Sobre las cinco y media de la mañana ya no
aguantaba más y me escabullí de la cama de Carla. Ya en la calle le mandé un
mensaje avisándola para que no se preocupara, pero yo me encontraba de pie sin
saber muy bien a donde dirigirme. Las aceras desiertas se burlaban de mi con
sus sonrisas húmedas alimentadas por la luz de las farolas. Se oía el rumor
incómodo de la nada, se oía el pueblo soñando, los tejados en calma, algún
maullar de gato desafortunado al que no le había quedado más remedio que
refugiarse en los bajos poco confortables de algún coche. Esta vez el ruido de
mis propios zapatos me enloqueció la conciencia y me los quité, e hice lo mismo
con los calcetines. Mis pies tocaron asfalto y desde ese momento ese foco de
frío que enviaba escalofríos al resto del cuerpo ocupó todos mis pensamientos.
Distinguía en algunas ventanas la débil luz de lámparas en mesitas de noche que
proyectaban sombras en las paredes. Disfrutaba caminando y no quería llegar a
casa, así que comencé a dar rodeos para no alcanzar nunca mi destino.
Cuando en mi cabeza aparecían imágenes del
retrato o de Ezequiel en persona o de Sebastián, como si fueran fotogramas de
una película que ni siquiera he visto, las desechaba como podía y me
concentraba en mis dedos helados. Enseguida que pudiera hablaría con Carla
sobre él, sin que ella sospechara que yo le conocía o que tenía algo en contra
de él. Quizá fuera solo una casualidad, quizá el rostro anguloso del muchacho
le llamó la atención a Carla al cruzárselo en alguna plaza y siendo como ella
es no había tenido ningún inconveniente en pedirle una fotografía o retratarla
allí mismo. Sí, quizá por eso él no salía en la misma postura que los demás,
porque el dibujo lo hizo en ese instante. Un destello de esperanza afloró junto
con esa idea, aunque nada de eso resolvía lo que estaba pasando en casa.
Ayer esos dos hombres ni siquiera existían
para mi y ahora eran el blanco de todas las situaciones hipotéticas que mi
conciencia creaba, y casi me parecía que todos los hilos que tejían el mundo
conectaban irremediablemente con ellos, como si ya no pudiera evitar su
presencia en el universo. Los intuía como los personajes de algún cuento
macabro para intimidar a los niños y evitar que se alejen del porche, o más
bien como las sirenas, criaturas atrayentes que se alimentan de almas ahogadas
por sus propias manos azuladas.
Anduve por callejones estrechos hasta que
el frío caló tanto en mis huesos que tuve que sentarme para volver a calzarme.
Las primeras gotas de luz despuntaban entre los altos edificios y comenzaban a
llenarse de la temprana calidez de la mañana. Me crucé con dos gatos que
pasaron a mi lado a gran velocidad y mi primer pensamiento fue que huían de
algo, de las manos huesudas y plateadas de Sebastián, pensé, sin evitar reírme
un poco. Estas imágenes fugaces que se despedían desde mi subconsciente me
hacían llegar a la conclusión de que al fin y al cabo necesitaba algún
pasatiempo y que toda esta historia no era más que uno de mis desvaríos, fruto
de las largas contemplaciones que le echaba al techo continuamente cuando no
podía dormirme por cualquier motivo.
Pasé por delante de una panadería antigua
que estaba a punto de abrir y me di cuenta de que había estado caminando, al
menos, durante una hora. En el bolsillo de mi enorme abrigo aún llevaba el
monedero que no había retirado de la noche anterior y con suerte encontraría lo
mínimo para un buen panecillo recién horneado y, quién sabe, algún dulce. Mi
cuerpo babeó por las galletas de almendra que se exhibían en el escaparate y
comprendí que me encontraba en una falta de azúcar evidente. Desde que había
ido a casa de Carla todo mi ser estaba en un estado de anestesia natural,
atontado. Abstraído, más bien.
Tras esperar unos diez minutos a que la
panadería estuviera lista me llevé mi desayuno, en el que incluí un chocolate
caliente al que no pude resistirme y que sentí como ambrosía cuando me lo llevé
a la boca. Si las calles frías habían sido efectivas para disipar algunas
nieblas, el chocolate hizo el efecto contrario y apaciguó cualquier intento de
enfocar el objetivo. El paisaje se hacía agradablemente confuso, apaciblemente
desconocido.
