Vuelta
a casa, puerta cerrada. Camina hacia el baño cual autómata. Delante del espejo,
se desnuda. Se clava las uñas en el pecho, desgarra la piel y separa las
costillas, dejando los pulmones expuestos. Se toma unos segundos para observarse
a sí misma: tiene ojeras por el cansancio acumulado y las noches sin dormir, y
ha adelgazado por la pérdida de apetito. Entonces se dirige al congelador de la
cocina. Mete la mano con cuidado, coge el maldito órgano y se lo coloca en la
cavidad vacía, donde empieza a latir. Apenas dos segundos después, las lágrimas
comienzan a rodar.
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