miércoles, 21 de octubre de 2015

Tormenta

Empiezan a caer las primeras gotas, y las costillas se mojan.  La débil llovizna baja siguiendo la linea del esófago, salpica los pulmones, y cala de lleno en las arterias que conducen al corazón. Las aurículas se convierten en pequeños riachuelos y se forman charcos de agua estancada en los ventrículos. El agua solo corre en una dirección. Nubes grises se desahogan sobre mis clavículas; las atraviesan y se esconden bajo mis lunares, recorren los puntos como si de un juego infantil se tratara, como el simple dibujo de una alma a pedazos que solo hay que unir con la punta afilada de un lápiz; con la electricidad de un rayo. Una descarga que pegue todos los trozos, pero nadie me asegura que no se multipliquen en diminutas partículas, y eso, ya no hay tormenta que pueda arreglarlo.




jueves, 15 de octubre de 2015

"Te quiero"

Siempre hay textos más sinceros que otros. En unos, solo pones una pequeña parte de ti, mientras que en otros apareces tan desnuda que tienes miedo de que haya alguien que entre letra y letra te encuentre escondida, tras palabras que solo puedes pronunciar a la nada. 

Y es que es tan fácil hablarle al universo. Tan difícil no hacerlo. 

La sencillez de sacarte el corazón y desangrarlo poco a poco antes de devolverlo al pecho; la simpleza de llorar todo lo que empaña el alma hasta que no quede ninguna lágrima sin convertir en tinta; la calidez de la verdad en unas manos que escriben, aunque sea una verdad que hiela los huesos hasta convertirlos en escarcha. ¿Cómo alguien puede querer renunciar a no mentirse a uno mismo, al menos por un instante? 

Y es que resulta tan tentador el engaño, cuando es la más común de las acciones. Pero a ver quién tiene agallas de mirarse al espejo y confesar lo inconfesable. 

Las heridas graves se curan con alcohol puro. 

Y las que no son superficiales con pureza. Que yo sepa, todavía no han inventado ningún maquillaje que disimule imperfecciones en el rostro etéreo del ánima, y para qué necesito yo maquillar nada si puedo sacarme las entrañas con ganas y escribirte -escribirme-, hasta morir. 

Porque al fin y al cabo, le escribo a alguien. A ti. A mi. A todos ellos y a ninguno. 

A quien te halla incluso cuando pretendes refugiarte, a veces sin querer, tras filas de líneas escritas con las que combatir al mundo. 



 





miércoles, 14 de octubre de 2015

Agotados.

Condenados a olvidarnos, mi amor

Somos casualidades perdidas en un caos llamado mundo, entre las manos de un juego de niños llamado azar. Así que no me hables de destino. No lo conviertas todo en una profecía leída en la bola de cristal de alguna bruja ambulante. Como si nuestra propia vida no fuera ya un circo con el que reírse -o llorar- los domingos por la tarde cuando ni siquiera sabemos quienes somos.

Y quizá todo es más sencillo que eso. Quizá sí estaba escrito en las estrellas que llegaríamos a encontrarnos. Y qué quieres que te diga, muy romántico no es el destino entonces si necesita planear el amor. ¿De qué me sirve que en cada nube estén escritas nuestras iniciales? Déjate de más allá y quédate aquí, conmigo, donde nada está escrito y todo puede torcerse en un segundo. Porque amigo mío, algo incapaz de romperse no tiene ningún valor. Quiero sentir que puedes desmoronarte en cualquier momento, que debo estar ahí para ayudar a arreglar tus desastres en lugar de pretender que, pase lo que pase, volverás a mi con las heridas curadas. 

Necesito creer que la pareja arremolinada en el metro de esta mañana ha superado tormentas, que nadie moralmente superior ha impuesto sonrisas en sus rostros por capricho. Y que nadie ha intentado cortar el hilo rojo que los une porque no existe ese hilo rojo. Deberías haberlos visto. Estaban los dos sentados en el suelo, en una esquina, ella con las piernas sobre las de él, los dos con la espalda apoyada en las paredes del convoy. No se decían nada, apenas se miraban. Simplemente iban cogidos de la mano, y el brazo de él rodaba los hombros de ella. Cada uno miraba un lado del vagón, un pasajero diferente. Cada par de ojos encontraba una historia distinta. 

Me duele pensar que algunos de los que estábamos allí pensó que esos dos estaban juntos porque así debía ser. Me compadezco de todos los que piensan como ellos. ¿Acaso no hay nada que marchite más el alma que el deber?

De verdad espero que el haberte conocido no sea cosa del destino. 


De ser así, ojalá no haberte conocido nunca.  

Somos carne de cañón, adictos al recuerdo. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Madrugada

Te escribo ahora, a las cuatro de la mañana, porque así es la vida y hay que aprovechar esos momentos de lucidez que nos escupe con escepticismo y nos regala, a veces, con algo más que una casualidad. 

No me sale quererte sin ordenar primero todos mis errores. No me sale admirarte si ni siquiera puedo admirar mis demonios. No me sale hablarte de cosas bonitas si ni siquiera sé qué son esas cosas bonitas. Simplemente, no me sale amarte si no me puedo amar yo. 

Que las noches son largas y los días eternos es de las pocas cosas que he aprendido por mi cuenta. Que la vida terminará cuando nadie suspire a la luna y ella lo haga al olvido. No nos hemos parado a pensar, que tal vez, y solo tal vez, las estrellas también se queden despiertas para mirar parejas arremolinadas en las azoteas y playas del mundo. 

Que este cuarto cubata no era necesario para seguir la fiesta, pero que con cada sorbo estoy más cerca de besarte sin tu consentimiento. Por lo que más quieras, no me dejes hacerlo. 

Salgo fuera y ni se te ocurra acompañarme. 

Alguien se ha dedicado a encender todas las luces de la ciudad, así que me propongo apagar las mías. Nunca la oscuridad ha sido tan relajante. Tan sumisa. Ahora ni siquiera aceptaría el brillo de tus ojos. 

Nada de ruido en mis apacibles tinieblas. Hay silencio, un silencio ensordecedor. 

Y huele a rosas, rosas rojas que mi corazón sangrante ha teñido de negro. Y a lirios, lirios blanquísimos que flotan sobre agua helada que no termina nunca. 

Aquí estoy, en la orilla de un mar eterno. 




Y escribiéndote, a las cuatro de la mañana, porque así es la vida.