Porque hay días en que todos estamos feos y no pasa nada.
Días en los que te miras al espejo y no reconoces demasiado bien quién está al otro lado.
Y no pasa nada.
Ahora, que ya ha oscurecido y la mitad de la botella está vacía junto a mi otra mitad desahogada en lágrimas, es un buen momento para abrirse las costillas e interrogar al corazón a la fuerza. Lo dejaré goteando sobre un plato, que exhale el último aliento y cuando tenga un charco de autocompasión lo devolveré a su sitio y esperaré de nuevo a que vuelva a llenarse.
Quizás algún día tenga el valor para apuñalarlo a sangre fría, coser las heridas y superar las cicatrices. Enseñarlas solo a unos pocos, que también se dediquen a exhibir emociones como marcas de guerra, que no se derrumben al ver las tuyas, que te sostengan entre los dedos con palabras bonitas.
Que te tapen los ojos cuando las cosas se ponen feas, que te susurren al oído que todo va a salir bien, aún cuando a lo lejos se escuche como se derrumban los cimientos del mundo. Que prefieran desangrarse las entrañas antes que ver como se desangran las tuyas.
Ahora, que tengo mariposas por el cuerpo suplicando un segundo más de vida, que aletean despacio y pestañean sobre la piel besándola con delicadeza, como si temieran asustarme. Danzan siguiendo caminos azules, que a veces se hacen rojos y ellas lloran un poco. Andan de puntillas y me obligan a dormir, descansan sus alas sobre mis párpados, que tiemblan cuando tengo pesadillas y se encargan de alejarlas volando al ritmo de una melodía lenta que se parece mucho -demasiado- a esa canción que solías tararear por las noches y que yo aprendí a tocar porque alguien dijo una vez que a los fantasmas les estremece el sonido del piano. Les tiritan las cadenas y los miedos de los que se alimentan, se acurrucan en un rincón, asustados y moribundos, como las mariposas cada vez que aparece una estela roja sobre su campo de violetas.
A menudo sacan mi alma a pasear cuando estoy desganada y la apatía hace su entrada triunfal bajo el lagrimal, se esconde entre piel y carne y me arrebata la primavera. A los árboles se les caen las hojas y todo se torna en escalas de grises, un callejón con apenas la tenue luz de una farola mal cuidada, habitada apenas por cuatro mariposas agónicas esperando que un corazón encharcado regrese al pecho,
y vuelta a empezar.
Quizás algún día tenga el valor para apuñalarlo a sangre fría, coser las heridas y superar las cicatrices. Enseñarlas solo a unos pocos, que también se dediquen a exhibir emociones como marcas de guerra, que no se derrumben al ver las tuyas, que te sostengan entre los dedos con palabras bonitas.
Que te tapen los ojos cuando las cosas se ponen feas, que te susurren al oído que todo va a salir bien, aún cuando a lo lejos se escuche como se derrumban los cimientos del mundo. Que prefieran desangrarse las entrañas antes que ver como se desangran las tuyas.
Ahora, que tengo mariposas por el cuerpo suplicando un segundo más de vida, que aletean despacio y pestañean sobre la piel besándola con delicadeza, como si temieran asustarme. Danzan siguiendo caminos azules, que a veces se hacen rojos y ellas lloran un poco. Andan de puntillas y me obligan a dormir, descansan sus alas sobre mis párpados, que tiemblan cuando tengo pesadillas y se encargan de alejarlas volando al ritmo de una melodía lenta que se parece mucho -demasiado- a esa canción que solías tararear por las noches y que yo aprendí a tocar porque alguien dijo una vez que a los fantasmas les estremece el sonido del piano. Les tiritan las cadenas y los miedos de los que se alimentan, se acurrucan en un rincón, asustados y moribundos, como las mariposas cada vez que aparece una estela roja sobre su campo de violetas.
A menudo sacan mi alma a pasear cuando estoy desganada y la apatía hace su entrada triunfal bajo el lagrimal, se esconde entre piel y carne y me arrebata la primavera. A los árboles se les caen las hojas y todo se torna en escalas de grises, un callejón con apenas la tenue luz de una farola mal cuidada, habitada apenas por cuatro mariposas agónicas esperando que un corazón encharcado regrese al pecho,
y vuelta a empezar.