Llegué a casa, por fin, mejor de lo que
había pensado en un principio. El dulce me había alegrado el ánimo y lo había
elevado por encima de mis hombros, dibujándome una ligera sonrisa, quizá algo
resignada, pero una sonrisa, al fin y al cabo.
Antes de poder guarecerme en el portal una
voz que ya conocía me golpeó en las entrañas.
—¡Alejandra!
Creo que durante cinco segundos creí que
había sido una ilusión, una alucinación derivada de una obsesión, pero cuando
oí mi nombre por segunda vez mis peores presentimientos se cumplieron. No quise
girarme, pero la educación que había recibido hasta ahora me lo impidió.
—Tu madre me ha llamado, ha dicho que ha
ido a tu habitación por la noche y no estabas, llevamos buscándote más de tres
horas, eres una jovencita muy irresponsable, ¿lo sabías? Nos has dado un buen
susto, mujer.
Me quedé estupefacta, en todo ese discurso
había tantas cosas que no encajaban que no pude sino mirar a Sebastián con los
ojos como platos en una expresión más que contrariada.
—¿Nos? —fue todo lo que consiguió salir de
mis labios.
Su expresión altiva me escrutaba desde lo
alto de algún castillo celestial que intentaba disfrazar de amabilidad y
preocupación.
Ahora llevaba un abrigo largo que le
confería un aspecto que lo alejaba, aún más si era posible, de todo lo
mundanal. Con un sombrero de copa y un carruaje me creería que se había
escapado de alguna novela victoriana.
—¿Dónde estabas?
—En casa de una amiga. —no sabía por qué
estaba respondiendo—. Voy a ver a mi madre.
—Te vienes conmigo, jovencita, vamos a
tomarnos un café, tú y yo.
—Acabo de desayunar.
No me iba a ir con él, aunque me ofreciera
todo el chocolate de este mundo. Si estaba vagando a las seis de la mañana por
el pueblo era en parte por su culpa y no iba a permitir intoxicarme de esa aura
de rareza que lo rodeaba y apestaba el ambiente.
Me sonrió y sus comisuras formaron un arco
perturbador que enturbiaba su rostro.
—Insisto.
—No, gracias.
No dejé que pudiera increparme, me zafé de
él y subí las escaleras hasta casa. Esperaba que no tuviera la desfachatez de
seguirme y tocar a la puerta para invitarme una tercera vez para volver a ser
rechazado.
Encontré a mi madre en la cocina
sosteniendo una taza que desprendía olor a manzanilla. Ese era la clase de
aroma que quería respirar.
—Lo siento, mamá —dije nada más nuestras
miradas se cruzaron.
Me senté enfrente de ella y puse mi mano
en su brazo. Ella tenía las suyas alrededor de la taza que estaba ya medio
vacía.
—No me hagas esto, Alejandra.
Volví a pedirle disculpes y me acerqué un
poco más. Olía a hogar, y a pesar de no haberme desprendido de él en ningún
momento, lo había echado de menos, la familiaridad de lo conocido. La abracé y
ella respondió a mi abrazo. Creía tener la sensación de que esto era una
reconciliación de algo mayor, pero no dije nada.
Le expliqué donde había estado y no supe
si contarle acerca del retrato de Ezequiel en casa de Carla. Decidí no hacerlo
por el momento. Tampoco decidí pronunciarme sobre el encontronazo con
Sebastián.
Observé el rostro de mi madre con
detenimiento, algo ojeroso. Estaba cansada, pero no irritada, lo que me
sorprendía. Tenía un genio que podía espantar hasta a la mismísima muerte con
su guadaña, pero permanecía como en un estado de ebriedad emocional. Me miraba
con los ojos entornados, la preocupación le cruzaba las facciones y yo me sentí
terriblemente culpable. Eran más llevaderas las rabietas y los gritos que esta
languidez por su parte. Parecía no tener fuerzas ni siquiera para hablarme.
Intuía que apenas habría dormido dos horas y se había estado atiborrando a
infusiones para no arrancarse la cabellera.
—Lo siento, lo siento mucho.
Comencé a llorar, yo también estaba muy
cansada, había demasiadas cosas que no entendía, pero ahí estaba mi madre y no
necesitaba nada más. Ya habría tiempo para que me lo explicara todo, si es que
quería hacerlo.
Me limpió las contadas lágrimas que se
desprendieron de mis ojos con los dedos y me peinó el pelo encrespado hacia los
lados.
—Vayamos a dormir, hija.
Me dio un beso en la frente al tiempo que
se levantaba. La vi recorrer la cocina lentamente hasta perderse en el pasillo.
