martes, 16 de enero de 2018

Retales (III)

Sobre las cinco y media de la mañana ya no aguantaba más y me escabullí de la cama de Carla. Ya en la calle le mandé un mensaje avisándola para que no se preocupara, pero yo me encontraba de pie sin saber muy bien a donde dirigirme. Las aceras desiertas se burlaban de mi con sus sonrisas húmedas alimentadas por la luz de las farolas. Se oía el rumor incómodo de la nada, se oía el pueblo soñando, los tejados en calma, algún maullar de gato desafortunado al que no le había quedado más remedio que refugiarse en los bajos poco confortables de algún coche. Esta vez el ruido de mis propios zapatos me enloqueció la conciencia y me los quité, e hice lo mismo con los calcetines. Mis pies tocaron asfalto y desde ese momento ese foco de frío que enviaba escalofríos al resto del cuerpo ocupó todos mis pensamientos. Distinguía en algunas ventanas la débil luz de lámparas en mesitas de noche que proyectaban sombras en las paredes. Disfrutaba caminando y no quería llegar a casa, así que comencé a dar rodeos para no alcanzar nunca mi destino.
Cuando en mi cabeza aparecían imágenes del retrato o de Ezequiel en persona o de Sebastián, como si fueran fotogramas de una película que ni siquiera he visto, las desechaba como podía y me concentraba en mis dedos helados. Enseguida que pudiera hablaría con Carla sobre él, sin que ella sospechara que yo le conocía o que tenía algo en contra de él. Quizá fuera solo una casualidad, quizá el rostro anguloso del muchacho le llamó la atención a Carla al cruzárselo en alguna plaza y siendo como ella es no había tenido ningún inconveniente en pedirle una fotografía o retratarla allí mismo. Sí, quizá por eso él no salía en la misma postura que los demás, porque el dibujo lo hizo en ese instante. Un destello de esperanza afloró junto con esa idea, aunque nada de eso resolvía lo que estaba pasando en casa.
Ayer esos dos hombres ni siquiera existían para mi y ahora eran el blanco de todas las situaciones hipotéticas que mi conciencia creaba, y casi me parecía que todos los hilos que tejían el mundo conectaban irremediablemente con ellos, como si ya no pudiera evitar su presencia en el universo. Los intuía como los personajes de algún cuento macabro para intimidar a los niños y evitar que se alejen del porche, o más bien como las sirenas, criaturas atrayentes que se alimentan de almas ahogadas por sus propias manos azuladas.
Anduve por callejones estrechos hasta que el frío caló tanto en mis huesos que tuve que sentarme para volver a calzarme. Las primeras gotas de luz despuntaban entre los altos edificios y comenzaban a llenarse de la temprana calidez de la mañana. Me crucé con dos gatos que pasaron a mi lado a gran velocidad y mi primer pensamiento fue que huían de algo, de las manos huesudas y plateadas de Sebastián, pensé, sin evitar reírme un poco. Estas imágenes fugaces que se despedían desde mi subconsciente me hacían llegar a la conclusión de que al fin y al cabo necesitaba algún pasatiempo y que toda esta historia no era más que uno de mis desvaríos, fruto de las largas contemplaciones que le echaba al techo continuamente cuando no podía dormirme por cualquier motivo.
Pasé por delante de una panadería antigua que estaba a punto de abrir y me di cuenta de que había estado caminando, al menos, durante una hora. En el bolsillo de mi enorme abrigo aún llevaba el monedero que no había retirado de la noche anterior y con suerte encontraría lo mínimo para un buen panecillo recién horneado y, quién sabe, algún dulce. Mi cuerpo babeó por las galletas de almendra que se exhibían en el escaparate y comprendí que me encontraba en una falta de azúcar evidente. Desde que había ido a casa de Carla todo mi ser estaba en un estado de anestesia natural, atontado. Abstraído, más bien.
Tras esperar unos diez minutos a que la panadería estuviera lista me llevé mi desayuno, en el que incluí un chocolate caliente al que no pude resistirme y que sentí como ambrosía cuando me lo llevé a la boca. Si las calles frías habían sido efectivas para disipar algunas nieblas, el chocolate hizo el efecto contrario y apaciguó cualquier intento de enfocar el objetivo. El paisaje se hacía agradablemente confuso, apaciblemente desconocido.
