Todos hemos experimentado alguna vez una opresión en
el pecho, algo parecido a una bola instalada en la tráquea que no hace sino
molestar, y uno desea tener el poder mental de disolverla como una aspirina,
tomándose un par de vasos de agua y respirando profundo o contando hasta diez.
Todos hemos tenido esa bola de papel arrugado y mojado atascada entre las
costillas y quizá ninguno por las mismas razones. Yo la tengo hoy, otra vez, y
parece que las razones se han agotado porque, por más que rebusque en todos los
contenedores de mi cabeza, la bombilla hecha trizas que cuelga de este techo
limpio pero ahogado en penumbra no me ofrece ni siquiera un parpadeo. Instalada
y ya acostumbrada a la jaula deambulo por mi habitación buscando un quehacer:
escucho música, cuelgo la ropa limpia en el armario, me quedo mirando unos
papeles rumiando el sitio adecuado para dejarlos -y dejar que se pudran-, contemplo
La Escuela de Atenas pegada a una de las paredes y algunas veces -por fortuna
pocas- me planteo y replanteo del sentido que tiene que yo esté estudiando
filosofía -el Derecho ya es una causa perdida-, abro algún libro, Pizarnik a
ratos me satura y me desborda -demasiado- de sentimientos, la poesía sucia de
Bukowski se asoma como una cola de gato sucia y maloliente, el calendario en su
sonrisa encuadrada de fechas pasadas.
Mi bola, más que deshacerse, se hace más grande.
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| Colette Calascione |

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