La escritura,
a veces,
no deja de ser como
la bebida.
A menudo se recurre
a ella
cuando uno está
muy abatido,
muy exhausto,
muy triste.
Pero también vale
para las noches
eufóricas,
entusiastas,
ardientes.
La escritura
no se despide nunca
y siempre
devuelve la llamada,
y como una buena copa,
o un buen polvo
se te hace imposible de
rechazar
a las tres
de la mañana.
La escritura no te mata,
pero te deja morir,
y te revive entre tus propias
cenizas.

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