El 5 de Agosto de 1865 falleció Friedrich Engels.
El 5 de Agosto de 1930 nació Neil Armstrong, el primer ser humano que pisó la luna.
El 5 de Agosto de 1939 fueron fusiladas por el régimen franquista Las Trece Rosas.
El 5 de Agosto de 1962 falleció Marilyn Monroe.
Yo quiero hablar de otro 5 de Agosto. Quiero hablar del 5 de Agosto de 1862.
Ese día, en Leicester, una ciudad de Reino Unido, nació Joseph Carey Merrick (él en su autobiografía pone la fecha de su nacimiento como 1860), más conocido como "El hombre Elefante", aunque esta va a ser la primera y la última vez que me refiera a él con este nombre que otros le brindaron por su aspecto y por el gran reclamo que suponía para la gente de a pie que se anunciara un espectáculo de circo con este título.
Joseph sufrió lo que se conoce actualmente como Síndrome de Proteus, y aquí tenéis una foto para que seáis conscientes de los efectos de dicha enfermedad, que directa o indirectamente lo condujo a una muerte prematura a los 27 años de edad mientras dormía.
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| Foto de 1888, de las últimas que se tomaron, cuando le quedaban apenas unos dos años de vida. |
A Joseph le tocó vivir en plena Era Victoriana, primero en Leicester, donde pasó una infancia cargada de calamidades y penúrias, para más tarde trasladarse a Londres, en el barrio pobre de Whitechapel donde la miseria era el pan de cada día.
Fue el mayor de tres hermanos, de los que nunca hablaría, sin embargo, siempre llevaría consigo un retrato de su madre, Mary Jane, a quién consideraría para el resto de su vida como el ser más bondadoso del planeta por ser la única persona que le había dado afecto cuando era un niño. Según Frederick Treves, el médico y amigo de Joseph, dijo que el joven podría haber tenido una visión muy idealizada de su madre que no se correspondería para nada con la realidad. Mary Jane falleció cuando Merrick tenía apenas once años y recordaría ese suceso como el más trágico de su vida.
Su padre, también Joseph, volvió a casarse, y la vida empezó a ser más difícil para su hijo. Las deformidades del niño se hacían cada vez más evidentes y su madrastra, de quién contaría que lo maltrataba, al igual que su padre, se quejaba de que el pequeño se escudaba en sus deformidades para no trabajar. Solía ponerle el plato en la mesa medio vacío y le decía que "eso era más de lo que había ganado". Consiguió un puesto de trabajo en una fábrica de habanos a los trece años (había dejado las escuela entre los once y los doce después del fallecimiento de su madre), pero las deformidades de su mano crecieron tanto que al final le fue imposible. Entonces su padre le adquirió una licencia como vendedor ambulante, pero los clientes le cerraban la puerta al verle y apenas ganaba dinero.
Durante aquella época se escapó de casa unas cuantas veces y su padre salió en su busca. Merrick lo describe como: "cojo y deformado como estaba, me escapé de casa en dos o tres ocasiones, pero supongo que mi padre conservaba alguna chispa de sentimiento paternal y me llevó a casa de nuevo". Finalmente, harto de las vejaciones de su nueva familia, se escapó por última vez y su padre ya no fue en su busca. Tras la huída intentó seguir trabajando como vendedor ambulante pero apenas conseguía desplazarse sin que una multitud se agolpara a su alrededor, siguiéndolo e insultándolo. Entonces buscó refugio en casa de su tío, con quién estuvo hasta que la esposa de este se quedó embarazada y Joseph decidió marcharse para no estorbar a la pareja.
Entonces comienza otra etapa trágica en la vida del señor Merrick, se hospedó en una casa de labor y acogida, dónde ofrecían cama y alimento a los indigentes a cambio de trabajo. Allí lo pasó tan mal que apenas aguantó doce semanas la rutina de aquél sitio. En 1880 firmó el registro de salida y estuvo dos días buscando trabajo. Sin éxito, se vio obligado a solicitar la entrada de nuevo a aquella casa donde viviría durante cuatro años. Durante su estancia allí, la masa de carne que le nacía del maxilar superior y que se asemejaba -según dicen- a una trompa de elefante, le impedía comer y hablar, así que fue remitido al Hospital de Leicester para que se lo extirparan.