La casa se sumió en un silencio acogedor y yo me permití suspirar de alivio
mientras iba a mi cuarto.
Ya era de día, pero encontré la habitación
tan lúgubre como en los bosques en que las copas de los árboles no dejan
traspasar la luz. Me acurruqué bajo las mantas y me teletransporté a la noche
anterior, en la fiesta de Isaac.
Habíamos bebido unas cuantas cervezas ya
cuando alguien propuso poner música. En menos de cinco minutos el salón se
inundó de cuerpos moviéndose al ritmo de rock ochentero. La casa de Isaac era
lo suficientemente grande como para que cupieran sin problemas veinte personas
bailando en la sala principal sin que se rozaran. El padre de Isaac era
catedrático en la universidad y la madre se dedicaba a la arquitectura, algo
que quedaba impecablemente demostrado desde que se cruzaba la verja de su
finca.
—¿Crees que tengo alguna oportunidad con
Isaac?
La voz fina de Carolina me enterneció.
Carolina era una compañera de nuestra clase, en la que también estaba Isaac,
entre otras personas que allí se encontraban. Muchos habíamos apreciado las
atenciones que ella le ofrecía, pero ninguno sabíamos si se trataba de algo
recíproco, por lo que no supe qué decirle. Isaac era un muchacho vivaz, muy
alegre, que solía demostrar sin miedo sus sentimientos, por lo que cabía la
posibilidad de que, si no le había hecho saber nada a Carolina, era porque
quizá no había nada que ella tuviera que saber.
—Te gusta mucho ¿eh?
Ella asintió. Aunque resultara que Isaac
en realidad no estaba enamorado, no estaba escrito en ningún sitio que no
pudiera estarlo. Carolina era una muchacha tímida pero muy elocuente, su pelo
castaño le caía en gruesas ondulaciones alrededor de la cara hasta los hombros
y en sus labios había siempre una sonrisa que invitaba a conversar.
Aparentemente no había ningún motivo por el que Isaac no pudiera enamorarse,
algún día, de ella.
—Baila con él, le encanta bailar.
Me miró y luego lo miró a él, que se
estaba bebiendo un chupito junto a su mejor amigo, Ramón.
—Va a apestar a vodka.
La cara de Carolina se contrajo en una
mueca de asco, yo la imité y nos reímos.
Tras unas cuantas insistencias por mi
parte la convencí para que se levantara y al menos se reuniera con Isaac,
aunque fuera solo para hablar de cualquier trivialidad. Yo me levanté a por un
puñado de galletas saladas que habían dispuesto sobre la mesa del comedor entre
otros platos y boles llenos de comida. La madre de Isaac confiaba en que nos
atrajera más ese banquete que el alcohol.
Mi
mano coincidió en el bote de las galletas con la de Rafael, que se disculpó en
un murmullo y no se atrevió a mirarme.
—Nos podemos sentar juntos con el bote en
medio. —bromeé.
—¿Qué tal, Alejandra? —dijo, con una
sonrisa tímida.
Rafael poseía los ojos marrones más
cálidos que había visto en toda mi vida. Era un muchacho de pocas palabras,
aunque siempre acertadas, vestía con jerséis gruesos de lana que le aniñaban la
expresión. Poseía una sonrisa gentil de la que no alardeaba nunca, pero yo
estaba segura de que más de una o uno suspiraban por ella. Era tan tímido que
quizá nunca se le había pasado por la cabeza que alguien se hubiese fijado en
él. Incluso yo lo había hecho, aunque no de esa manera. Rafael me llamaba la
atención, no era ningún secreto, aunque no se trataba de ninguna atracción que
yo deseara derivar en algo más. Me parecía un buen chico, alguien con quien
valía la pena compartir espacio y tiempo.
Le sonreí de vuelta y al tener ambos
nuestro puñado de galletas nos separamos. Yo volví al sofá donde estaba sentada
y él fue junto al numeroso grupo que bebía y fumaba en la terraza. Aún así yo
seguí mirándolo. Tenía una mano en el bolsillo de los tejanos mientras que se
iba llevando la otra a la boca para coger con ella una galleta. No participaba
en la conversación, pero escuchaba atentamente a los demás debatir sobre qué
bar ofrecía mejor relación calidad/precio. Su pelo estaba compuesto por gruesas
y cortas pinceladas de mechones castaños que no pretendían obedecer a ninguna
gravedad. Tenía unas pestañas larguísimas que parecían rozarle las mejillas
cada vez que parpadeaba y cuando sonreía con toda plenitud se le achinaban los
ojos de una forma adorable.
