Siempre hay textos más sinceros que otros. En unos, solo pones una pequeña parte de ti, mientras que en otros apareces tan desnuda que tienes miedo de que haya alguien que entre letra y letra te encuentre escondida, tras palabras que solo puedes pronunciar a la nada.
Y es que es tan fácil hablarle al universo. Tan difícil no hacerlo.
La sencillez de sacarte el corazón y desangrarlo poco a poco antes de devolverlo al pecho; la simpleza de llorar todo lo que empaña el alma hasta que no quede ninguna lágrima sin convertir en tinta; la calidez de la verdad en unas manos que escriben, aunque sea una verdad que hiela los huesos hasta convertirlos en escarcha. ¿Cómo alguien puede querer renunciar a no mentirse a uno mismo, al menos por un instante?
Y es que resulta tan tentador el engaño, cuando es la más común de las acciones. Pero a ver quién tiene agallas de mirarse al espejo y confesar lo inconfesable.
Las heridas graves se curan con alcohol puro.
Y las que no son superficiales con pureza. Que yo sepa, todavía no han inventado ningún maquillaje que disimule imperfecciones en el rostro etéreo del ánima, y para qué necesito yo maquillar nada si puedo sacarme las entrañas con ganas y escribirte -escribirme-, hasta morir.
Porque al fin y al cabo, le escribo a alguien. A ti. A mi. A todos ellos y a ninguno.
A quien te halla incluso cuando pretendes refugiarte, a veces sin querer, tras filas de líneas escritas con las que combatir al mundo.

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