En algún momento después de la operación, Joseph pensó que debía alejarse de la casa de labor y acogida como fuera, y llegó a la conclusión de que la única manera era exhibiéndose como monstruo de feria. Fue entonces cuando conoció a Sam Torr, quién lo exhibiría en su ciudad natal, para más tarde pasar a manos de Tom Norman y trasladarse hasta la capital, Londres (1884). Por desgracia, la policía llegó a clausurar el local, tachando el espectáculo de Merrick de indecente e inapropiado para el público. Más tarde comenzaría su nueva vida con la Feria de Sam Roper.
Aunque Treves cuando habla de Joseph Merrick explica su vida en el circo como una etapa de sufrimiento en la que fue maltratado por su amo, la verdad es que allí se sintió a gusto e incluso llegó a tener amigos entre los componentes del circo. Dos jóvenes conocidos como "Enanos de Roper", Bertram y Harry, se hicieron amigos suyos y se encargaban de que nadie lo molestara mientras estaba en su caravana. Bertram, en particular, quedó fascinado por la conversación de Joseph, ya que iba a visitarlo de vez en cuando para asegurarse de que todo iba bien.
Joseph y el médico Frederick Treves se conocieron durante la exhibición de Merrick en Whitechapel Road, ya que el Hospital Real de Londres, donde trabajaba el doctor, estaba cerca del recinto donde exhibían al joven y apenas tenía que cruzar la calle para llegar. Treves, al ver el estado en que se encontraba, decidió llevárselo al hospital, donde le hizo algunas fotografías e intentó hacer un diagnóstico a la serie de dolencias que acumulaba el muchacho. Treves describe su primera visión como "el espécimen más desagradable de la humanidad entera."
"En mi trayectoria profesional me he encontrado con lamentables deformidades del rostro debidas a lesiones o a enfermedades, así como con mutilaciones y contorsiones del cuerpo atribuibles a similares causas; pero nunca antes me había topado con una versión tan sumamente degradada de un ser humano como la que presentaba esta figura desamparada". -Sir Frederick Treves.
Antes de volver a encontrarse con el doctor Treves, Merrick fue enviado de gira por el continente, pues las autoridades inglesas eran cada vez más estrictas y se oponían a este tipo de espectáculo. Sin embargo, en Europa no se toparon precisamente con una gran flexibilidad y la gira fue un fracaso. Así que Joseph Merrick fue abandonado a su suerte por su representante en Bruselas, después de robarle el dinero que había ganado con las actuaciones.
Decidió que debía regresar a Inglaterra como fuera, pues al fin y al cabo era su casa, el lugar que conocía, así que empeñó todas las cosas que tenía para conseguir un pasaje de vuelta. El camino no fue nada fácil. Se movía siempre bajo una capa que le llegaba a los pies y una gorra a la que habían añadido una tela que le ocultaba el rostro, a la que le habían hecho un agujero para los ojos. No solo tenía que lidiar con ser un hombre desamparado, perdido en un continente desconocido y sin dinero, sino que también tenía que soportar la humillación de verse constantemente bajo la atenta mirada de todos los que se cruzaba. Incluso el capitán de un barco llegó a negarse a subirlo a bordo por todo el alboroto que causaba entre los pasajeros.
"Los desconocidos a los que Joseph se acercaba retrocedían de espanto y repugnancia, y ni siquiera trataban de entender el habla entrecortada que salía de sus labios. No había ningún hotel o casa de huéspedes que quisiera hospedarle; ninguna cafetería o restaurante donde le sirvieran; ni hospital alguno donde lo aceptaran como paciente, pues no podía compartir una sala pública ni costearse una habitación privada, y su estado era a todas luces incurables y no podría tratarse con medicación alguna".
Aunque Treves cuando habla de Joseph Merrick explica su vida en el circo como una etapa de sufrimiento en la que fue maltratado por su amo, la verdad es que allí se sintió a gusto e incluso llegó a tener amigos entre los componentes del circo. Dos jóvenes conocidos como "Enanos de Roper", Bertram y Harry, se hicieron amigos suyos y se encargaban de que nadie lo molestara mientras estaba en su caravana. Bertram, en particular, quedó fascinado por la conversación de Joseph, ya que iba a visitarlo de vez en cuando para asegurarse de que todo iba bien.
