Habían pasado muchas noches desde la última vez en que una necesidad acuciante por escribir se había arrastrado bajo el resquicio de la puerta, y es que solo por necesidad se arrastran los peces hasta el mar y las personas hacia corazones ajenos, en busca de algún resquicio por el que colarse, y suplicar, y rezar para que no nos echen y nos dejen tirados en la orilla junto a las colillas y los corchos de botellas vacías, cuyo contenido ha visitado lugares mejores que nosotros mismos. Solo por necesidad naufragamos hasta islas desiertas en las que estar perdidos y volvernos locos, en busca del primer trago de lluvia que nos conduzca ciegamente hasta un río de muerte dulce.
Y qué es sino la necesidad de ser acunados por poesía triste pero con voz bonita, cálida, cerca, justo en la oreja hasta penetrar en las entrañas y dejarlas hechas polvo, pero siempre con ganas de más. Qué es sino esta madrugada de marzo con tu lado de la cama vacío y las teclas desgañitándose sobre un folio con las esquinas manchadas y pocas ganas de crear nada que no sea en tu entrepierna.

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