No había nada que pudiéramos hacer para arreglar el desastre, pero ni tú ni yo lo habríamos hecho de haber tenido opción así que qué más da. Los cristales ya estaban hecho añicos, los trozos eran demasiado pequeños para intentar si quiera volver a pegarlos y empezaba a anochecer en tu perfil bueno y en tu lado de la cama, que siempre fue justo en medio. Los perros y los gatos se enemistaron de nuevo, y las guerras, que nunca habían tenido sentido, siguieron sin tenerlo pero con un motivo de más. Los cantantes rotos tiraban sus letras al mar y los poetas tristes escribían bajo el sol del mediodía porque a medianoche los recuerdos aparecían en forma de pesadillas. Si las lluvias de primavera entendieran que nunca he necesitado pisar un museo para contemplar la mayor obra de arte, medio mundo esperaría bajo tu ventana, con o sin paraguas. Tu espalda era la carta o bandera blanca por la que dejaba de ser yo para ser solo un artista que se cree Dios para moldear un futuro sobre tu piel. Un futuro que incluía vistas al mar, quizás alguna que otra avería en medio de la carretera y muchos desiertos de dudas por los que vagar más de un día y de dos y de cuarenta. Porque creer en unicornios cuando nadie ha visto uno es nuestra especialidad, como creemos que existe amor aunque no lo hayamos experimentado más allá de unos fuegos artificiales con la felicidad en el paladar y purpurina en la entrepierna.
“Construiría ante ti una cabaña de sauce, y reclamaría mi alma en tu morada; escribiría sinceros versos de desdeñado amor, y los cantaría alto en el silencio de la noche; gritaría tu nombre al eco de las colinas y haría que incluso el aire repitiera por el espacio el nombre de Victoria.” -Lost and delirious.