Estudiaba conmigo en la facultad y solía
sentarse a los márgenes de las banquetas para no estorbar a nadie. A su lado
siempre estaba Luís, la persona que más le hacía reír en el mundo, que yo
supiera. Él también se había unido al
círculo de debate.
Me di cuenta de que había estado
contemplando a Rafael durante un buen rato y el ligero rubor de la vergüenza
encendió mis mejillas. Me levanté a por unas cuantas galletas más y esta vez me
fui al cubo que habían dispuesto lleno de hielo en el que estaban sumergidas
las cervezas. Cogí un botellín, lo destapé y le di el primer sorbo al tiempo
que vi a Carolina conversando con Isaac. Ramón al parecer había desaparecido de
la escena. Ella me dedicó una mirada triunfante de reojo y yo levanté la
cerveza como en un brindis.
El pesado reloj de la cocina de Isaac nos
avisó a todos de que era medianoche cuando yo ya iba por mi quinto botellín y
cualquier titubeo en mi confianza se había desvanecido. Unos cuantos entraban y
salían constantemente a dar cuatro caladas a un cigarro, pero yo me guarecí en
la calidez del salón, bailé un rato con Carolina después de que me contara la
buena química que había entre Isaac y ella y me encerré un momento en el baño
cuando las luces de la lámpara empezaron a bailarme en las pupilas.
Mi única cena había consistido en esas
galletitas saladas y a los pocos minutos de entrar en el baño tuve que
agazaparme a los pies del váter para vomitarlas. La nausea bailaba entre mi
garganta y mi boca zapateando, creí que, al terminar de echar las galletas, al
no quedar nada más en el estómago, comenzaría a sacarme todos los órganos del
cuerpo, uno por uno, hasta quedarme vacía y hueca como una matrioshka.
Noté una mano cogiéndome del pelo y al
poco tiempo la voz de Rafael susurrando mi nombre. Intuí que a mi cerebro se le
había escapado la idea de cerrar con llave la puerta del baño cuando solo había
focalizado su atención en la taza del inodoro. Mi conciencia se me antojaba demasiado
difuso como para que en ese momento me importara que Rafael, con quien apenas
tenía confianza, me viera en ese estado de degradación.
Volvió a susurrar mi nombre y pensé en que
podría sobrevivir toda la noche apoyada en su pecho y oírlo pronunciar en su boca
una y otra vez.
Cuando él estuvo seguro de que yo no podía
vomitar más me asió los brazos y me cogió en volandas. Yo me agarré como pude a
su cuello y escondí el rostro entre mi pelo para no tener que ver las caras de
asombro o asco cuando me sacara de allí hacia el salón. La mayoría estaban
fuera. Vi la silueta de Carolina acercarse, seguida de Isaac. Aunque se
preocupara por mi sabía que me estaba maldiciendo en su cabeza por haber
interrumpido lo que fuera que estuviera haciendo con él. Eso me hizo sonreír un
poco, aunque nadie pudo percatarse de ello.
—Se ha atiborrado a galletas, creía que podía
ganarme. —dijo Rafael.
Volví a sonreír, queriendo reírme, pero
sin energías para ello. Él también debía estar, aunque mínimamente, tocado por
el alcohol, no me lo imaginaba soltando tal comentario en un estado de sobriedad,
en clase, por ejemplo.
Oí una risa general, de complicidad. Al
parecer todos dejaron que Rafael me tendiera en la cama del cuarto de invitados
de Isaac, quien me avisó, en tono burlón, que no le manchara las sábanas o su
madre lo iba a ahorcar con ellas.
Carolina me trajo un vaso de agua que me
obligó a beber antes de recostarme en la cama. Me quité los zapatos con torpeza
y nos reímos las dos. Esa risa me sentó tan bien que me sentí revitalizada
después de esas carcajadas, aunque al retornar el silencio las arcadas asomaban
de nuevo y me raspaban la lengua.
Conseguí convencerla de que quería dormir
y estar sola para que retomara la fiesta con Isaac. Yo me quedé a oscuras, en
algún lugar suspendido por encima del ruido que se oía como un ligero rubor
distorsionado.
Mi imaginación comenzó a rodar, tomó
algunos recuerdos de esos minutos anteriores y consiguió que deseara las manos
cálidas de Rafael sujetándome de nuevo.

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