No conozco otra vida que la de ir a clase todas las mañanas, así que resulta extraño no estar en ella ahora. A veces se hace imposible concebir una vida más allá de cuatro extensas paredes de hormigón; a veces resulta tan absorbente que uno no se para a pensar en la cantidad de personas que no están entre ellas. Puede que ellos quisieran estar en mi lugar, quién sabe, pero yo solo conozco mi realidad y soy yo quien los envidia. Envidio al camarero que acaba de servirme, envidio al otro, este más joven, que tiene un parecido razonable con José Chino -quizá sea una obsesión, pero qué más da una más-, envidio al señor con traje retro y gafas de sol que acaba de cruzar la plaza, e incluso puedo envidiar al turista alemán -seguro que es alemán- que se pasea con sus colegas y se parece a Frank Gallagher. Los envidio ahora, a las nueve de la mañana un miércoles, pero no querría ser ellos. Porque al fin y al cabo me gusta ser yo, aunque saque a pasear a mis fantasmas muy a menudo -puede que demasiado-. Me gusta ser yo aunque a veces no quiera. Me gusta ser yo para escribir cuando estoy demasiado triste para hablar, y escuchar música cuando no puedo escribir más. Me gusta ser yo aunque sé que muchos no querrían -y menos mal-. Yo, que a veces tengo miedo a mirarme en el espejo y por un momento me ha parecido que el hermano perdido de Chino hacía la ruta del bar a la terraza por algo más que su trabajo. Y hoy no tengo un buen día, y quizá sea por eso, o porque leo libros en los que banalidades como esta llegan a convertirse en centros de universos. Nunca he sabido si suponer es cosa de idiotas o una oportunidad para ser optimista. Tampoco pienso averiguarlo, no hoy al menos. Hay muchas cosas por hacer y ya es hora de que Cenicienta regrese del baile. Por suerte -o por desgracia- no va poder perder ningún zapatito de cristal.

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