miércoles, 27 de diciembre de 2017

Retales (I)

Oía tan solo las suelas de los zapatos contra el asfalto, el ruido del tacón conseguía inundar incluso la lejanía, era lo que único que me acompañaba de vuelta a casa una de esas noches frías de febrero en que la escarcha acalla los barrios, petrificándolos. La luna bostezaba débilmente en una media sonrisa fina entre las espesas nubes que manchaban aquel cielo ennegrecido como los baches en las carreteras. El viento hacía estremecer ligeramente las ramas de los árboles y las sombras de todo cuanto me rodeaba se alargaban junto a la mía. El abrigo grueso que portaba me confortaba con su calor y a pesar de sentir el rostro helado, tenía todo mi cuerpo caliente, las manos cerradas en los bolsillos. Nunca había pasado un miedo terrible al volver a casa, por muy tarde que fuera y por muy poca luz que incidiera en los callejones, a pesar de la penumbra seguían siendo todos lugares familiares y las aceras, los bancos y los parques seguían estando allí como cuando el sol precedía la atmósfera. De vez en cuando oía un coche en la lejanía, o voces, solo me aumentaba un poco latido del corazón si oía pasos detrás de mí, entonces me giraba y me daba cuenta de que esa persona estaba tan ensimismada como yo.
Llegué a casa atada a un deseo súbito de quitarme los zapatos y meterme en la cama, no sin antes beberme un buen vaso de leche caliente con cacao. Nada más sentir el líquido caliente bajando por la garganta toda la intimidad que la casa confería se tornaba mucho más dulce y apetecible. Fui a mi cuarto lamiéndome los restos de cacao de los labios y me metí en la cama. Las sábanas acariciaban mis piernas desnudas en una cálida bienvenida y en mi boca se dibujó una sonrisa espontánea que encendió la chimenea de mi corazón y las llamas comenzaron a crepitar en mi alma. Excitada y conmovida a la vez, me regodeaba con la sensación de estar a salvo, con los pies fríos, por fin, bajo las mantas. Tras la persiana se respiraba el olor a tormenta, las calles estaban aún humedecidas por la lluvia de la mañana. Todo lo mojado estaba allí fuera y yo aquí dentro, remoloneando sobre el colchón mullido. Apagué la luz y me fundí con la oscuridad, de vez en cuando un escalofrío de placer me estremecía la espalda. Me dormí como quien espera grandes planes para el día siguiente, a pesar de que yo no tenía ninguna expectativa acerca de ello, simplemente me dormí como quien sabe, como bien sabía yo, que a la mañana siguiente seguiría estando en ese mismo lugar.
A las nueve comencé a escuchar gritos y muchos pies subiendo las escaleras. Me desperté sobresaltada y casi estuvieron a punto de saltarme las lágrimas por ello. Pensé en que quizá no haría falta que yo saliera de mi habitación, pero ese pensamiento vino tan fugaz como se fue, pues mi madre tardó apenas dos segundos en entrar y ordenarme que me vistiera -decentemente-, que había llegado de improviso una visita muy importante. Con las legañas aún en su sueño profundo, me levanté y me embutí en los primeros vaqueros que vi y me permití desechar dos camisas antes de elegir una tercera que, según mi familia, me favorecía mucho. Fui al salón esperándome encontrar al alcalde, aunque esa idea fuera totalmente absurda, y en su lugar me encontré a un hombre en sus cuarenta de pie en frente del sofá donde solía sentarme rodeado por todos los miembros de la familia, algunos sentados y otros apoyados en las paredes. Al entrar yo se giraron todos y se quedaron expectantes a que yo hiciera los actos de cortesía correspondientes, pero antes de poder abrir la boca mi madre ya se había abalanzado sobre mi y me estaba presentando al tío Sebastián. “Todos me llaman Sebas” dijo cuando se inclinó desde su increíble altura para darme dos besos, pero ese diminutivo me parecía demasiado juvenil para un hombre con canas. Era delgado, tenía los dedos largos y finos e imaginé sus manos sobre el teclado de un piano, a pesar de su traje gris, su sonrisa transmitía calidez. Parecía la clase de tipo que lo había tenido todo para triunfar en su juventud y ahora se dedicaba a saborear los frutos de ese éxito. Llevaba anillos y gemelos de oro, y sin duda el traje parecía hecho a medida.
