Oía tan solo las suelas de los zapatos
contra el asfalto, el ruido del tacón conseguía inundar incluso la lejanía, era
lo que único que me acompañaba de vuelta a casa una de esas noches frías de
febrero en que la escarcha acalla los barrios, petrificándolos. La luna
bostezaba débilmente en una media sonrisa fina entre las espesas nubes que
manchaban aquel cielo ennegrecido como los baches en las carreteras. El viento
hacía estremecer ligeramente las ramas de los árboles y las sombras de todo
cuanto me rodeaba se alargaban junto a la mía. El abrigo grueso que portaba me
confortaba con su calor y a pesar de sentir el rostro helado, tenía todo mi
cuerpo caliente, las manos cerradas en los bolsillos. Nunca había pasado un
miedo terrible al volver a casa, por muy tarde que fuera y por muy poca luz que
incidiera en los callejones, a pesar de la penumbra seguían siendo todos
lugares familiares y las aceras, los bancos y los parques seguían estando allí
como cuando el sol precedía la atmósfera. De vez en cuando oía un coche en la
lejanía, o voces, solo me aumentaba un poco latido del corazón si oía pasos
detrás de mí, entonces me giraba y me daba cuenta de que esa persona estaba tan
ensimismada como yo.
Llegué a casa atada a un deseo súbito de
quitarme los zapatos y meterme en la cama, no sin antes beberme un buen vaso de
leche caliente con cacao. Nada más sentir el líquido caliente bajando por la
garganta toda la intimidad que la casa confería se tornaba mucho más dulce y
apetecible. Fui a mi cuarto lamiéndome los restos de cacao de los labios y me
metí en la cama. Las sábanas acariciaban mis piernas desnudas en una cálida
bienvenida y en mi boca se dibujó una sonrisa espontánea que encendió la
chimenea de mi corazón y las llamas comenzaron a crepitar en mi alma. Excitada
y conmovida a la vez, me regodeaba con la sensación de estar a salvo, con los
pies fríos, por fin, bajo las mantas. Tras la persiana se respiraba el olor a
tormenta, las calles estaban aún humedecidas por la lluvia de la mañana. Todo
lo mojado estaba allí fuera y yo aquí dentro, remoloneando sobre el colchón
mullido. Apagué la luz y me fundí con la oscuridad, de vez en cuando un
escalofrío de placer me estremecía la espalda. Me dormí como quien espera
grandes planes para el día siguiente, a pesar de que yo no tenía ninguna
expectativa acerca de ello, simplemente me dormí como quien sabe, como bien
sabía yo, que a la mañana siguiente seguiría estando en ese mismo lugar.
A las nueve comencé a escuchar gritos y
muchos pies subiendo las escaleras. Me desperté sobresaltada y casi estuvieron
a punto de saltarme las lágrimas por ello. Pensé en que quizá no haría falta
que yo saliera de mi habitación, pero ese pensamiento vino tan fugaz como se
fue, pues mi madre tardó apenas dos segundos en entrar y ordenarme que me
vistiera -decentemente-, que había llegado de improviso una visita muy
importante. Con las legañas aún en su sueño profundo, me levanté y me embutí en
los primeros vaqueros que vi y me permití desechar dos camisas antes de elegir
una tercera que, según mi familia, me favorecía mucho. Fui al salón esperándome
encontrar al alcalde, aunque esa idea fuera totalmente absurda, y en su lugar
me encontré a un hombre en sus cuarenta de pie en frente del sofá donde solía
sentarme rodeado por todos los miembros de la familia, algunos sentados y otros
apoyados en las paredes. Al entrar yo se giraron todos y se quedaron
expectantes a que yo hiciera los actos de cortesía correspondientes, pero antes
de poder abrir la boca mi madre ya se había abalanzado sobre mi y me estaba
presentando al tío Sebastián. “Todos me llaman Sebas” dijo cuando se inclinó
desde su increíble altura para darme dos besos, pero ese diminutivo me parecía
demasiado juvenil para un hombre con canas. Era delgado, tenía los dedos largos
y finos e imaginé sus manos sobre el teclado de un piano, a pesar de su traje
gris, su sonrisa transmitía calidez. Parecía la clase de tipo que lo había
tenido todo para triunfar en su juventud y ahora se dedicaba a saborear los
frutos de ese éxito. Llevaba anillos y gemelos de oro, y sin duda el traje
parecía hecho a medida.