Joseph y el médico Frederick Treves se conocieron durante la exhibición de Merrick en Whitechapel Road, ya que el Hospital Real de Londres, donde trabajaba el doctor, estaba cerca del recinto donde exhibían al joven y apenas tenía que cruzar la calle para llegar. Treves, al ver el estado en que se encontraba, decidió llevárselo al hospital, donde le hizo algunas fotografías e intentó hacer un diagnóstico a la serie de dolencias que acumulaba el muchacho. Treves describe su primera visión como "el espécimen más desagradable de la humanidad entera."
"En mi trayectoria profesional me he encontrado con lamentables deformidades del rostro debidas a lesiones o a enfermedades, así como con mutilaciones y contorsiones del cuerpo atribuibles a similares causas; pero nunca antes me había topado con una versión tan sumamente degradada de un ser humano como la que presentaba esta figura desamparada". -Sir Frederick Treves.
Antes de volver a encontrarse con el doctor Treves, Merrick fue enviado de gira por el continente, pues las autoridades inglesas eran cada vez más estrictas y se oponían a este tipo de espectáculo. Sin embargo, en Europa no se toparon precisamente con una gran flexibilidad y la gira fue un fracaso. Así que Joseph Merrick fue abandonado a su suerte por su representante en Bruselas, después de robarle el dinero que había ganado con las actuaciones.
Decidió que debía regresar a Inglaterra como fuera, pues al fin y al cabo era su casa, el lugar que conocía, así que empeñó todas las cosas que tenía para conseguir un pasaje de vuelta. El camino no fue nada fácil. Se movía siempre bajo una capa que le llegaba a los pies y una gorra a la que habían añadido una tela que le ocultaba el rostro, a la que le habían hecho un agujero para los ojos. No solo tenía que lidiar con ser un hombre desamparado, perdido en un continente desconocido y sin dinero, sino que también tenía que soportar la humillación de verse constantemente bajo la atenta mirada de todos los que se cruzaba. Incluso el capitán de un barco llegó a negarse a subirlo a bordo por todo el alboroto que causaba entre los pasajeros.
"Los desconocidos a los que Joseph se acercaba retrocedían de espanto y repugnancia, y ni siquiera trataban de entender el habla entrecortada que salía de sus labios. No había ningún hotel o casa de huéspedes que quisiera hospedarle; ninguna cafetería o restaurante donde le sirvieran; ni hospital alguno donde lo aceptaran como paciente, pues no podía compartir una sala pública ni costearse una habitación privada, y su estado era a todas luces incurables y no podría tratarse con medicación alguna".
El 24 de junio de 1886 Joseph consiguió llegar al andén de Liverpool Street Station, donde la multitud empezó a agolparse a su alrededor, a seguirlo, señalándolo con el dedo, hasta que la policía lo llevó hasta la sala de espera de tercera clase. Joseph estaba tan aterrorizado que lo único que consiguió hacer fue sacar un pequeño papel, que resultó ser la tarjeta de Frederick Treves, con quien contactaron de inmediato y acudió a la estación, encontrándose con Merrick acurrucado en un rincón de la sala: "Treves se dio cuenta de que el hombre había traspasado los límites de la resistencia humana y de que estaba hundido por completo".
La primera vez que Merrick acudió al hospital, su enfermedad se diagnosticó como incurable y debido a la política del hospital, Joseph tuvo que abandonarlo. Sin embargo, Treves decidió que era el momento de quebrantar las reglas, así que lo llevó a una pequeña habitación en la buhardilla del hospital, donde le dieron de comer, lo lavaron y le dejaron dormir.
Poco a poco, el hombre se acostumbró a vivir en el hospital aunque todas las vivencias pasadas habían hecho mella en su espíritu. Las visitas de desconocidos le provocaban mucha ansiedad e inquietud e incluso le resultaba difícil que las enfermeras lo tocaran. Aún así, con la rutina diaria todo comenzó a resultarle familiar y se sintió cada vez más a gusto, pudiendo así mejorar su actitud que empezó a ser mucho más amable hacia el personal, mostrando siempre que podía su gratitud hacia la gente que lo cuidaba. Las enfermeras le llevaban recortables de cartulina y junto a ellas construía maquetas que después entregaba a algún miembro del hospital como muestra de su gratitud.
