jueves, 28 de diciembre de 2017

Retales (II)

Escuché la puerta de la habitación de mi madre cerrarse en un portazo y decidí aún no hablarle de lo que acababa de pasar. El silencio que ahora se había acomodado en las paredes me resultó asfixiante así que las salpiqué con un poco de música lenta. Tenía aún el rostro contraído de Ezequiel en mi pensamiento y la taza derramada de chocolate. Mi cabeza daba vueltas buscando alguna explicación, rastreando en la escena que se repetía en mi cabeza algún recoveco, algún detalle que se me escapara, algo en lo que quizá no había caído, pero fue en vano.
Arrastré los pies hasta el sofá, el salón olía a perfumes que desconocía, a loción facial, a espuma de afeitar, a gel del pelo, a demasiada gente. Me hundí bajo las mantas y recordé que apenas unas doce horas antes estaba en el cielo debajo de mis sábanas. Ahora tenía la punta de la nariz helada y los dedos fríos dentro de las botas. Aspiré el olor de la manta para deshacerme de todos los aromas no bienvenidos.
Terminé por dormirme y desperté sobre las seis de la tarde, con el estómago totalmente vacío. Mi madre no había salido de su cuarto, la puerta aún estaba cerrada y no había indicios de que nadie hubiera preparado nada de comida. La mosca detrás de la oreja es estaba haciendo angustiosamente insoportable, pero temía hacer nada al respecto, temía todo lo que nadie me había contado sobre Sebastián y Ezequiel.
Pasé una hora despierta sin aguantar si quiera mi propia existencia y decidí llamar a una compañera de la universidad, Carla, y fui a su casa nada más decirme que podía. No quería hablarle de nada de las extrañas escenas que había tenido que presenciar, solo quería relajarme. Carla estudiaba Bellas Artes y su cuarto estaba lleno de proyectos a medio terminar. Cuando llegué tenía un lienzo sobre el caballete con la luz de una lámpara incidiendo directamente en él. Había la suficiente confianza como para que ella pudiera seguir con lo suyo sin que resultara grosero, y yo sabía que podía estar allí, sin más, viéndola pintar sin que le resultara incómodo.
—Algún día me dejarás retratarte ¿verdad?
—Ni hablar.
Carla bufó y su flequillo liso voló hacia arriba.
Tenía la pared llena de bocetos, retratos de personas que ella conocía desperdigados por su cuarto. Estaba Tomás, su primer novio, y yo siempre había admirado el coraje que tenía por haber tenido siempre su rostro dibujado en su cuarto incluso después de dejarlo. Sin duda, yo no podría, pero yo era mucho más débil que ella. Estaba también Irene, una de sus compañeras de clase, Santiago, Cristina, Carolina, Rafael… Menos yo. Yo no formaba parte de aquél mosaico de caras juveniles y vitales, yo no era una de esas caras, no quedaba bien en ningún marco. Estaba segura de que incluso Carla podía apreciar eso, pero nunca me lo decía y seguía insistiendo en retratarme.
Ella tampoco tenía ningún autorretrato, y su respuesta a la pregunta de por qué no era siempre la misma: “como voy a dibujarme a mi misma habiendo tantas cosas bellas por dibujar antes que yo”. Carla era bella, y todos eran capaces de verlo, aunque quizá no de valorarlo. Carla no era una chica de catálogo, no la contratarían para ninguna sesión de fotos a no ser que fuera para una campaña alternativa. Carla era sencillamente Carla, con la nariz afilada, las facciones muy marcadas -algunos decían que la masculinizaban demasiado-, los ojos grandes, verdes, con unas cejas pobladas y rectas.
—Mi querida Alejandra…
Su voz sonó como una nana, una canción placentera. Lo había dicho como en un suspiro, como si pretendiera revelarme todos sus secretos y los de la vida en ese mismo momento. Yo me cogí las rodillas, apoyada en la pared.