Yo nunca había visto a ese hombre y lo
entendía cuando dijeron que, en realidad, no era un tío mío, ni de nadie, sino
que desde que mis padres eran pequeños le habían llamado de tal forma por la
confianza que había llegado a aflorar entre ellos, que habían sido vecinos
cuando vivían en fincas en las afueras del pueblo.
—He vuelto para vender la casa de mi
madre, definitivamente. Se está pudriendo aquí, nadie vive en ella y yo estoy
demasiado ocupado para ocuparme de su mantenimiento. —contaba Sebastián.
A parte de él, también habían llegado los
primos que vivían apenas a dos calles de nosotros, junto a mi tía y los abuelos,
y yo seguía sin entender su presencia allí. Mi madre me hizo un gesto para que
me sentara sobre el brazo de la butaca, al lado de ella, mientras Sebastián no
paraba de decir lo triste que le parecía deshacerse de la casa donde se había
criado.
—Es una pena porque no necesito el dinero,
¿saben? Lo daría todo, lo donaría o cualquier otra cosa, pero gastármelo será
difícil, créanme.
Me levanté mientras ese desconocido no
paraba de lloriquear en mi salón y me fui a prepararme el desayuno a la cocina.
Noté la mirada reprochadora de mi madre sobre mi nuca. Mientras me calentaba
agua para una infusión oí que la puerta se abría de nuevo y de repente una
versión más joven y aún más repelente de Sebastián entró y se unió al público.
Rodé los ojos por toda la cocina.
—Usted debe ser el jovencito Ezequiel.
Se me escapó un sonido ronco queriendo
ocultar mi risa. Había dormido unas cinco horas y oír ese nombre sin duda fue
como el soplo de comedia que necesitaba para sobrellevar aquella mañana que
parecía querer durar horas. De pronto todos comenzaron a hablar a la vez y yo
desconecté de aquel zumbido de abejas. Podría escabullirme hasta mi habitación
sin que me vieran, pero incluso yo sabía que no podía faltar al respeto de esa
forma así que, respirando hondo, volví a entrar en el salón con mi taza en la
mano.
—¿A alguien le apetece un té? —dije.
Todos me miraron, pero ninguno dijo nada
al respecto. Mejor, pensé yo. De nuevo, procedí a las mismas presentaciones,
esta vez con Ezequiel, el sobrino de Sebastián. Noté demasiados ojos
inquisitivos para mi incomodidad y noté la resignada sonrisa del chico, que
también se había dado cuenta.
—Están esperando un espectáculo. —soltó,
divertido.
Pensé en que me agradaba más que su tío.
Yo repasé el salón como en una imagen
panorámica y me paré dos segundos en cada rostro. Cualquiera diría que Ezequiel
y yo éramos un número de circo porque no apartaban la vista de nosotros y a
cada momento que transcurría estaba más convencida de que me había arreglado
para el chico que tenía enfrente. Empezó a hervirme la sangre, pero disimulé.
Miré a mi madre con los ojos como rendijas, pero ella no osaba dirigirme la mirada.
—¿Quieres ir a tomar algo? Salgamos un poco
de aquí, huele a carca ¿verdad?
Me dio la impresión de que Ezequiel tenía
tanto entusiasmo de estar en esa situación como yo. Le dijo a su tío que me
llevaba a tomar un helado a la plaza y todos parecieron estar bastante complacidos
por ello. Nada más cerrarse la puerta detrás de nosotros, bufé.
Me negué a preguntar de qué iba todo eso,
pero confiaba en que el chico me lo contara tarde o temprano.
Ezequiel era un muchacho bien avenido,
afable, nada pretencioso, sin duda no vestía así por elección propia y mucho
menos se peinaba con ingentes cantidades de gel para el pelo porque le
resultara más atractivo. Resultó ser un simple estudiante de literatura con el
único sueño de dirigir una editorial y publicar autores noveles con pocas
oportunidades de conseguir que alguien de un sitio grande se leyera un
manuscrito. A diferencia de su tío, no portaba sortijas ni gemelos de oro ni zapatos
recién lustrados.
Entramos en una cafetería y enseguida se
quitó la chaqueta y se arremangó las mangas de su camisa color crema. Yo hice
lo mismo al deshacerme de mi abrigo.
