lunes, 20 de noviembre de 2017

Poesía

La miraba de soslayo, como quién teme espantar a un animal asustadizo. No quería que notara que la estaba mirando para que no sintiera que invadía su intimidad de alguna forma. Yo estaba allí, de pie, en medio de su habitación. Me daba vergüenza mirar fijamente cualquiera de los objetos que la componían, pertenecían a su rincón de privacidad más absoluta y yo estaba en él. No podía sentirme más emocionada y a la vez cohibida. No tenía ni idea de qué hacer. Ella se había quitado la chaqueta y la había colgado en el armario.
—No te quedes ahí. —dijo, sin ningún tipo de importancia, sin saber que dentro de mí había un millar de mariposas chocando contra las paredes de mi estómago.
Ahora se había sentado en la cama con la espalda apoyada en la pared. ¿Podía sentarme junto a ella? ¿De verdad podía? Si era así, no me lo dijo, porque yo no me atreví a hacerlo. Elegí la silla de su escritorio, sobre el cual había unos cuantos bocetos ojeé. Noté que ella sonreía un poco.
—¿Te gustan?
—Mucho.
Cuando levanté la vista de los papeles me encontré la suya clavada en mí. Podía notar el corazón bombeándome a una velocidad desmedida. Escondí mis manos en las mangas de la chaqueta pero eso no hizo otra cosa que llamar su atención para que me dijera:
—¿No tienes calor?
Sí, tenía, pero quitármela y estar con una camiseta de tirantes suponía tal exposición de mi cuerpo con la que no me sentiría cómoda, así que negué con la cabeza. Ella sonrió de nuevo.
Sabía que estaba quedando en evidencia cuando en realidad mi propósito era totalmente el contrario, pero era algo que mi torpe personalidad no podía evitar. Ella debía pensar que yo no era más que una pardilla enamoradiza de todas las chicas que se cruzara, quizá solo estaba jugando conmigo porque sabía que podía. Puede que yo tan solo fuera un entretenimiento para una tarde de no saber qué hacer. En unas horas nos despediríamos con un abrazo y no volvería a verla jamás.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí.
Me decidí a comentarle cualquier cosa para que no creyera que era aún más estúpida de lo que ya era. Por suerte la fortuna me sonrió cuando me topé con una antología de poemas de John Keats en una de sus estanterías. Sin siquiera pedirle permiso me levanté y lo cogí, pero ella no hizo ningún comentario al respecto, estaba chateando con alguien por el móvil y no me había prestado atención.
—Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en agua.
Conseguí que dejara el móvil y levantara la cabeza.
—¿Te gusta la poesía?
—No toda, pero sí.
—¿Me recitarías un poema? Puedes elegir el que más te guste.
Yo me hundí en mi chaqueta. Ella no sabía el esfuerzo titánico que suponía para mi algo así. Siempre había negado mi talento para los recitales, porque en efecto no lo tenía. Había escuchado decenas de personas con voces melodiosas recitar poemas consiguiendo ponerme la piel de gallina y sabía con certeza que mi voz no era de esas.
Negué efusivamente al tiempo que notaba un rubor cálido extendiéndose por mi cara. Ella tuvo que darse cuenta pues no me insistió, sin embargo se levantó de un salto de la cama, me arrebató el libro y se sentó esta vez en el suelo. Su rostro estaba a la altura de mis rodillas.
No supe qué pretendía hasta que abrió el libro, buscó una página en concreto y comenzó el recital de poesía más maravilloso al que asistiría en toda mi vida.
Eligió un poema largo, una oda, la Oda a Psique, y yo intentaba escuchar las palabras pero solo podía oír una voz, su voz, y solo podía mirar sus ojos que se movían mientras bajaba los versos y sus manos sosteniendo el libro y su pecho moviéndose con cada respiración.
Terminó y yo solo era un amasijo de sentimiento y emociones que se proyectaban hacia ella.
—Es mi poema favorito.
Lo dijo como si hubiéramos visto una película y me estuviera señalando que es su favorita, sin más relevancia, sin más trascendencia que esa. Yo solo sentía que ese era mi poema favorito solo si lo recitaba ella.
Dejó el libro en el suelo y apoyó una mejilla en mi pierna, que se paralizó con su contacto cálido. Estuvo así unos segundos hasta que levantó la cabeza y me miró con una ligera sonrisa, sin enseñar los dientes. Yo le sonreí de vuelta con la inexperiencia de un recién nacido ante el mundo. Mi cuerpo me pedía muchas cosas; levantarme y empezar a correr, quedarme ahí, quieta, disfrutando su cercanía, sentarme a su lado y abrazarla, solo abrazarla. Ella eligió por mi cuando me pidió que nos tumbáramos las dos en su cama.
Me levanté pocos segundos después de que ella lo sugiriera y aún mientras mis pies me llevaban hasta allí mi cerebro no terminaba de creer lo que estaba pasando. Más que tumbarme me recosté con la espalda en la pared como ella minutos anteriores.
—¿Estás bien?
Estaba en las nubes, demasiado bien para ser verdad, con la sensación de que la fantasía de la nube de algodón sobre la que puedes recostarte se desvanecería y yo caería en picado, sensación que se incrementó cuando se puso a mi lado y me cogió de la mano. Yo le apreté la suya y conseguí acariciársela con las yemas de los dedos.
—¿En qué piensas?
—Nada.
—¿Absolutamente nada?
Solté una risa que al parecer contagió la suya. Estaba tan nerviosa que las palabras se me atoraban en la garganta, era incapaz de articular una frase con sentido y no hacía más que castigar a mi subconsciente por ello.
—Yo pienso en que no debería haber dejado que entraras aquí.
Quise soltarle la mano de repente, el corazón me dio un vuelco. Ella no me dejó, me retuvo con más fuerza.
—Porque ahora no quiero que salgas —terminó.
Solté todo el aire retenido segundos antes aunque mis pulsaciones siguieron desbocadas. Una de sus manos se posó en mi pierna y luego en mi mejilla. Nos besamos. Sin saber por qué, ella me estaba besando.
Me maldije varias veces por no corresponder con la efusividad que deseaba pero a ella no le importó. Fue un beso corto, suave, incluso tierno, y al separarse de mí estaba sonriendo y no pude hacer otra cosa que sonreírle yo también.

—Keats estaría orgulloso de nosotras—me dijo, al tiempo que comenzaba a desabrocharme la chaqueta.



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