Llegué a casa, por fin, mejor de lo que había pensado en un principio. El dulce me había alegrado el ánimo y lo había elevado por encima de mis hombros, dibujándome una ligera sonrisa, quizá algo resignada, pero una sonrisa, al fin y al cabo.
Antes de poder guarecerme en el portal una voz que ya conocía me golpeó en las entrañas.
—¡Alejandra!
Creo que durante cinco segundos creí que había sido una ilusión, una alucinación derivada de una obsesión, pero cuando oí mi nombre por segunda vez mis peores presentimientos se cumplieron. No quise girarme, pero la educación que había recibido hasta ahora me lo impidió.
—Tu madre me ha llamado, ha dicho que ha ido a tu habitación por la noche y no estabas, llevamos buscándote más de tres horas, eres una jovencita muy irresponsable, ¿lo sabías? Nos has dado un buen susto, mujer.
Me quedé estupefacta, en todo ese discurso había tantas cosas que no encajaban que no pude sino mirar a Sebastián con los ojos como platos en una expresión más que contrariada.
—¿Nos? —fue todo lo que consiguió salir de mis labios.
Su expresión altiva me escrutaba desde lo alto de algún castillo celestial que intentaba disfrazar de amabilidad y preocupación.
Ahora llevaba un abrigo largo que le confería un aspecto que lo alejaba, aún más si era posible, de todo lo mundanal. Con un sombrero de copa y un carruaje me creería que se había escapado de alguna novela victoriana.
—¿Dónde estabas?
—En casa de una amiga. —no sabía por qué estaba respondiendo—. Voy a ver a mi madre.
—Te vienes conmigo, jovencita, vamos a tomarnos un café, tú y yo.
—Acabo de desayunar.
No me iba a ir con él, aunque me ofreciera todo el chocolate de este mundo. Si estaba vagando a las seis de la mañana por el pueblo era en parte por su culpa y no iba a permitir intoxicarme de esa aura de rareza que lo rodeaba y apestaba el ambiente.
Me sonrió y sus comisuras formaron un arco perturbador que enturbiaba su rostro.
—Insisto.
—No, gracias.
No dejé que pudiera increparme, me zafé de él y subí las escaleras hasta casa. Esperaba que no tuviera la desfachatez de seguirme y tocar a la puerta para invitarme una tercera vez para volver a ser rechazado.
Encontré a mi madre en la cocina sosteniendo una taza que desprendía olor a manzanilla. Ese era la clase de aroma que quería respirar.
—Lo siento, mamá —dije nada más nuestras miradas se cruzaron.
Me senté enfrente de ella y puse mi mano en su brazo. Ella tenía las suyas alrededor de la taza que estaba ya medio vacía.
—No me hagas esto, Alejandra.
Volví a pedirle disculpes y me acerqué un poco más. Olía a hogar, y a pesar de no haberme desprendido de él en ningún momento, lo había echado de menos, la familiaridad de lo conocido. La abracé y ella respondió a mi abrazo. Creía tener la sensación de que esto era una reconciliación de algo mayor, pero no dije nada.
Le expliqué donde había estado y no supe si contarle acerca del retrato de Ezequiel en casa de Carla. Decidí no hacerlo por el momento. Tampoco decidí pronunciarme sobre el encontronazo con Sebastián.
Observé el rostro de mi madre con detenimiento, algo ojeroso. Estaba cansada, pero no irritada, lo que me sorprendía. Tenía un genio que podía espantar hasta a la mismísima muerte con su guadaña, pero permanecía como en un estado de ebriedad emocional. Me miraba con los ojos entornados, la preocupación le cruzaba las facciones y yo me sentí terriblemente culpable. Eran más llevaderas las rabietas y los gritos que esta languidez por su parte. Parecía no tener fuerzas ni siquiera para hablarme. Intuía que apenas habría dormido dos horas y se había estado atiborrando a infusiones para no arrancarse la cabellera.
—Lo siento, lo siento mucho.
Comencé a llorar, yo también estaba muy cansada, había demasiadas cosas que no entendía, pero ahí estaba mi madre y no necesitaba nada más. Ya habría tiempo para que me lo explicara todo, si es que quería hacerlo.
Me limpió las contadas lágrimas que se desprendieron de mis ojos con los dedos y me peinó el pelo encrespado hacia los lados.
—Vayamos a dormir, hija.
