Baladas de carne y hueso
que caminan balanceándose
en los boulevares las noches de lluvia;
cuerpos épicos marchando con la seguridad
del héroe griego ante las murallas de Troya
que se sabe protegido por Atenea,
y tantas elegías que se dejan arrastrar
por el paso del tiempo que
nunca regresa.
Las sátiras desfilan con las
comisuras alzadas de bar en bar,
el vaivén del vino en la botella,
mientras caminan las églogas despacio
deshojando margaritas.
Poesía somos todos.
Poemas que andan,
que lloran,
que ríen,
que se desesperan,
que lastiman,
que sueñan,
que aman y se dejan amar.
Poemas,
cada uno de nosotros.
Para tantos incomprensibles,
infranqueables;
para algunos tediosos y
aborrecibles;
para unos pocos afortunados: maravillosos.
Poema que se retratan en espejos
con cierta vanidad,
encierran el insomnio en cápsulas
y se las tragan para soñar,
coleccionan medias lunas mordidas
y creen que pueden salir victoriosos
en un duelo contra el sol.
Pero eres tú,
mi niña,
un poema de verso libre
que no responde a ninguna métrica.
Una oda caótica a los colores cálidos
y las líneas curvas,
un himno con patria en ningún sitio
más que en el hueco de tu cuello.
Y es tu cuerpo la canción más bella
cuyos versos abrazan el mío
cuando eres la única música
que quiero escuchar.

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