Sin embargo, se presentaron de nuevo dificultades en la vida de Joseph Merrick, pues ya no se podía ignorar el hecho de que ocupaba una habitación privada del hospital sin pagar por ella. Se empezó una campaña publicitaria a su favor, que tuvo mucho repercusión en los distintos medios del país y se consiguió darle una habitación a Merrick para el resto de sus días, con la ayuda de donaciones que ascendieron a doscientas treinta libras. Les costó a todos convencerlo de que por fin tenía un sitio en el que podía quedarse todo el tiempo que necesitara:
"De golpe, le ofrecían el santuario que había estado buscando desde la primera vez que se escapó de casa. Aquellos cuartitos del sótano le concedían un grado de privacidad que no hubiera conseguido ni siquiera en sueños. El alejamiento mismo del ajetreo que reinaba en el resto del hospital le proporcionaba seguridad. Merrick recorrió maravillado su nuevo hogar, aunque era incapaz de diferir su buena suerte de una sola vez. Tan sólo logró aceptarla con perplejidad y la gratitud propia de quien no acaba de comprender lo que ocurre".
A partir de ese momento recibió visitas diarias de Treves así como de otros doctores que quedaron impresionados por la sensible personalidad que se encontraba en Merrick. Este se enorgullecía de su brazo sano e intentaba que llamara la atención a todos los que le visitaban.
El doctor Treves se convirtió en la persona más cercana para Joseph pues era quien lo visitaba más frecuentemente y pasaba con él horas charlando, pues era también el que había conseguido entender las palabras de su paciente a pesar de la dificultad de este por expresarse debido a los tumores de la boca. Así pues, las mañanas de domingo las pasaban charlando y Joseph se dio cuenta de lo mucho que le gustaban esas charlas que nunca había podido tener por falta de alguien con quien llevarlas a cabo. Treves utilizó estas charlas para que Merrick le contara acerca de su pasado, pero se negaba hablar de ciertas cosas, como de sus hermanos o del tiempo que estuvo en las ferias y los espectáculos de circo.
Joseph Merrick había utilizado la lectura como consuelo a su soledad, y Treves descubrió que muchas ideas que él tenía sobre la realidad no eran una consecuencia de una experiencia directa, sino de los libros: "era como si su afección le hubiera obligado a convertirse en un espectador de los asuntos cotidianos de la vida, privándole de relaciones sociales y de las experiencias más básicas del ser humano. Todo lo intrigaba: descripciones de reuniones, lugares, gente, celebraciones; nada dejaba de despertar en él una curiosidad cargada de nostalgia".
"Siempre que comentaba sus lecturas, se hacía patente el vacío que habían llenado los libros y la realidad que tomaban en su mente. Hablaba de novelas como si se tratara de relatos de sucesos reales en lugar de narraciones ficticias. Describía tramas como si fueran acontecimientos recientes, reproducía conversaciones con gran lujo de detalles y hablaba de personajes cual si gozaran de vida propia, abordando sus aflicciones y apuros con sincera preocupación".
Quizá se debe a eso que a pesar de los tratos vejatorios que recibió él no guardaba ningún rencor a nadie, pues se había hecho una idea de la naturaleza humana a partir de sus lecturas, siendo las historias de amor sus favoritas.
Y si se había sentido alejado de la vida real, destaca en particular el desconocimiento de las mujeres, pues para él eran seres dignos de admiración, inaccesibles, con una alma tan pura que solo se las podía venerar pero no acercarse a ellas. Esa impresión también procedía del hecho de que su propia imagen había causado repugnancia a todas las mujeres con las que se había encontrado, por lo que no tenía otra opción que contemplarlas desde la lejanía. Era consciente de que el trato de las enfermeras, aunque amable y considerado, era restrictivo y profesional.
Treves fue consciente de que esa falta de afecto presente en la vida de Merrick lo apenaba, por lo que se le ocurrió presentarle a alguien capaz de ignorar el aspecto exterior para tratarlo como a un igual y para ello acudió a la señora Leila Maturin, viuda de un doctor que aceptó lo que Treves le proponía. Pero cuando ella entró en la habitación y le estrechó la mano a Joseph, este no pudo ser capaz de hacer otra cosa más que agacharse y comenzar a llorar.
Más tarde le confesó al doctor que era la primera vez que una mujer le había sonreído y estrechado la mano, y a raíz de ese momento se encendió una pizca de esperanza en él y consiguió levantarle el ánimo para descubrir nuevas experiencias cotidianas.
