceo ha emigrado a algún lugar mejor, 
la noche se ha fijado como un filtro en sus gafas para ver de viva. 

Un puñado de rosas descansa sobre su escritorio, con la sonrisa sarcástica un poco apagada, 
y la pureza y la delicadeza de las sábanas azules casi transparentes tiemblan a ratos, cuando el viento del norte despereza las malas vibraciones y las capas rojas se pasean por el bosque. 

No ha tocado los sellos de las cartas;
cuatro se encuentran sobre la mesita de noche, 
dos todavía están en el buzón, 
y miles de ellas nunca van a ser respondidas. 

Las estrellas no volverán a brillar,
no por ella,
no para ella.  






domingo, 1 de mayo de 2016

Optimismo es pensar que la poesía nos salvará

Hoy no ha sido un gran día. Al menos no uno notable. Me he levantado más tarde de lo previsto, como siempre que no debo cumplir ningún horario; he escuchado música, como siempre; ha habido momentos que he dedicado exclusivamente a mirarme el ombligo, como siempre; he comido cuando toca, por inercia más que por necesidad, casi como siempre; me he sentido un poco mal por cualquier banalidad y he odiado un poco el mundo, como siempre y como todos alguna vez. A las siete he ido a lo único que me requería puntualidad -aunque tampoco la he tenido- y he tenido que deshacerme de mi helado antes de terminármelo. Ahora estoy sentada en la plaza de mi pueblo. Hay ambiente; hay turistas cuya única preocupación es la buena elección del menú; hay un señor que parece el hermano fracasado de Papá Noel sentado en un banco; hay un cartel de Supersubmarina a cincuenta metros contemplándome desde una pared desconchada; hay una mujer en la mesa de al lado, rubia, de apariencia agradable. Ese tipo de persona que parece buena. Lee un libro que se llama "The path" mientras toma una copa de vino y come queso. Ya la vi una vez, también sola y también leyendo "The path" en una pequeña cafetería, no muy lejos de aquí. Aquella vez comía tarta y se tomaba un café, y aquella vez yo también comía tarta y tomaba té y también estaba sola. Hoy solo me tomo una cerveza. De verdad creo que merece la pena conocer a alguien que come queso y toma vino, mucho más que a alguien que pide una cerveza. O quizá no. Yo solo sé que me gustaría conocerla, como al camarero que me ha servido y me ha preguntado como estoy. Todo bien, por supuesto, a no ser que quieras sentarte aquí a escuchar. Se aleja con la típica sonrisa que tienen todos los camareros del mundo y yo lo observo un poco hasta que me aburre. La rubia de al lado se mueve despacio, coge la copa con parsimonia, gira las páginas sin prisa. La mesa en la que está sentada es un pequeño cosmos aislado del bullicio exterior. Es calma, mientras todo lo demás se mueve con rapidez a su alrededor; el camarero de la sonrisa de camarero, un niño en monopatín, un niño corriendo tras una pelota, una madre corriendo detrás de un niño, una mujer rebuscando en su cartera, dos extranjeras cruzando la plaza como si regalaran más días de vacaciones al otro lado. Entonces alguien me habla mientras se sienta justo en frente de mi, hablamos de cosas intrascendentes y cuando quiero darme cuenta la rubia ya se ha ido y sigue sin ser un gran día.