Después de rajarse el brazo se quedó mirando la herida abierta y gritando para sí misma. Sabía que si apretaba un poco más podía tornarse algo serio, algo por lo que terminar en un hospital a las doce de la noche. Así que alejó el cúter de sí en una maniobra rápida, encendió la luz y se sentó enfrente de su máquina de escribir como si se aferrara a un salvavidas, siendo ese su mayor acto de supervivencia.
Afuera la calle se consumía bajo abrazos
asfixiantes de radiación solar, pero en su habitación hacía frío. Hacía frío y
no paraba de mirarse los cortes así que fue a por una chaqueta, pero por
desgracia de camino al armario se cruzó con su reflejo y vio un rostro pálido
que no reconoció.
Entonces se miró a los ojos, y supo ver ahí algo
de ella, pero el resto no le pertenecía. El resto eran los brazos, la boca, las
piernas, el pelo de otra persona; de otra persona que se rajaba el brazo y
lloraba por las noches.

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