—Mi tío me ha contado que ha pasado muchos
veranos con tu familia.
—Por lo visto.
—¿Tampoco sabías nada? —parecía sorprendido.
Negué con la cabeza.
Pedimos dos chocolates calientes que no
tardaron en llegar.
—Qué extraño. Y ¿jamás te habían hablado
de nosotros?
Repetí el gesto.
El ambiente del local resultaba incluso más
cómodo que el de casa. Aunque habían puesto la calefacción muy alta no se
estaba nada mal dentro de ese pequeño barullo que suponían los camareros
danzando de un lado a otro con sus bandejas, sus sonrisas y todas las mesas
absortas en sus conversaciones.
—Hemos venido de muy lejos, ¿sabes? Cuatro
horas de coche nos hemos comido. Hemos parado una media hora a tomarnos el almuerzo.
Ha sido una mañana ajetreada. Yo no sabía que veníamos aquí hasta ayer por la
tarde, encontré a mi madre preparándome la maleta diciendo que al día siguiente
partiría hacia aquí con mi tío.
Lo miré con curiosidad, esto estaba
resultando más extraño de lo que imaginaba. Al principio solo pensaba que mi madre
tan solo estaba actuando de la misma forma en que actúa siempre queriendo ser
tan educada ante los demás, pero sin duda algo estaba pasando y nadie me había
dicho el qué. ¿Tendría algo que ver con la finca de la que había hablado Sebastián?
Le di otro sorbo a mi chocolate, Ezequiel estaba
mirando su taza, removiendo con la cuchara la espesa capa de nata que flotaba
por encima y que amenazaba con escaparse del borde.
—¿Vais a quedaros mucho tiempo?
Ezequiel se encogió de hombros. Estaba tan
perdido como yo y un pequeño pinchazo de angustia asomó en el centro del pecho.
Puede que aún siguiera un poco desconcertada por el susto que me había dado mi
madre al despertarme.
—Tu tío es un hombre peculiar.
Casi pareció que a Ezequiel le molestó ese
comentario, y yo empezaba a tener la mosca detrás de la oreja. Ya sabía que por
consanguinidad él era su sobrino, pero desde que los había visto en el salón su
relación me pareció como la situación misma que estábamos viviendo entre esas
cuatro paredes.
—Lo es.
—¿Estáis muy unidos?
—No nos conocemos tanto, tú y yo.
Esa sentencia cayó sobre mi como unos
límites claramente establecidos. Y era cierto, acabábamos de conocernos, por
los que había una infinidad de temas de los que no podíamos hablar, aunque
tampoco sabía yo que ese era uno de ellos. Permanecimos callados, sin mirarnos,
cada uno concentrado en sus propios dedos sosteniendo la taza.
—Será mejor que me vaya. —dijo, levantándose.
Lo hizo de una forma tan precipitada que
la taza volcó y llenó el plato de chocolate, goteando sobre la mesa de madera. Enseguida
acudió una camarera a limpiarlo con una bayeta mientras Ezequiel se disculpaba,
visiblemente avergonzado. Yo me quedé sin saber elegir la palabra exacta para aquel
instante y él se despidió con la mano, soltó unas cuantas monedas sobre la mano
de la camarera y me dejó allí, con los ojos como platos y el cuerpo paralizado
por la vergüenza y el desconcierto.
No tardé en levantarme yo también y
caminar despacio hasta casa, pensando en que esa pregunta había sido lo que había
hecho que el chico prácticamente escapara del local.
Afuera el viento comenzaba a azotar con
vehemencia y se me enredaban los cabellos en la boca húmeda y en los ojos. Me
recogí el pelo como pude y me coloqué la capucha encima de la cabeza. El cielo
se había tornado grisáceo y se me colaba por todas partes, la neblina llegó
hasta mis entrañas y me confundí en el pesar, sin saber muy bien de dónde
provenía. Cuando me faltaban unas dos calles antes de llegar a casa cambié el
rumbo y me dirigí a la plaza del pueblo, le compré a la señora que ahí había
con su quiosco una bolsa de castañas asadas que me calentaron las manos nada más
cogerla. Me senté en un banco y vi la vida pasar. Quería tardar lo máximo posible
para que hubiera cero posibilidades de encontrarme a Ezequiel en casa.
