Empiezan a caer las primeras gotas, y las costillas se mojan. La débil llovizna baja siguiendo la linea del esófago, salpica los pulmones, y cala de lleno en las arterias que conducen al corazón. Las aurículas se convierten en pequeños riachuelos y se forman charcos de agua estancada en los ventrículos. El agua solo corre en una dirección. Nubes grises se desahogan sobre mis clavículas; las atraviesan y se esconden bajo mis lunares, recorren los puntos como si de un juego infantil se tratara, como el simple dibujo de una alma a pedazos que solo hay que unir con la punta afilada de un lápiz; con la electricidad de un rayo. Una descarga que pegue todos los trozos, pero nadie me asegura que no se multipliquen en diminutas partículas, y eso, ya no hay tormenta que pueda arreglarlo.

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