Yo nunca había visto a ese hombre y lo entendía cuando dijeron que, en realidad, no era un tío mío, ni de nadie, sino que desde que mis padres eran pequeños le habían llamado de tal forma por la confianza que había llegado a aflorar entre ellos, que habían sido vecinos cuando vivían en fincas en las afueras del pueblo.
—He vuelto para vender la casa de mi madre, definitivamente. Se está pudriendo aquí, nadie vive en ella y yo estoy demasiado ocupado para ocuparme de su mantenimiento. —contaba Sebastián.
A parte de él, también habían llegado los primos que vivían apenas a dos calles de nosotros, junto a mi tía y los abuelos, y yo seguía sin entender su presencia allí. Mi madre me hizo un gesto para que me sentara sobre el brazo de la butaca, al lado de ella, mientras Sebastián no paraba de decir lo triste que le parecía deshacerse de la casa donde se había criado.
—Es una pena porque no necesito el dinero, ¿saben? Lo daría todo, lo donaría o cualquier otra cosa, pero gastármelo será difícil, créanme.
Me levanté mientras ese desconocido no paraba de lloriquear en mi salón y me fui a prepararme el desayuno a la cocina. Noté la mirada reprochadora de mi madre sobre mi nuca. Mientras me calentaba agua para una infusión oí que la puerta se abría de nuevo y de repente una versión más joven y aún más repelente de Sebastián entró y se unió al público. Rodé los ojos por toda la cocina.
—Usted debe ser el jovencito Ezequiel.
Se me escapó un sonido ronco queriendo ocultar mi risa. Había dormido unas cinco horas y oír ese nombre sin duda fue como el soplo de comedia que necesitaba para sobrellevar aquella mañana que parecía querer durar horas. De pronto todos comenzaron a hablar a la vez y yo desconecté de aquel zumbido de abejas. Podría escabullirme hasta mi habitación sin que me vieran, pero incluso yo sabía que no podía faltar al respeto de esa forma así que, respirando hondo, volví a entrar en el salón con mi taza en la mano.
—¿A alguien le apetece un té? —dije.
Todos me miraron, pero ninguno dijo nada al respecto. Mejor, pensé yo. De nuevo, procedí a las mismas presentaciones, esta vez con Ezequiel, el sobrino de Sebastián. Noté demasiados ojos inquisitivos para mi incomodidad y noté la resignada sonrisa del chico, que también se había dado cuenta.
—Están esperando un espectáculo. —soltó, divertido.
Pensé en que me agradaba más que su tío.
Yo repasé el salón como en una imagen panorámica y me paré dos segundos en cada rostro. Cualquiera diría que Ezequiel y yo éramos un número de circo porque no apartaban la vista de nosotros y a cada momento que transcurría estaba más convencida de que me había arreglado para el chico que tenía enfrente. Empezó a hervirme la sangre, pero disimulé. Miré a mi madre con los ojos como rendijas, pero ella no osaba dirigirme la mirada.
—¿Quieres ir a tomar algo? Salgamos un poco de aquí, huele a carca ¿verdad?
Me dio la impresión de que Ezequiel tenía tanto entusiasmo de estar en esa situación como yo. Le dijo a su tío que me llevaba a tomar un helado a la plaza y todos parecieron estar bastante complacidos por ello. Nada más cerrarse la puerta detrás de nosotros, bufé.
Me negué a preguntar de qué iba todo eso, pero confiaba en que el chico me lo contara tarde o temprano.
Ezequiel era un muchacho bien avenido, afable, nada pretencioso, sin duda no vestía así por elección propia y mucho menos se peinaba con ingentes cantidades de gel para el pelo porque le resultara más atractivo. Resultó ser un simple estudiante de literatura con el único sueño de dirigir una editorial y publicar autores noveles con pocas oportunidades de conseguir que alguien de un sitio grande se leyera un manuscrito. A diferencia de su tío, no portaba sortijas ni gemelos de oro ni zapatos recién lustrados.
