domingo, 6 de mayo de 2018

Una bola de papel mojado


Todos hemos experimentado alguna vez una opresión en el pecho, algo parecido a una bola instalada en la tráquea que no hace sino molestar, y uno desea tener el poder mental de disolverla como una aspirina, tomándose un par de vasos de agua y respirando profundo o contando hasta diez. Todos hemos tenido esa bola de papel arrugado y mojado atascada entre las costillas y quizá ninguno por las mismas razones. Yo la tengo hoy, otra vez, y parece que las razones se han agotado porque, por más que rebusque en todos los contenedores de mi cabeza, la bombilla hecha trizas que cuelga de este techo limpio pero ahogado en penumbra no me ofrece ni siquiera un parpadeo. Instalada y ya acostumbrada a la jaula deambulo por mi habitación buscando un quehacer: escucho música, cuelgo la ropa limpia en el armario, me quedo mirando unos papeles rumiando el sitio adecuado para dejarlos -y dejar que se pudran-, contemplo La Escuela de Atenas pegada a una de las paredes y algunas veces -por fortuna pocas- me planteo y replanteo del sentido que tiene que yo esté estudiando filosofía -el Derecho ya es una causa perdida-, abro algún libro, Pizarnik a ratos me satura y me desborda -demasiado- de sentimientos, la poesía sucia de Bukowski se asoma como una cola de gato sucia y maloliente, el calendario en su sonrisa encuadrada de fechas pasadas.
Mi bola, más que deshacerse, se hace más grande.

Colette Calascione

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