Siguiendo la línea de sus pestañas encontré
un cielo estrellado. Era una noche de verano, húmeda y pegajosa como los
castillos hinchables de las ferias. Se oían las cigarras y algunas risas a lo
lejos de grupos pasándolo en grande con unas litronas y unas cuantas historias
que contar. La camiseta se me pegaba a la espalda por el sudor y quería arrancarme
las zapatillas y poner los pies en agua fría, pero ahí estaba, contemplando sus
labios moverse y sus ojos parpadear y su pelo ondeando cuando una pequeña brisa
nos honraba con un mínimo soplo de aire. Hacía meses que intentábamos
coincidir, pero nunca encontrábamos el momento adecuado, el espacio adecuado.
Dicen que todo eso no importa si estás en buena compañía, pero en nuestro caso
importaba, quizá demasiado, pero nunca pensé mucho en ello. Supongo que el ser
tan meticulosas en cuanto a nuestros momentos juntas hacía que esos instantes
fueran tan especiales como los fenómenos astronómicos.
—¿Quién sabe que estás aquí?
—Nadie.
Se giró para mirarme, sonriendo de medio
lado. Un lado de su cara estaba en penumbra, mientras la otra invitaba a besarle
la mejilla.
—A alguien se lo habrás contado. —dijo,
agachando la cabeza.
—¿No me crees?
Asintió, con la vista fija aún en el
suelo.
Ella parecía desconfiar constantemente, de
todo, todo el tiempo. Al principio, antes de conocerla mejor, creía que ocurría
algo conmigo, pero no, ella se mostraba así de insegura en relación con todo lo
que la rodeaba. No se fiaba de nada, de nadie.
—Se lo he contado al perro. —dije, en un
intento por apaciguar la situación.
Conseguí que sonriera. Apoyé mi cabeza en
su hombro, ella quedó inmóvil hasta que pasaron unos minutos y puso su brazo en
mi hombro.
—No creo que podamos volver a vernos
pronto, pequeña. —murmuró.
Yo supe de inmediato lo mucho que le había
costado decirme aquello, el dolor de sus palabras se depositó sobre mi pecho
como una lluvia de ceniza. Yo no me moví, pero exhalé muy fuerte y solté el
aire como si fuera la última vez que pudiera respirar.
Al fin y al cabo, lo que más dolía eran
estas situaciones, estos momentos de sí pero no, de queremos, pero no podemos,
de ojalá, pero es imposible a menos que demasiadas cosas cambien. Nunca nos
habíamos cuestionado la una a la otra el por qué de tal resignación,
sencillamente lo aceptábamos. Quizá fuera cobardía, quizá todo lo contrario.
—Me lo dirías si te marcharas, ¿verdad?
—levanté la mirada, ella no despegaba sus ojos de algún punto del horizonte.
Cerró los ojos y volvió a asentir. Nos
abrazamos. Yo sentía el corazón desbocado, las rodillas me temblaban, no fue un
abrazo que transmitiera paz, para nada, toda nuestra guerra era el centro
alrededor del cual orbitaban nuestros cuerpos.
—La que se va a marchar eres tú, ¿entendido?
—dijo ella.
Ya habíamos hablado sobre eso, faltaba
mucho tiempo, pero ambas lo llevábamos metido de forma constante como una
espina que debíamos sacar y curar su herida.
En efecto, yo tenía que irme a la
universidad a otra ciudad. Para eso faltaba casi un año, pero estaba presente
como una nube de tormenta sobre nuestros deseos.
—En algún universo paralelo ahora mismo
estamos haciendo la cena en la cocina de algún piso del centro.
A punto estuve de llorar con lo que
pretendía ser un comentario divertido. A ella tampoco le hizo gracia, aunque
soltó una risa nerviosa.
Uno de los grupos de chavales se marchaba,
el rumor lejano se hizo más suave y distinguimos con más claridad el ruido
procedente de la ciudad. Sirenas de policía, motores de coche, música
estridente. Nada comparado con el caos silencioso de aquí arriba.
No quería alargar la agonía que habitaba
en ese abrazo que más que curar, quemaba. La apreté con fuerza contra mí, le di
un último beso en la mejilla.
Me levanté y comencé a caminar, no sé muy
bien hacia donde, mientras pensaba que en un universo paralelo, no nos
habríamos conocido.
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| La cama - Tolouse Lautrec |

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