Podría no haber entrado en ese
autobús e ir a cualquier otra parte, cualquier otra parte de Madrid o incluso
cualquier otra parte de España. Podría haber ido hasta Portugal o llegar a
Francia y quién sabe, quizá más lejos. Pero no había hecho nada de eso, y allí
estaba, en la línea F de camino al metro y de camino a casa, viendo pasar casas
ya conocidas, y aceras y quioscos. El libro que sostenía entre lsd manos se
titulaba “Nada” y nada era lo que sentía sentada como tanta otra gente en un
asiento del transporte público. La nada del título estaba en Barcelona y la mía
en la capital pero qué más daba. Nada es nada en cualquier lugar.
Y si había elegido la nada antes
que Portugal no debía ser por otra razón de que la nada me era conocida y
Portugal se presentaba como un nido de incertidumbres. Temía Portugal y temía
Francia y a todos los países.
Salí de allí y eché un vistazo a
la floristería situada en el centro de la avenida. Siempre había comprado flores para los demás y
decidí que esta vez la que se merecía un ramo de rosas era yo. Me gasté todo lo
que llevaba encima, que me alcanzó para un ramo de seis rosas rojas y me las
llevé conmigo al metro mientras pensaba que en efecto, ya no era la nada, ahora
tenía un ramo de rosas.
Sostenerlo durante todo el
trayecto me hizo feliz, todos lo miraban y quizá imaginaban a la supuesta
pareja que tanto me quería y que me había hecho tal regalo. No se equivocaban,
sin duda era un regalo de la persona que más me amaba en este mundo. Sin
embargo la satisfacción que me había inundado fue decayendo paulatinamente
hasta convertirse en pesadez y resignación. Al caminar hasta casa y rodar la
llave —con cuidado de no chafar ninguna rosa— me dirigí directamente a mi
cuarto y dejé allí el ramo. La vergüenza me cubrió las entrañas como un velo
transparente y quise hundirme en las grietas de la pared.
Me tumbé junto a las rosas con la
máxima oscuridad que permitía la ventana sin cortina de mi habitación y me
encogí como en el vientre de mi madre. El ramo se quedó cerca de mi pecho y su
olor llegaba a mí con cada aspiración. Ese olor me distrajo, era un olor
hermoso que recordaba a tierra, a la vida misma, la vida primitiva que no admite
convenciones, la vida del guepardo acechando una manada de gacelas, la de los
elefantes echándose agua en zonas remotas de África, la selva proclamándose
heredera del principio de los tiempos y reclamando su poder sobre ella.
Un minúsculo conejo agazapado en
un hoyo para evitar ser cazado, era incapaz de sentirme de cualquier otra forma
arremolinada en la cama y con la garganta seca, pero no podía huir de un
depredador que también estaba acurrucado en el mismo lugar que yo y compartía
mi misma respiración.
Me abracé al ramo de rosas y cerré
los ojos, terminando por destrozarlas contra mi propio pecho.

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