martes, 13 de diciembre de 2016

Zombie


Vuelta a casa, puerta cerrada. Camina hacia el baño cual autómata. Delante del espejo, se desnuda. Se clava las uñas en el pecho, desgarra la piel y separa las costillas, dejando los pulmones expuestos. Se toma unos segundos para observarse a sí misma: tiene ojeras por el cansancio acumulado y las noches sin dormir, y ha adelgazado por la pérdida de apetito. Entonces se dirige al congelador de la cocina. Mete la mano con cuidado, coge el maldito órgano y se lo coloca en la cavidad vacía, donde empieza a latir. Apenas dos segundos después, las lágrimas comienzan a rodar.


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