Conociendo a mi madre, habría invitado a Sebastián incluso a cenar y si este no
se negaba lo tendría tomando pastas hasta que el reloj diera las doce.
Metí la nariz en la bolsa de las castañas
y la cara se me llenó de calidez. Restos de risas procedentes de los
restaurantes cercanos me llegaban a los oídos como los recuerdos difusos de un
sueño y a través de enormes ventanales veía a la gente cenar y brindar con champán.
Todo en el mundo parecía estar como
siempre, pero algo había cambiado. Desde que había visto a Sebastián en casa,
tenía la sensación de que me habían transformado los cimientos de mi vida en
algo completamente nuevo. Vi pasar por el centro de la plaza a mis dos primos y
aquello me dio la esperanza de que todos hubieran abandonado mi casa. Me
agazapé un poco en ese banco y me oculté el rostro con el abrigo y la bolsa de
castañas y nada más estuvieron lo suficientemente lejos cogí el camino hacia a
casa, despacio. Al llegar a las escaleras no tuve el coraje de entrar aún así
que me quedé sentada en las escaleras, justo al lado del felpudo. No oía voces
y eso me tranquilizó, parecía respirarse paz, la que puede haber con mi madre
correteando de un lado a otro.
Tras un rato me di cuenta de la situación
un tanto absurda en la que me encontraba, me sacudí el polvo de los pantalones
y entré.
No había rastro de Ezequiel, pero Sebastián
seguía allí y me ofreció una sonrisa cargada de algo que me estremeció la
espina dorsal. Era como si Sebastián fuera el portador del invierno con
aquellos dientes perfectos y los anillos relucientes. Todo en él destilaba una
frialdad acongojante que, antes, rodeada de todos, no había percibido. Su
cuerpo entero parecía emitir destellos plateados como las hojas metálicas de
los cuchillos. No invitaba a estar a su lado y a su vez tenía algo que lo hacía
extrañamente interesante y suspicaz. Estaba sentado en una de las mesas de la
cocina y desentonaba de una forma cómica con esa parte de la casa. Mi madre estaba
allí sentada, en frente de él, escuchándole hablar, aún, sobre la finca. Parecía
embobada.
—Aquí estás, Alejandra.
Intuí cierto alivio en los hombros de mi
madre, aunque permanecía la misma sonrisa.
Sebastián giró la cabeza y yo me sentí
inspeccionada, estudiada, como si mi cuerpo estuviera sobre una mesa quirúrgica
y me hubieran abierto de par en par. Me sentí tan expuesta bajo la mirada de
ese hombre que en un acto de supervivencia crucé los brazos sobre el pecho.
—Hola, Alejandra.
Se tomó su tiempo en pronunciar todas las
letras de mi nombre. La reacción de Ezequiel y ahora la de mi madre me estaban
llevando a una desconfianza cada vez más evidente hacia él.
Me fijé en que llevaba un reloj de
bolsillo y la cadena del mismo colgaba de su chaleco plateado. Era un hombre
que no dejaba indiferente a nadie, en esto seguro que todos estaban de acuerdo.
Me acerqué a mi madre y le puso una mano en el hombro, agarrotado en un estado
de tensión palpable. La miré, pero ella estaba mirando a Sebastián, cuya
sonrisa aún no se había desvanecido.
—Será mejor que me vaya.
Esas palabras ahondaron en mi corazón y
tocaron algo, un dedo punzaba en algún tipo de herida que ni siquiera sabía que
tenía. Acababa de pronunciar las palabras exactas de Ezequiel antes de
desaparecer tras la puerta de la cafetería.
—¿No quiere quedarse a comer?
—No será necesario, pero gracias, señora.
Mi madre se levantó, pero la invité a
sentarse de nuevo.
—Lo acompañaré yo a la puerta, mamá.
Apenas había unos diez pasos de la cocina
a la salida, pero caminar tras los pasos de Sebastián fue casi doloroso. Su sombra
larga se comía la mía a cada paso y oía su respiración apaciguada, sus zapatos
contra las baldosas, la tela del pantalón rozándose con el movimiento. Me
permití, aunque con cierto miedo, dedicarle una mirada hostil antes de cerrar
la puerta tras él.
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| Edward Hopper |

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