A raíz de la visita de la señora Maturin comenzaron a interesarse por Joseph otras figuras que con su influencia social podrían proporcionarle mucha más dicha, como es el caso de la actriz Madge Kendall, quien comenzó a mandarle regalos y le ayudó en sus ganas de aprender a trabajar el mimbre mandando un instructor al hospital. La actriz nunca visitó en persona a Merrick y fue por eso por lo que él le pidió una fotografía, que colocó en su habitación. Poco a poco fue recibiendo más visitas que le traían obsequios, con lo que pudo adornar su cuarto, y algunos hombres le daban dinero para sus gastos, que lo usaba principalmente para los libros y lentamente iba creando su propia biblioteca.
Joseph pasó de ser un hombre reservado y distante con el mundo para ser la viva imagen de la curiosidad como un niño que lo descubre todo por primera vez. Quería salir al exterior y entablar conversación con todo el mundo.
Un día le dijo al doctor que quería ver una "casa de verdad", pues en toda su vida había conocido poca cosa más que pensiones, barracas y los adosados de la clase obrera en su infancia, así que Treves accedió a llevarlo a su propia casa, donde Joseph se tomó su tiempo en observar cada objeto a la perfección.
El 21 de mayo de 1887, y debido a las reformas que se habían llevado a cabo en el Hospital de Londres, donde se había construído la Residencia de Enfermeras, Joseph Merrick conoció al príncipe y la princesa de Gales, quienes fueron personalmente a visitarlo a su habitación, al igual que el resto de pacientes. Joseph quedó maravillado ante la gracia y los modales de la princesa, quien se sentó al lado de su butaca y se mostró interesada en todos los regalos que acumulaba en su habitación. Poco tiempo después recibiría una fotografía firmada por ella, motivo por el que se echó a llorar. Lo enmarcaron y lo colgaron en su habitación, y no dejó que ni siquiera Treves lo tocara. Le escribió una carta a la princesa como agradecimiento.
En Navidades, Treves le regaló a Joseph algo que él había visto y deseaba, a pesar de no poder usarlo: un estuche con enseres de aseo. Todos los accesorios de ese estuche le resultaban de poca utilidad debido a las deformidades de su cuerpo, pero Treves lo consiguió para él de todas formas.Antes de dárselo, se preocupó en retirar el espejo, pues se preocupaba de que Merrick no pudiera ver su propio aspecto, así como rellenarle la pitillera de cigarros a pesar de que no fumaba ni podría por la deformación de la boca.
"El estuche de aseo resultó un accesorio que se adecuaba a la perfección a la imaginación de Joseph. En la intimidad de su pequeño alojamiento, sentado tranquilamente mientras ordenaba sus contenidos y abría y cerraba la pitillera, se convertía en un hombre de mundo elegante y sofisticado, que se preparaba en el vestidor para asistir a alguna cena de gala o a una celebración de campanillas."
Otra experiencia que Merrick soñaba con disfrutar era el teatro, petición que llegó a los oídos de la ya nombrada actriz Madge Kendall, quién le consiguió un palco privado en el que pudo disfrutar de una obra oculto en la oscuridad, habiendo utilizado la entrada reservada para la familia real que contaba con una escalera privada. De esta manera, ningún miembro del público se dio cuenta de que "El hombre elefante" había recorrido los pasillos del teatro.
Lo que más le sorprendió a Treves sobre la experiencia, a parte de la maravillada expresión de su paciente durante toda la obra, fue que para Joseph la historia presenciada en el escenario seguía viva una vez salieron del teatro, pues este no paró de hacer preguntas al respecto sobre qué estarían haciendo en ese momento los personajes.
La primera vez que Merrick acudió al hospital, su enfermedad se diagnosticó como incurable y debido a la política del hospital, Joseph tuvo que abandonarlo. Sin embargo, Treves decidió que era el momento de quebrantar las reglas, así que lo llevó a una pequeña habitación en la buhardilla del hospital, donde le dieron de comer, lo lavaron y le dejaron dormir.
