No recordaba la última vez que se había subido a un autobús. La aglomeración de gente entre los asientos le resultó incluso reconfortante y llegó a desear que alguno de esos carteristas que salían en la tele cuando era niña le robara la cartera. Si tuviera, claro. Suponía que si esa señora tan amable le había dado el dinero para el billete fue por la evidente desnutrición que dejaba entrever su débil aspecto. Al llegar a casa le pediría a su madre un buen plato de lentejas. Encerrada en ese zulo había perdido el apetito.

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