Las farolas bostezan y yo me
muero un poco. Las calles mojadas invitan a sufrir una bonita hipotermia, y no
encuentro tus labios para burlarme de todos aquellos que tiritan sobre el
asfalto.
No hay niebla, y mientras me
dirijo al espejo me pregunto por qué no veo nada más allá de mis zapatillas. Y
cuando me encuentro unas enormes ojeras violetas pienso en qué coño pinta ahí una
marca de insomnio, si hace ya demasiado tiempo que tu cara no me despereza las
madrugadas.
Cervezas. Unas cuantas botellas
vacías descansan sobre la mesita, al lado de la butaca, delante de la tele. Tuve
que tragarme el final de aquel documental de mierda y se quedó medio vacía –medio
llena, já- cuando comenzó una película cuyos actores principales dejaban mucho
que desear pero había un viejo decadente que bebía mucho, así que me quedé a
ver su historia. El tipo moría en un accidente de coche por conducir borracho. Me
fui a la cama con una sonrisa en los labios solo porque ese hombre era más
desgraciado que yo.
Te he escrito un poema que nunca
vas a leer. Me metí en la ducha con él y vi cómo lo engullía el desagüe. Me
quedé un buen rato mirando un trozo de papel que se negaba a aceptar su
destino. Me recordó a mi, aquella noche en que le metí una paliza a ese capullo
que te metió mano en ese bar. Todos se preguntaron qué narices hacía un tío
como yo pegándole a un puto armario, como si yo no te conociese, como si no me
importaras.
Como si cada vez que vomito no pensara que son todas esas canalladas que te hice y tú nunca podrás perdonarme.

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