Poco a poco, el hombre se acostumbró a vivir en el hospital aunque todas las vivencias pasadas habían hecho mella en su espíritu. Las visitas de desconocidos le provocaban mucha ansiedad e inquietud e incluso le resultaba difícil que las enfermeras lo tocaran. Aún así, con la rutina diaria todo comenzó a resultarle familiar y se sintió cada vez más a gusto, pudiendo así mejorar su actitud que empezó a ser mucho más amable hacia el personal, mostrando siempre que podía su gratitud hacia la gente que lo cuidaba. Las enfermeras le llevaban recortables de cartulina y junto a ellas construía maquetas que después entregaba a algún miembro del hospital como muestra de su gratitud.
Sin embargo, se presentaron de nuevo dificultades en la vida de Joseph Merrick, pues ya no se podía ignorar el hecho de que ocupaba una habitación privada del hospital sin pagar por ella. Se empezó una campaña publicitaria a su favor, que tuvo mucho repercusión en los distintos medios del país y se consiguió darle una habitación a Merrick para el resto de sus días, con la ayuda de donaciones que ascendieron a doscientas treinta libras. Les costó a todos convencerlo de que por fin tenía un sitio en el que podía quedarse todo el tiempo que necesitara:
"De golpe, le ofrecían el santuario que había estado buscando desde la primera vez que se escapó de casa. Aquellos cuartitos del sótano le concedían un grado de privacidad que no hubiera conseguido ni siquiera en sueños. El alejamiento mismo del ajetreo que reinaba en el resto del hospital le proporcionaba seguridad. Merrick recorrió maravillado su nuevo hogar, aunque era incapaz de diferir su buena suerte de una sola vez. Tan sólo logró aceptarla con perplejidad y la gratitud propia de quien no acaba de comprender lo que ocurre".
A partir de ese momento recibió visitas diarias de Treves así como de otros doctores que quedaron impresionados por la sensible personalidad que se encontraba en Merrick. Este se enorgullecía de su brazo sano e intentaba que llamara la atención a todos los que le visitaban.
El doctor Treves se convirtió en la persona más cercana para Joseph pues era quien lo visitaba más frecuentemente y pasaba con él horas charlando, pues era también el que había conseguido entender las palabras de su paciente a pesar de la dificultad de este por expresarse debido a los tumores de la boca. Así pues, las mañanas de domingo las pasaban charlando y Joseph se dio cuenta de lo mucho que le gustaban esas charlas que nunca había podido tener por falta de alguien con quien llevarlas a cabo. Treves utilizó estas charlas para que Merrick le contara acerca de su pasado, pero se negaba hablar de ciertas cosas, como de sus hermanos o del tiempo que estuvo en las ferias y los espectáculos de circo.
Joseph Merrick había utilizado la lectura como consuelo a su soledad, y Treves descubrió que muchas ideas que él tenía sobre la realidad no eran una consecuencia de una experiencia directa, sino de los libros: "era como si su afección le hubiera obligado a convertirse en un espectador de los asuntos cotidianos de la vida, privándole de relaciones sociales y de las experiencias más básicas del ser humano. Todo lo intrigaba: descripciones de reuniones, lugares, gente, celebraciones; nada dejaba de despertar en él una curiosidad cargada de nostalgia".
"Siempre que comentaba sus lecturas, se hacía patente el vacío que habían llenado los libros y la realidad que tomaban en su mente. Hablaba de novelas como si se tratara de relatos de sucesos reales en lugar de narraciones ficticias. Describía tramas como si fueran acontecimientos recientes, reproducía conversaciones con gran lujo de detalles y hablaba de personajes cual si gozaran de vida propia, abordando sus aflicciones y apuros con sincera preocupación".
Quizá se debe a eso que a pesar de los tratos vejatorios que recibió él no guardaba ningún rencor a nadie, pues se había hecho una idea de la naturaleza humana a partir de sus lecturas, siendo las historias de amor sus favoritas.
Y si se había sentido alejado de la vida real, destaca en particular el desconocimiento de las mujeres, pues para él eran seres dignos de admiración, inaccesibles, con una alma tan pura que solo se las podía venerar pero no acercarse a ellas. Esa impresión también procedía del hecho de que su propia imagen había causado repugnancia a todas las mujeres con las que se había encontrado, por lo que no tenía otra opción que contemplarlas desde la lejanía. Era consciente de que el trato de las enfermeras, aunque amable y considerado, era restrictivo y profesional.