Entramos en una cafetería y enseguida se quitó la chaqueta y se arremangó las mangas de su camisa color crema. Yo hice lo mismo al deshacerme de mi abrigo.
—Mi tío me ha contado que ha pasado muchos veranos con tu familia.
—Por lo visto.
—¿Tampoco sabías nada? —parecía sorprendido.
Negué con la cabeza.
Pedimos dos chocolates calientes que no tardaron en llegar.
—Qué extraño. Y ¿jamás te habían hablado de nosotros?
Repetí el gesto.
El ambiente del local resultaba incluso más cómodo que el de casa. Aunque habían puesto la calefacción muy alta no se estaba nada mal dentro de ese pequeño barullo que suponían los camareros danzando de un lado a otro con sus bandejas, sus sonrisas y todas las mesas absortas en sus conversaciones.
—Hemos venido de muy lejos, ¿sabes? Cuatro horas de coche nos hemos comido. Hemos parado una media hora a tomarnos el almuerzo. Ha sido una mañana ajetreada. Yo no sabía que veníamos aquí hasta ayer por la tarde, encontré a mi madre preparándome la maleta diciendo que al día siguiente partiría hacia aquí con mi tío.
Lo miré con curiosidad, esto estaba resultando más extraño de lo que imaginaba. Al principio solo pensaba que mi madre tan solo estaba actuando de la misma forma en que actúa siempre queriendo ser tan educada ante los demás, pero sin duda algo estaba pasando y nadie me había dicho el qué. ¿Tendría algo que ver con la finca de la que había hablado Sebastián?
Le di otro sorbo a mi chocolate, Ezequiel estaba mirando su taza, removiendo con la cuchara la espesa capa de nata que flotaba por encima y que amenazaba con escaparse del borde.
—¿Vais a quedaros mucho tiempo?
Ezequiel se encogió de hombros. Estaba tan perdido como yo y un pequeño pinchazo de angustia asomó en el centro del pecho. Puede que aún siguiera un poco desconcertada por el susto que me había dado mi madre al despertarme.
—Tu tío es un hombre peculiar.
Casi pareció que a Ezequiel le molestó ese comentario, y yo empezaba a tener la mosca detrás de la oreja. Ya sabía que por consanguinidad él era su sobrino, pero desde que los había visto en el salón su relación me pareció como la situación misma que estábamos viviendo entre esas cuatro paredes.
—Lo es.
—¿Estáis muy unidos?
—No nos conocemos tanto, tú y yo.
Esa sentencia cayó sobre mi como unos límites claramente establecidos. Y era cierto, acabábamos de conocernos, por los que había una infinidad de temas de los que no podíamos hablar, aunque tampoco sabía yo que ese era uno de ellos. Permanecimos callados, sin mirarnos, cada uno concentrado en sus propios dedos sosteniendo la taza.
—Será mejor que me vaya. —dijo, levantándose.
Lo hizo de una forma tan precipitada que la taza volcó y llenó el plato de chocolate, goteando sobre la mesa de madera. Enseguida acudió una camarera a limpiarlo con una bayeta mientras Ezequiel se disculpaba, visiblemente avergonzado. Yo me quedé sin saber elegir la palabra exacta para aquel instante y él se despidió con la mano, soltó unas cuantas monedas sobre la mano de la camarera y me dejó allí, con los ojos como platos y el cuerpo paralizado por la vergüenza y el desconcierto.
No tardé en levantarme yo también y caminar despacio hasta casa, pensando en que esa pregunta había sido lo que había hecho que el chico prácticamente escapara del local.
Afuera el viento comenzaba a azotar con vehemencia y se me enredaban los cabellos en la boca húmeda y en los ojos. Me recogí el pelo como pude y me coloqué la capucha encima de la cabeza. El cielo se había tornado grisáceo y se me colaba por todas partes, la neblina llegó hasta mis entrañas y me confundí en el pesar, sin saber muy bien de dónde provenía. Cuando me faltaban unas dos calles antes de llegar a casa cambié el rumbo y me dirigí a la plaza del pueblo, le compré a la señora que ahí había con su quiosco una bolsa de castañas asadas que me calentaron las manos nada más cogerla. Me senté en un banco y vi la vida pasar. Quería tardar lo máximo posible para que hubiera cero posibilidades de encontrarme a Ezequiel en casa. Conociendo a mi madre, habría invitado a Sebastián incluso a cenar y si este no se negaba lo tendría tomando pastas hasta que el reloj diera las doce.
