Hablemos de cosas bonitas. O no, hablemos de cosas desagradables. Ahora que estamos solos, y podemos susurrar a las grietas de las paredes. Y mírame, si no me miras a los ojos esto no tiene sentido.
Yo puedo contarte como odio la sobriedad. ¿Nos emborrachamos? Y te sujetaré mientras vomitas, siempre y cuando tú te quedes conmigo a ver alguna película de mierda después de la fiesta. Pero primero al bar, al peor bar del barrio. Quiero entrar y que me miren de arriba a abajo, que todos fantaseen con follarme encima de la barra. Que me cojas el culo mientras entramos, que me comas los morros y les quede claro de quién soy su puta. Te lavaré las heridas cuando le hayas dado una paliza al primero que intente subirme el vestido. Quiero lamer el hilillo de sangre de tus labios, quiero que quemes toda mi ropa y me pasees por la ciudad con un collar y un bozal.
Puedo contarte que odio que me mientan, pero adoro mentir. Y cuidado, se me da bien. Tan bien como aullarle a la luna y no llorar. Una lágrima por ti será lo último que suelte, aunque me tragaré todas las tuyas si es necesario, mirándote a los ojos con sonrisa de gata.
Siempre podemos inventarnos una excusa para ser un par de indeseables, aunque ya nos ha masticado la vida lo suficiente con sus dientes de plomo. Enséñame los tuyos mientras me cuentas como te clavó una navaja en el costado ese puto yonki con el síndrome de abstinencia a punto de reventarle las entrañas. Llegaste a mi puerta con una costilla rota y nada en los bolsillos. Así me gusta, sonríe de medio lado. "No estoy tan jodido como ese chaval" dijiste. Y te reíste. Te reíste durante un buen rato y de no ser por ese hueso partido me hubiese sentado a horcajadas sobre ti.
Entonces, hablemos de cosas bonitas.
O no, mejor, hablemos de nuestras cosas bonitas.