Me dio un beso en la frente al tiempo que se levantaba. La vi recorrer la cocina lentamente hasta perderse en el pasillo. La casa se sumió en un silencio acogedor y yo me permití suspirar de alivio mientras iba a mi cuarto.
Ya era de día, pero encontré la habitación tan lúgubre como en los bosques en que las copas de los árboles no dejan traspasar la luz. Me acurruqué bajo las mantas y me teletransporté a la noche anterior, en la fiesta de Isaac. 

Habíamos bebido unas cuantas cervezas ya cuando alguien propuso poner música. En menos de cinco minutos el salón se inundó de cuerpos moviéndose al ritmo de rock ochentero. La casa de Isaac era lo suficientemente grande como para que cupieran sin problemas veinte personas bailando en la sala principal sin que se rozaran. El padre de Isaac era catedrático en la universidad y la madre se dedicaba a la arquitectura, algo que quedaba impecablemente demostrado desde que se cruzaba la verja de su finca.
—¿Crees que tengo alguna oportunidad con Isaac?
La voz fina de Carolina me enterneció. Carolina era una compañera de nuestra clase, en la que también estaba Isaac, entre otras personas que allí se encontraban. Muchos habíamos apreciado las atenciones que ella le ofrecía, pero ninguno sabíamos si se trataba de algo recíproco, por lo que no supe qué decirle. Isaac era un muchacho vivaz, muy alegre, que solía demostrar sin miedo sus sentimientos, por lo que cabía la posibilidad de que, si no le había hecho saber nada a Carolina, era porque quizá no había nada que ella tuviera que saber.
—Te gusta mucho ¿eh?
Ella asintió. Aunque resultara que Isaac en realidad no estaba enamorado, no estaba escrito en ningún sitio que no pudiera estarlo. Carolina era una muchacha tímida pero muy elocuente, su pelo castaño le caía en gruesas ondulaciones alrededor de la cara hasta los hombros y en sus labios había siempre una sonrisa que invitaba a conversar. Aparentemente no había ningún motivo por el que Isaac no pudiera enamorarse, algún día, de ella.
—Baila con él, le encanta bailar.
Me miró y luego lo miró a él, que se estaba bebiendo un chupito junto a su mejor amigo, Ramón.
—Va a apestar a vodka.
La cara de Carolina se contrajo en una mueca de asco, yo la imité y nos reímos.
Tras unas cuantas insistencias por mi parte la convencí para que se levantara y al menos se reuniera con Isaac, aunque fuera solo para hablar de cualquier trivialidad. Yo me levanté a por un puñado de galletas saladas que habían dispuesto sobre la mesa del comedor entre otros platos y boles llenos de comida. La madre de Isaac confiaba en que nos atrajera más ese banquete que el alcohol.
 Mi mano coincidió en el bote de las galletas con la de Rafael, que se disculpó en un murmullo y no se atrevió a mirarme.
—Nos podemos sentar juntos con el bote en medio. —bromeé.
—¿Qué tal, Alejandra? —dijo, con una sonrisa tímida.
Rafael poseía los ojos marrones más cálidos que había visto en toda mi vida. Era un muchacho de pocas palabras, aunque siempre acertadas, vestía con jerséis gruesos de lana que le aniñaban la expresión. Poseía una sonrisa gentil de la que no alardeaba nunca, pero yo estaba segura de que más de una o uno suspiraban por ella. Era tan tímido que quizá nunca se le había pasado por la cabeza que alguien se hubiese fijado en él. Incluso yo lo había hecho, aunque no de esa manera. Rafael me llamaba la atención, no era ningún secreto, aunque no se trataba de ninguna atracción que yo deseara derivar en algo más. Me parecía un buen chico, alguien con quien valía la pena compartir espacio y tiempo.
Le sonreí de vuelta y al tener ambos nuestro puñado de galletas nos separamos. Yo volví al sofá donde estaba sentada y él fue junto al numeroso grupo que bebía y fumaba en la terraza. Aún así yo seguí mirándolo. Tenía una mano en el bolsillo de los tejanos mientras que se iba llevando la otra a la boca para coger con ella una galleta. No participaba en la conversación, pero escuchaba atentamente a los demás debatir sobre qué bar ofrecía mejor relación calidad/precio. Su pelo estaba compuesto por gruesas y cortas pinceladas de mechones castaños que no pretendían obedecer a ninguna gravedad. Tenía unas pestañas larguísimas que parecían rozarle las mejillas cada vez que parpadeaba y cuando sonreía con toda plenitud se le achinaban los ojos de una forma adorable.