Metí la nariz en la bolsa de las castañas y la cara se me llenó de calidez. Restos de risas procedentes de los restaurantes cercanos me llegaban a los oídos como los recuerdos difusos de un sueño y a través de enormes ventanales veía a la gente cenar y brindar con champán.
Todo en el mundo parecía estar como siempre, pero algo había cambiado. Desde que había visto a Sebastián en casa, tenía la sensación de que me habían transformado los cimientos de mi vida en algo completamente nuevo. Vi pasar por el centro de la plaza a mis dos primos y aquello me dio la esperanza de que todos hubieran abandonado mi casa. Me agazapé un poco en ese banco y me oculté el rostro con el abrigo y la bolsa de castañas y nada más estuvieron lo suficientemente lejos cogí el camino hacia a casa, despacio. Al llegar a las escaleras no tuve el coraje de entrar aún así que me quedé sentada en las escaleras, justo al lado del felpudo. No oía voces y eso me tranquilizó, parecía respirarse paz, la que puede haber con mi madre correteando de un lado a otro.
Tras un rato me di cuenta de la situación un tanto absurda en la que me encontraba, me sacudí el polvo de los pantalones y entré.
No había rastro de Ezequiel, pero Sebastián seguía allí y me ofreció una sonrisa cargada de algo que me estremeció la espina dorsal. Era como si Sebastián fuera el portador del invierno con aquellos dientes perfectos y los anillos relucientes. Todo en él destilaba una frialdad acongojante que, antes, rodeada de todos, no había percibido. Su cuerpo entero parecía emitir destellos plateados como las hojas metálicas de los cuchillos. No invitaba a estar a su lado y a su vez tenía algo que lo hacía extrañamente interesante y suspicaz. Estaba sentado en una de las mesas de la cocina y desentonaba de una forma cómica con esa parte de la casa. Mi madre estaba allí sentada, en frente de él, escuchándole hablar, aún, sobre la finca. Parecía embobada.
—Aquí estás, Alejandra.
Intuí cierto alivio en los hombros de mi madre, aunque permanecía la misma sonrisa.
Sebastián giró la cabeza y yo me sentí inspeccionada, estudiada, como si mi cuerpo estuviera sobre una mesa quirúrgica y me hubieran abierto de par en par. Me sentí tan expuesta bajo la mirada de ese hombre que en un acto de supervivencia crucé los brazos sobre el pecho.
—Hola, Alejandra.
Se tomó su tiempo en pronunciar todas las letras de mi nombre. La reacción de Ezequiel y ahora la de mi madre me estaban llevando a una desconfianza cada vez más evidente hacia él.
Me fijé en que llevaba un reloj de bolsillo y la cadena del mismo colgaba de su chaleco plateado. Era un hombre que no dejaba indiferente a nadie, en esto seguro que todos estaban de acuerdo. Me acerqué a mi madre y le puso una mano en el hombro, agarrotado en un estado de tensión palpable. La miré, pero ella estaba mirando a Sebastián, cuya sonrisa aún no se había desvanecido.
—Será mejor que me vaya.
Esas palabras ahondaron en mi corazón y tocaron algo, un dedo punzaba en algún tipo de herida que ni siquiera sabía que tenía. Acababa de pronunciar las palabras exactas de Ezequiel antes de desaparecer tras la puerta de la cafetería.
—¿No quiere quedarse a comer?
—No será necesario, pero gracias, señora.
Mi madre se levantó, pero la invité a sentarse de nuevo.
—Lo acompañaré yo a la puerta, mamá.

Apenas había unos diez pasos de la cocina a la salida, pero caminar tras los pasos de Sebastián fue casi doloroso. Su sombra larga se comía la mía a cada paso y oía su respiración apaciguada, sus zapatos contra las baldosas, la tela del pantalón rozándose con el movimiento. Me permití, aunque con cierto miedo, dedicarle una mirada hostil antes de cerrar la puerta tras él.

Edward Hopper 

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