Treves fue consciente de que esa falta de afecto presente en la vida de Merrick lo apenaba, por lo que se le ocurrió presentarle a alguien capaz de ignorar el aspecto exterior para tratarlo como a un igual y para ello acudió a la señora Leila Maturin, viuda de un doctor que aceptó lo que Treves le proponía. Pero cuando ella entró en la habitación y le estrechó la mano a Joseph, este no pudo ser capaz de hacer otra cosa más que agacharse y comenzar a llorar.
Más tarde le confesó al doctor que era la primera vez que una mujer le había sonreído y estrechado la mano, y a raíz de ese momento se encendió una pizca de esperanza en él y consiguió levantarle el ánimo para descubrir nuevas experiencias cotidianas.
A raíz de la visita de la señora Maturin comenzaron a interesarse por Joseph otras figuras que con su influencia social podrían proporcionarle mucha más dicha, como es el caso de la actriz Madge Kendall, quien comenzó a mandarle regalos y le ayudó en sus ganas de aprender a trabajar el mimbre mandando un instructor al hospital. La actriz nunca visitó en persona a Merrick y fue por eso por lo que él le pidió una fotografía, que colocó en su habitación. Poco a poco fue recibiendo más visitas que le traían obsequios, con lo que pudo adornar su cuarto, y algunos hombres le daban dinero para sus gastos, que lo usaba principalmente para los libros y lentamente iba creando su propia biblioteca.
Joseph pasó de ser un hombre reservado y distante con el mundo para ser la viva imagen de la curiosidad como un niño que lo descubre todo por primera vez. Quería salir al exterior y entablar conversación con todo el mundo.
Un día le dijo al doctor que quería ver una "casa de verdad", pues en toda su vida había conocido poca cosa más que pensiones, barracas y los adosados de la clase obrera en su infancia, así que Treves accedió a llevarlo a su propia casa, donde Joseph se tomó su tiempo en observar cada objeto a la perfección.
El 21 de mayo de 1887, y debido a las reformas que se habían llevado a cabo en el Hospital de Londres, donde se había construído la Residencia de Enfermeras, Joseph Merrick conoció al príncipe y la princesa de Gales, quienes fueron personalmente a visitarlo a su habitación, al igual que el resto de pacientes. Joseph quedó maravillado ante la gracia y los modales de la princesa, quien se sentó al lado de su butaca y se mostró interesada en todos los regalos que acumulaba en su habitación. Poco tiempo después recibiría una fotografía firmada por ella, motivo por el que se echó a llorar. Lo enmarcaron y lo colgaron en su habitación, y no dejó que ni siquiera Treves lo tocara. Le escribió una carta a la princesa como agradecimiento.
En Navidades, Treves le regaló a Joseph algo que él había visto y deseaba, a pesar de no poder usarlo: un estuche con enseres de aseo. Todos los accesorios de ese estuche le resultaban de poca utilidad debido a las deformidades de su cuerpo, pero Treves lo consiguió para él de todas formas.Antes de dárselo, se preocupó en retirar el espejo, pues se preocupaba de que Merrick no pudiera ver su propio aspecto, así como rellenarle la pitillera de cigarros a pesar de que no fumaba ni podría por la deformación de la boca.
"El estuche de aseo resultó un accesorio que se adecuaba a la perfección a la imaginación de Joseph. En la intimidad de su pequeño alojamiento, sentado tranquilamente mientras ordenaba sus contenidos y abría y cerraba la pitillera, se convertía en un hombre de mundo elegante y sofisticado, que se preparaba en el vestidor para asistir a alguna cena de gala o a una celebración de campanillas."
Otra experiencia que Merrick soñaba con disfrutar era el teatro, petición que llegó a los oídos de la ya nombrada actriz Madge Kendall, quién le consiguió un palco privado en el que pudo disfrutar de una obra oculto en la oscuridad, habiendo utilizado la entrada reservada para la familia real que contaba con una escalera privada. De esta manera, ningún miembro del público se dio cuenta de que "El hombre elefante" había recorrido los pasillos del teatro.
Lo que más le sorprendió a Treves sobre la experiencia, a parte de la maravillada expresión de su paciente durante toda la obra, fue que para Joseph la historia presenciada en el escenario seguía viva una vez salieron del teatro, pues este no paró de hacer preguntas al respecto sobre qué estarían haciendo en ese momento los personajes.

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