—No me doy cuenta y paso horas y horas aquí encerrada. —decía, sin despegar la mirada del lienzo—, a veces incluso para nada, no consigo siquiera trazar una línea. Si me vieras en esos momentos Alejandra, cuando no soy capaz de pintar es como si se detuviera el mundo, como si nada tuviera sentido. Y entonces miro todo lo que he creado hasta ahora y me siento tan inútil, como si hubiera malgastado toda mi vida.
Me miró un momento y después siguió con su obra, que yo no podía ver desde donde estaba.
—Paso mucho tiempo sola, ¿verdad que sí?
—No te martirices, no hay nada de malo en ello.
—La soledad está bien, yo lo sé, la soledad es amiga y es confidente, es paciente, silenciosa y no pide nada a cambio. Como tú, Alejandra, nunca me pides nada a cambio, estar contigo es tan íntimo como estar sola.
Apagó la lámpara y la habitación quedó sumida en la oscuridad. Llegó a tientas hasta a mí y me abrazó, yo sentí su cabeza sobre mi brazo, sus manos en mi cintura.
Cuando por nosotras mismas no podíamos encontrar la paz, acudíamos a la otra para que nos la tendiera, pero en aquel momento no sabía cuál de las dos le estaba transmitiendo paz a la otra. Nos tumbamos y tardé muy poco en escuchar la respiración artificial de ella contra la almohada, su cuello había cedido hasta hacer caerle la cabeza de mi brazo hasta el colchón. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y me quedé mirando la tela sobre la que había estado pintando Carla hasta ese momento, desde esa postura tan solo veía líneas irregulares que no parecían trazar ninguna figura que yo pudiera reconocer.
No sé cuanto tiempo estuve mirando el techo antes de dormirme, pero podría haberme quedado despierta toda la noche. Allí, tumbada, todas aquellas vivencias rocambolescas de las horas pasadas se desvanecieron en la chistera de algún mago callejero. Llegué a convencerme de que ni Sebastián ni Ezequiel existían, que todo había sido un sueño vívido. Las luces de los coches se colaban entre las persianas y se iluminaron una docena de caras en las paredes de Carla. Había muchos rostros que yo no conocía, compañeros suyos de clase, miembros de su familia, personas que estuvieron en su vida cuando aún no estaba yo. En la mayoría las caras ocupaban prácticamente toda la hoja, dejando un poco despacio para el cuello y los hombros, sin embargo, en unas pocas había enfocado desde un punto más lejano y se observaba la cintura y el torso de algunos.
Me llamó la atención un muchacho enclenque en el que al parecer nunca había reparado. A pesar de la cantidad de gente desconocida colgando de las chinchetas, me sabía casi de memoria la distribución de los dibujos y solía percatarme cuando Carla había introducido una obra nueva o las había cambiado de sitio. A veces incluso lo hacía a propósito, como un juego, para comprobar si, como todas las veces anteriores, volvería a darme cuenta. Debía haber colgado ese último hacía unos días y no lo había advertido hasta ahora.
Desde la cama solo podía apreciar la silueta delgada de una figura masculina con el pelo alborotado y una sonrisa que quizá no pretendía serlo, una mueca que le daba a todas las facciones un aire desenfadado y tosco al mismo tiempo. Me llamó la atención lo alto que se encontraba respecto a los demás folios y me sorprendió sobremanera no haberlo visto antes. Carla debió haberse subido a una silla para poder colgarlo, y allí estaba, presidiendo la habitación, vigilándola, como un ángel de la guarda.
A esa distancia ese rostro me pareció tremendamente familiar, algo en esa cara angular me traía algún tipo de recuerdo vago que no podía terminar de precisas, como una imagen distorsionada por el reflejo del agua. La frustración pudo conmigo y con sigilo me levanté y caminé despacio para no despertar a mi amiga.
A medida que avanzaba, los ojos de Ezequiel se tornaban más grandes y más profundos en ese pedazo de papel, y ya no pude dormirme en toda la noche.


 
Edward Hopper

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