miércoles, 14 de octubre de 2015

Agotados.

Condenados a olvidarnos, mi amor

Somos casualidades perdidas en un caos llamado mundo, entre las manos de un juego de niños llamado azar. Así que no me hables de destino. No lo conviertas todo en una profecía leída en la bola de cristal de alguna bruja ambulante. Como si nuestra propia vida no fuera ya un circo con el que reírse -o llorar- los domingos por la tarde cuando ni siquiera sabemos quienes somos.

Y quizá todo es más sencillo que eso. Quizá sí estaba escrito en las estrellas que llegaríamos a encontrarnos. Y qué quieres que te diga, muy romántico no es el destino entonces si necesita planear el amor. ¿De qué me sirve que en cada nube estén escritas nuestras iniciales? Déjate de más allá y quédate aquí, conmigo, donde nada está escrito y todo puede torcerse en un segundo. Porque amigo mío, algo incapaz de romperse no tiene ningún valor. Quiero sentir que puedes desmoronarte en cualquier momento, que debo estar ahí para ayudar a arreglar tus desastres en lugar de pretender que, pase lo que pase, volverás a mi con las heridas curadas. 

Necesito creer que la pareja arremolinada en el metro de esta mañana ha superado tormentas, que nadie moralmente superior ha impuesto sonrisas en sus rostros por capricho. Y que nadie ha intentado cortar el hilo rojo que los une porque no existe ese hilo rojo. Deberías haberlos visto. Estaban los dos sentados en el suelo, en una esquina, ella con las piernas sobre las de él, los dos con la espalda apoyada en las paredes del convoy. No se decían nada, apenas se miraban. Simplemente iban cogidos de la mano, y el brazo de él rodaba los hombros de ella. Cada uno miraba un lado del vagón, un pasajero diferente. Cada par de ojos encontraba una historia distinta. 

Me duele pensar que algunos de los que estábamos allí pensó que esos dos estaban juntos porque así debía ser. Me compadezco de todos los que piensan como ellos. ¿Acaso no hay nada que marchite más el alma que el deber?

De verdad espero que el haberte conocido no sea cosa del destino. 


De ser así, ojalá no haberte conocido nunca.  

Somos carne de cañón, adictos al recuerdo. 

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