Estudiaba conmigo en la facultad y solía sentarse a los márgenes de las banquetas para no estorbar a nadie. A su lado siempre estaba Luís, la persona que más le hacía reír en el mundo, que yo supiera.  Él también se había unido al círculo de debate.
Me di cuenta de que había estado contemplando a Rafael durante un buen rato y el ligero rubor de la vergüenza encendió mis mejillas. Me levanté a por unas cuantas galletas más y esta vez me fui al cubo que habían dispuesto lleno de hielo en el que estaban sumergidas las cervezas. Cogí un botellín, lo destapé y le di el primer sorbo al tiempo que vi a Carolina conversando con Isaac. Ramón al parecer había desaparecido de la escena. Ella me dedicó una mirada triunfante de reojo y yo levanté la cerveza como en un brindis.
El pesado reloj de la cocina de Isaac nos avisó a todos de que era medianoche cuando yo ya iba por mi quinto botellín y cualquier titubeo en mi confianza se había desvanecido. Unos cuantos entraban y salían constantemente a dar cuatro caladas a un cigarro, pero yo me guarecí en la calidez del salón, bailé un rato con Carolina después de que me contara la buena química que había entre Isaac y ella y me encerré un momento en el baño cuando las luces de la lámpara empezaron a bailarme en las pupilas.
Mi única cena había consistido en esas galletitas saladas y a los pocos minutos de entrar en el baño tuve que agazaparme a los pies del váter para vomitarlas. La nausea bailaba entre mi garganta y mi boca zapateando, creí que, al terminar de echar las galletas, al no quedar nada más en el estómago, comenzaría a sacarme todos los órganos del cuerpo, uno por uno, hasta quedarme vacía y hueca como una matrioshka.  
Noté una mano cogiéndome del pelo y al poco tiempo la voz de Rafael susurrando mi nombre. Intuí que a mi cerebro se le había escapado la idea de cerrar con llave la puerta del baño cuando solo había focalizado su atención en la taza del inodoro. Mi conciencia se me antojaba demasiado difuso como para que en ese momento me importara que Rafael, con quien apenas tenía confianza, me viera en ese estado de degradación.
Volvió a susurrar mi nombre y pensé en que podría sobrevivir toda la noche apoyada en su pecho y oírlo pronunciar en su boca una y otra vez.
Cuando él estuvo seguro de que yo no podía vomitar más me asió los brazos y me cogió en volandas. Yo me agarré como pude a su cuello y escondí el rostro entre mi pelo para no tener que ver las caras de asombro o asco cuando me sacara de allí hacia el salón. La mayoría estaban fuera. Vi la silueta de Carolina acercarse, seguida de Isaac. Aunque se preocupara por mi sabía que me estaba maldiciendo en su cabeza por haber interrumpido lo que fuera que estuviera haciendo con él. Eso me hizo sonreír un poco, aunque nadie pudo percatarse de ello.
—Se ha atiborrado a galletas, creía que podía ganarme. —dijo Rafael.
Volví a sonreír, queriendo reírme, pero sin energías para ello. Él también debía estar, aunque mínimamente, tocado por el alcohol, no me lo imaginaba soltando tal comentario en un estado de sobriedad, en clase, por ejemplo.
Oí una risa general, de complicidad. Al parecer todos dejaron que Rafael me tendiera en la cama del cuarto de invitados de Isaac, quien me avisó, en tono burlón, que no le manchara las sábanas o su madre lo iba a ahorcar con ellas.
Carolina me trajo un vaso de agua que me obligó a beber antes de recostarme en la cama. Me quité los zapatos con torpeza y nos reímos las dos. Esa risa me sentó tan bien que me sentí revitalizada después de esas carcajadas, aunque al retornar el silencio las arcadas asomaban de nuevo y me raspaban la lengua.
Conseguí convencerla de que quería dormir y estar sola para que retomara la fiesta con Isaac. Yo me quedé a oscuras, en algún lugar suspendido por encima del ruido que se oía como un ligero rubor distorsionado.
Mi imaginación comenzó a rodar, tomó algunos recuerdos de esos minutos anteriores y consiguió que deseara las manos cálidas de Rafael sujetándome de nuevo.


 
Summer Evening - Edward Hopper


























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